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Se abre en rueda mi mano y gira el pecho la elevación del agua sus pezones en el sonoro vínculo del ser irse es retornar en el hilo del beso danza el fuego la cera del deseo gota amada de instantes capturados talle el reloj de tu minuto carne ondas de labios al pie rosas germinan tacto violeta en el latido mudo de la piel estirada hasta el punto crecido del orgasmo fuga la noche el deseo y en sus límites la llama del lenguaje funde cuerpos.

Se amaban. No estaban solos en la tierra; tenían la noche, sus vísperas azules, sus celajes. Vivían uno en el otro, se palpaban como dos pétalos no abiertos en el fondo de alguna flor del aire. Se amaban. No estaban solos a la orilla de su primera noche. Y era la tierra la que se amaba en ellos, el oro nocturno de sus vueltas, la galaxia. Ya no tendrían dos muertes. No iban a separarse. Desnudos, asombrados, sus cuerpos se tendían como hileras de luces en un largo aeropuerto donde algo iba a llegar desde muy lejos, no demasiado tarde.

La sombra de las torres suele verlos correr en otra piel, ensuciarse la boca con el viento esa mancha que busca empeñada en el aire de una mujer y un hombre volteados al pasado abraza soledades de cuando ellos soñaban el año de Dragón en su equinoccio. Inesperados, previsibles se obligan uno al otro recuerdos de ceguera que la memoria olvida, pero intuye que tuvo. El país que fueron duda de sus vidas. Y nunca sabrán cómo siempre acaban perdidos abajo de esas piedras de la noche.

Asoman su silueta preguntan por el tiempo murmuran entre vidrios palabras manoseadas en otras frustraciones bajo una luz de 20 imagino sus dedos de diciembre anudando los diarios amarillos y otras manos más lentas revolviendo el hervor de los porotos. Ellos son los fantasmas que nunca he descubierto más allá de sus sombras, donde agonizan juntos el primer gran amor, alucinado ahora y ya desconocido, en la pieza más alta y sin ningún espejo.

Al cerrar el botón del monedero esa mujer hablando de los otros tropieza con los nombres que apretaron el brillo de su vestido rojo. La interrumpen reproches en voz baja golpes de la otra vida papas apio cebollas que guarda el mosquitero una mano que cuenta las pastillas disueltas en el sueño entre muecas mordidas por extraños y el crujir de un elástico que cede después de haber tendido la cobija en la pieza para cubrir al náufrago y la luna.

Desnudos afrentamos el cuerpo como dos ángeles equivocados, como dos soles rojos en un bosque oscuro, como dos vampiros al alzarse el día, labios que buscan la joya del instante entre dos muslos, boca que busca la boca, estatuas erguidas que en la piedra inventan el beso sólo para que un relámpago de sangres juntas cruce la invencible muerte que nos llama. De pie como perezosos árboles en el estío, sentados como dioses ebrios para que me abrasen en el polvo tus dos astros, tendidos como guerreros de dos patrias que el alba separa, en tu cuerpo soy el incendio […]

Un dolor jamás dormido, una gloria nunca cierta, una llaga siempre abierta, es amar sin ser querido. Corazón que siempre fuiste bendecido y adorado, tú no sabes, ¡ay!, lo triste de querer no siendo amado. A la puerta del olvido llama en vano el pecho herido: Muda y sorda está la puerta; que una llaga siempre abierta es amar sin ser querido.

Felicidad en ruinas Lo que han visto mis ojos Volver al tiempo amado Ya fugitiva música del polvo (Nada tendrá el amor Si en jardines o nieve La Quimera le cuenta Del valle de la muerte) Felicidad en ruinas Lo que ha visto mi alma en el encanto Amara yo el olvido Y el reino de las hojas que he encontrado

… calzó de viento… GÓNGORA Rubios, pulidos senos de Amaranta, por una lengua de lebrel limados. Pórticos de limones, desviados por el canal que asciende a tu garganta. Rojo, un puente de rizos se adelanta e incendia tus marfiles ondulados. Muerde, heridor, tus dientes desangrados, y corvo, en vilo, al viento te levanta. La soledad, dormida en la espesura, calza su pie de céfiro y desciende del olmo alto al mar de la llanura. Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende, y gladiadora, como un ascua impura, entre Amaranta y su amador se tiende.