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En mi ostracismo acerbo me alegré esta mañana con el encuentro súbito de una hermosa paisana que tiene un largo nombre de remota novela: la hija del enjuto médico del lugar. Antaño íbamos juntos de la casa a la escuela; las tardes de los sábados, en infantil asueto, por las calles del pueblo solíamos vagar, y jugando aprendimos los dos el alfabeto. Me saludó, y en medio de graciosos cumplidos, su armonioso lenguaje me hizo reconocer en ella a la cuentista de las horas de ayer en la Plaza de Armas de musicales nidos. ¡Pobre amiga de entonces, pobre flor […]

His voice was like the voice of my own soul. SHELLEY Sabía que existía esa voz, esa clara voz mágica; que me estaba llamando con las varas del mimbre detrás de las nubes, cerca de las estrellas rezagadas. Sabía que venía, corriendo sobre el viento para besar jugando mis cabellos. Tanta sombra y ceniza. Tanta noche. Ya no puedo escucharla. Y todo me parece de raíz arrancado, campo de sal, abierto páramo, camino, camino con mi sangre comprado.

A Juana Rosa Pita Una espina en la garganta puede vaciar la voz. Pero la voz vacía también habla. Sólo la voz vacía puede decir el salto inmóvil hacia ninguna parte, el texto sin palabras, los huecos de la historia, la crisis de la rosa, el sueño de ser nadie, el amor más desierto, los cielos abolidos, las fiestas del abismo, la caracola rota. Sólo la voz vacía puede hablar del vacío. O de su clara sombra.

La insana condición de no poder pensar juntos, de no poder pensar en común, de no poder concebir entre los dos un pensamiento, nos separa sin remedio. Por eso la tentación mayor de dos seres que se aproximan es fundar un nuevo dios, un dios que se comprenda a sí mismo y corrija este error, este trauma fatal de los dioses partidos.

No existen paraísos perdidos. El paraíso es algo que se pierde todos los días, como se pierden todos los días la vida, la eternidad y el amor. Así también se nos pierde la edad, que parecía crecer y sin embargo disminuye cada día porque la cuenta es al revés. O así se pierde el color de cuanto existe, descendiendo como un animal amaestrado escalón por escalón, hasta que nos quedamos sin color. Y ya que sabemos además que tampoco existen paraísos futuros, no hay más remedio, entonces, que ser el paraíso.

Quietas, dormidas están, las treinta, redondas, blancas. Entre todas sostienen el mundo. Míralas, aquí en su sueño, como nubes, redondas, blancas, y dentro destinos de trueno y rayo, destinos de lluvia lenta, de nieve, de viento, signos. Despiértalas, con contactos saltarines de dedos rápidos, leves, como a músicas antiguas. Ellas suenan otra música: fantasías de metal valses duros, al dictado. Que se alcen desde siglos todas iguales, distintas como las olas del mar y una gran alma secreta. Que se crean que es la carta, la fórmula, como siempre. Tú alócate bien los dedos, y las raptas y las lanzas, […]

Porque alguien fue un instante hermoso y de antiguos, nunca escritos libros rescató palabras parecidas a piedad -o casi tan extrañas- ante la impasibilidad estéril de los muros como en un final cualquiera comprendimos que la única edad del hombre es la que calla.

Mar sin nombre y sin orillas, soñé con un mar inmenso, que era infinito y arcano como el espacio de los tiempos. Daba máquina a sus olas, vieja madre de la vida, la muerte, y ellas cesaban a la vez que renacían. ¡Cuánto hacer y morir dentro la muerte inmortal! Jugando a cunas y tumbas estaba la Soledad De pronto un pájaro errante cruzó la extensión marina; “Chojé Chojé ” repitiendo su quejosa marcha iba. Sepultóse en lontananza goteando “Chojé Chojé ”; desperté, y sobre las olas me eché a volar otra vez.

HAY algo denso, unido, sentado en el fondo, repitiendo su número, su señal idéntica. Cómo se nota que las piedras han tocado el tiempo, en su fina materia hay olor a edad, y el agua que trae el mar, de sal y sueño. Me rodea una misma cosa, un solo movimiento: el peso del mineral, la luz de la miel, se pegan al sonido de la palabra noche: la tinta del trigo, del marfil, del llanto, envejecidas, desteñidas, uniformes, se unen en torno a mí como paredes. Trabajo sordamente, girando sobre mí mismo, como el cuervo sobre la muerte, el […]

(Arturo Borja Anderson) Es muy bueno y delicioso Habitar en comunión; Es divino, es hermoso Ser de un solo corazón. No buscando ya lo nuestro Sino el bien de los demás; El ejemplo del Maestro, Imitarlo más y más. Perdonando las ofensas Y olvidándolas también Deben ya quedar suspensas Procurémonos el bien. Reduciendo a la memoria Al Divino y buen Jesús: No buscó jamás su gloria, Prefiriendo aun la cruz. El pecado dividiónos, Tristes huellas nos dejó, Mas el Cristo restaurónos, Con su amor nos vinculó.

Cuerpo feliz que fluye entre mis manos, rostro amado donde contemplo el mundo, donde graciosos pájaros se copian fugitivos, volando a la región donde nada se olvida. Tu forma externa, diamante o rubí duro, brillo de un sol que entre mis manos deslumbra, cráter que me convoca con su música íntima, con esa indescifrable llamada de tus dientes. Muero porque me arrojo, porque quiero morir, porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera no es mío, sino el caliente aliento que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo. Deja, deja que mire, teñido […]