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Amarillas las fachadas, amarillas las barandas, las terrazas y las pérgolas, las janelas amarillas. Amarillos los toldos, el blando acantilado, el sol en el Algarve, el banco en que te escribo. Amarillo tu vestido, los manteles y los pórticos, los zócalos, los caminos: amarillos, amarillos. Amarillas las playas, la hamaca, las retamas, las velas por el agua, las barcas amarillas. Amarillos los limones, amarillas las sombrillas, el jarrón, los veladores, las mimosas amarillas.

Teje tu tela, teje de nuevo tu tela; deja que el mes de junio azote el invierno de mi patria; teje la tela de acero y de cemento; junta tus hilos uno a uno, oh hermoso tejedor; forma tu tela con fuertes lazos, con orgullosos rastros de sueño. Toda la tierra está en las colas del amor; en las ciénagas del amor podridas están las manzanas. Cada día tiene un eco, un paso, un rastro, gemido; cada día la estancia recibe la visita del cuerpo en el lecho; cada día hay una mano que desnuda; cada día descansa la ropa […]

Es buena, cuando duerme; el calor de su cuerpo es un puñal de vidrio que remonta los sueños. Cuando calla, es buena y su voz una premonición olvidada y peligrosa que arruina el silencio. Cuando grita o llora o se lamenta o se divierte o se cansa, nada puede contener este dolor alegre que envenena mis sueños y mi soledad. Por eso es difícil pensar en ella, en su cara bondadosa; abandonarse; por eso es una cobardía retenerla y dejarla ir, una pavorosa crueldad. A veces, cuando lo pienso, no se qué hacer con ella, con este destino luminoso.

Amarrado al duro banco De una galera turquesca, Ambas manos en el remo Y ambos ojos en la tierra, Un forzado de Dragut En la playa de Marbella Se quejaba al ronco son Del remo y de la cadena: «¡Oh sagrado mar de España, Famosa playa serena, Teatro donde se han hecho Cien mil navales tragedias!, »Pues eres tú el mismo mar Que con tus crecientes besas Las murallas de mi patria, Coronadas y soberbias, »Tráeme nuevas de mi esposa, Y dime si han sido ciertas Las lágrimas y suspiros Que me dice por sus letras; »Porque si es verdad […]

"Tus treinta años se fueron y los míos son trescientos milenios a la vera del mundo, junto al arco vencido de un puente que atraviesa…

"Desnuda me miro en el espejo perturbable. No tengo rostro mi signo del zodiaco es el desorden. Sola estoy cuando podría ser otra vez el…

Nada más, Poesía: la más alta clemencia está en la flor sombría que da toda su esencia. No busques otra cosa. ¡Corta, abrevia, resume; no quieras que la rosa dé más que su perfume!

El barco es más barco en alta mar, entre las olas y el huracán. Y el águila, en el aire sabe mejor mirar, embistiendo a las nubes que le impiden volar. Rompe los zancos y comienza a andar, sobre la tierra, sobre la tierra de verdad.

Estacionada en un recodo impávido de la penumbra, lo primero que hizo fue fruncir su boca violácea, de entreabiertos resquicios húmedos, y después sus ojos, y después sus ojos, un gran círculo de verde prenatal, un excitante fulgor de azogue desguazando la negrura común. Lenta o tal vez sumariamente inmóvil, con el falso recelo de quien fuera educada en la molicie glandular de los andróginos, sólo rompía el ritmo de su cuerpo algún fugaz movimiento retráctil del pubis, no defensivo sino irresoluto, y ya llegó a la altura de los porches y allí se desnudó con neutra imverecundia, exhibiendo por […]

"Palacios abandonados: una ráfaga escabrosa de tiempo pasa por ellos: un hálito de ausencia, una explosión de pétrea melancolía. Y sin embargo están allí: con…

No se ha meditado aún sobre estas tristes ruinas. Participo de la gran alegría que hace cantar con el vino, luego me hieren los lamentos como a un árbol la tempestad nocturna. Se pierden conmigo en la sombra como se pierde la noche en el bálsamo misterioso de la muerte. Busco mi voz abandonada sobre los mares, en el aire de las islas, en las comarcas donde habitan los desterrados y los místicos, y vago bajo la lluvia de los bosques en la soledad. Como el árbol al borde del abismo, me salva la inquietud perenne, y me acerca a […]

El pintor hacía el amor con ocho espejos, no veía cuando el alma se le iba. Mirándose demasiado por dentro enfrentaba al cuerpo amado, a esa verdad de paisajes pintados por la noche. Y el abismo lo asedió sin descanso, no hubo vino que no llevara sismo, hachís que no alimentara sus telas, cama que no apestara a hospital. Amedeo embrumado, por las tardes lloraba hasta la resequedad presintiendo que un poema sería quien cerrara sus ojos a la noche.