Cuando regreses no hallarás siquiera las huellas del pasado. En el parque los cisnes se murieron y las verbenas rojas se secaron. Esos versos liliales que me oías cogiéndome las manos, cambiáronse por otros calcinantes que visten mi alma de ropaje cárdeno. Y esas dulces promesas que en tus brazos hacíasme temblando, son una cuerda rota en mis oídos y ni un eco doliente me dejaron. Naufragaron también en mis pupilas tus ojos de gitano, y en mi boca se helaron en silencio las huellas calcinantes de tus labios. Cuando regreses no hallarás siquiera vestigios del pasado. En el parque […]
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12,749 poemas-Bien puedes amarme aquí, que la luna yo encendí, tú, por ti, sí, tú, por ti. -Sí, por mí. -Bien puedes besarme aquí, faro, farol farolera, la más álgida que vi. -Bueno, sí. -Bien puedes matarme aquí, gélida novia lunera del faro farolerí. -Ten. ¿Te di?
"Noche final, si al fin tengo que verte, sé una duelista noble y dame el sable con el que en nuestro duelo inevitable no esté…
Una historia narcótica empapa a esta ciudad suspendida en la nada. ¿Qué sueño no se oxida en este invierno, donde segregan voces los silencios y la ceniza acalla en vez las voces? A solas extendemos, para que se oiga lejos, entre la retractación de los espejos, la inútil lealtad de nuestro viaje. Se llevará un naufragio su mensaje. Todo es península, para quien sabe, en su camino oculta, hiedra o mina. Sea la niebla aliada y no enemiga.
a Cosme, mi profesor de filosofía Estoy viva como fruta madura dueña ya de inviernos y veranos, abuela de los pájaros, tejedora del viento navegante. No se ha educado aún mi corazón y, niña, tiemblo en los atardeceres, me deslumbran el verde, las marimbas y el ruido de la lluvia hermanándose con mi húmedo vientre, cuando todo es más suave y luminoso. Crezco y no aprendo a crecer, no me desilusiono, ni me vuelvo mujer envuelta en velos, descreída de todo, lamentando su suerte. No. Con cada día, se me nacen los ojos del asombro, de la tierra parida el […]
Dos miradas se amaron en secreto durante muchos años. Dos palabras no dichas. Dos palabras que nadie habrá de pronunciar. Pobres tesoros que guardan pobres páginas. (Lo mismo que este roto jardín, el delicado amor de Abderrahmán.)
Como la torre que en la costa aguarda, cercada de palmeras y arenales, el improbable ataque berberisco; como la torre expuesta al oleaje exacto y riguroso y erosivo de los días y los soles implacables Como esa torre tú, como esa torre.
Vivimos de costado pasamos de puntillas Gracias a dios nadie quedará para recordar en nombre de quién habrá de dirimirse la venganza Cuando el tiempo se escapa sin rostro de las manos dejando un polvo amarillo en el azogue es menester estar atentos. Cuando los días huyen a hurtadillas despreciando nuestro estupor (mientras se pudre el grano en el almiar) es menester ser precavidos. Cuando la vida se oculta en los rincones y no hay perro de caza que pueda hallar su rastro solícitos acudimos a las puertas del miedo. El bosque de certezas ardió hace tres noches. Y yo […]
sí lo volvería a hacer’ pienso y te acaricio la ausente patagonia que llevas en la frente sé que no querías hacer el viaje sonríes al parabrisas (no es bueno distraerse mientras se maneja) pero tu pupila derecha me arrincona suficiente para sentirme más importante que el volante el reporte meteorológico decía ayer que hoy estaría nuboso y soleado está ambos nosotros también II ‘ponéte los anteojos que no ves bien’ dices bromeando no sé por qué te hago caso a veces como si fueras mi padre a quien sólo por amor alguna vez hice caso ‘en definitiva me quedo […]
Tu paz -¡oh paz de cada día!- y mi dolor que es inmortal, se han de casar, Amada mía, en una noche cuaresmal. Quizá en un Viernes de Dolores, cuando se anuncian ya las flores y en el altar que huele a lirios el casto pecho de María sufre por nos siete martirios; mientras la luna, Amada mía, deja caer sus tenues franjas de luz de ensueño sideral sobre las místicas naranjas que, por el arte virginal de las doncellas de la aldea, lucen banderas de papel e irisaciones de oropel sobre la piel que amarillea. Fuensanta: al amor aventurero […]
Una tristeza fiel cubre mi vida: pálido cielo sobre la tierra negra. De esa tristeza suave, vive mi alma. ¿Qué sería de mí sin mi tristeza? ¿Qué sería de mí sin esta clara, sin esta pálida melancolía, que me llena de sueños y me libra de la vulgaridad de la alegría? Entre la angustia y el hastío largos como un camino, mi tristeza empieza; cruza mi vida y se prolonga al cielo ¿que sería de mí sin mi tristeza? Yo la quiero, y mi amor la inunda entera, y su pequeño amargor endulzara. De frente al sol, mi espíritu la […]
me quedé recostado en el sur con el ceño arqueando distancias y precipicios abracadabra repetí por decenas en los cristales empañados la lengua de la burla escribía desafío y un duende metía la magia bajo los colchones los pasteles del infierno estaban fríos y no sé quién preguntaba por un plomero abracadabra repetí y me quedé recostado en los cristales arqueando con el ceño la lengua de un duende hasta estrangularlo en el su