Escalón a escalón, una cansada mujer asciende como si del centro de la tierra subiera. De allá adentro honda sombra retiene en la mirada Implacable le impone la escalera su destino de tramos sucesivos. Muertos ahora parecen los que vivos deseos fueron de la primavera Al mirarla subir tan abatida, me pareció la imagen de la vida resignada, y haciéndose la fuerte. Mas sin embargo esta mujer subiendo la escalera infinita, ahora comprendo que es la imagen segura de la muerte.
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12,749 poemasUna mujer en la ventana, incierta como luna navegando por el mar, princesas destronadas que inventan historias de reyes rojos, y mujeres sueño con labios muertos, donde crecen las manos de los árboles. Una niña del miedo llorando en el acantilado mientras contempla a una ahogada. Sólo esto vi en una noche múltiple y dolorosa, donde un arlequín sin manos, sin pies, volvía a colocarse entre mi sombra y el día. Sueños desde el acantilado donde vive la iguana, del que ya te he hablado, y en el que he decidido insistir.
Una mujer en la ventana, incierta como luna navegando por el mar, princesas destronadas que inventan historias de reyes rojos, y mujeres sueño con labios…
A Sola Sierra. Mujer, te han recibido los muertos porque siempre fuiste de ellos: Te reciben con sus banderas al tope, te hacen una guarida en sus almas, y al fin aparecen, ahí están, vienen marchando, los desaparecidos de ayer, los de hoy, y te llevan en andas y repiten Sola, porque tu nombre lo aprendieron de memoria, conocieron tu rostro hace tantos años, que nadie, ni Dios, podrían confundirte a lo lejos. Mujer, todas las heridas han vuelto a su origen, ya no más, ya no más llanto sobre un hueso de los siglos, ya no más caminar por […]
Una mujer y un hombre llevados por la vida, una mujer y un hombre cara a cara habitan en la noche, desbordan por sus manos, se oyen subir libres en la sombra, sus cabezas descansan en una bella infancia que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz, una mujer y un hombre atados por sus labios llenan la noche lenta con toda su memoria, una mujer y un hombre más bellos en el otro ocupan su lugar en la tierra.
NOCTURNO III Una noche una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas, Una noche en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas, a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda, muda y pálida como si un presentimiento de amarguras infinitas, hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara, por la senda que atraviesa la llanura florecida caminabas, y la luna llena por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca, y tu sombra fina y lángida y mi sombra por los rayos de la luna proyectada sobre […]
Yo he visto su cara en otra parte le dije cuando entró en el Café Berlioz Soy de otra dimensión contestó sonriendo y avanzó hacia el fondo del salón Ella finge escribir en su mesa de mármol pero me observa de reojo Desde mi mesa veo su cuello desnudo Como un aerolito cruzó mi mente el rostro de Muriel mi amante muerta Usted es zurda le dije acercándome Hacemos la pareja perfecta Tomé su lápiz y escribí «te amo» con mi mano derecha en la servilleta Rey del lugar común respondió sin mirarme mientras le echaba azúcar al té Me […]
Una palabra busca mi desvelo, tan pura como el llanto amanecido, tan joven como un ciervo perseguido, tan honda, flor de flores, como el cielo. Una graciosa salve cuyo vuelo celebre, mayo ileso, tu rendido sosiego; una palabra sin olvido que nombre de rodillas tu consuelo. Un pájaro encendido, una balada, una canción fragante, una armonía naciente cual tu brisa salvadora. ¡Tan pura como es limpia tu mirada! ¡Tan joven como nace tu alegría! ¡Tan honda como el alma creadora!
Señora de los vientos, garza de la llanura cuando te meces canta tu cintura. Gesto de la oración o preludio del vuelo, en tu copa se vierten uno a uno los cielos. Desde el país oscuro de los hombres he venido, a mirarte, de rodillas. Alta, desnuda, única. Poesía.
Las mansiones de moda en Long Island están en nuevas manos. Allí Gatsby había muerto, luego de amar una mujer. Quedaba el dolor, tan solo, como una presencia fraternal y los afectos superfluos, aferrándose al cuello. ‘Dilapidé mis esperanzas en las pequeñas carreteras que llevan al sanatorio de Zelda.’ Apelaba a frases pastosas, y los hermosos rostros del año pasado dejaban advertir su vacuidad. Entretanto, en los guiones, el productor tachaba giros innecesarios: era el final. Frasco vacío, boleto para una función que ya pasó, faltaba el postrer ultraje. Agradeciendo el tibio vino de la compasión supo que tenía derecho […]
Una pared invisible me separa de quien fui. Tiene que haber por ahí una puerta. Lo imposible, posible. La arquitectura de la realidad viciada abierta a una bocanada de aire, misteriosa y pura. No sé dónde está esa puerta, mas sé que en cualquier momento una ráfaga de viento pudo dejarla entreabierta. Acaricio la estructura hasta dar con una hendija y, como una lagartija, salgo de mi sepultura.
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