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Yo dije siempre, y lo diré, y lo digo, que es la amistad el bien mayor humano; mas ¿qué español, qué griego, qué romano nos ha de dar este perfeto amigo? Alabo, reverencio, amo, bendigo aquel a quien el cielo soberano dio un amigo perfeto, y no es en vano; que fue, confieso, liberal conmigo. Tener un grande amigo y obligalle es el último bien, y por querelle, el alma, el bien y el mal comunicalle; mas yo quiero vivir sin conocelle; que no quiero la gloria de ganalle por no tener el miedo de perdelle.

Yo esperaba de niño frente a la ventana de la tarde un cometa de flamante estela azotando la cara del sol. Yo esperaba un caballito blanco con cola dorada, sobre el que cabalgaría hasta el fin de la tierra. Años después… Yo esperaba una muchacha callada que en silencio leyera a Gustavo Adolfo Bécquer en un balcón rodeado de golondrinas. Yo esperaba un estado socialista, en donde el amor fuese la primera fuente de la felicidad. Yo esperaba saltar con Neil Armstrong en la cara almidonada de la luna. Pasaron los años… Cayó mi cometa estalló contra un planeta abandonado, […]

Era la época en que yo juraba que la Coca Cola uruguaya era mejor que la Coca Cola chilena y que la nacionalidad era una cólera llameante como cuando una tipa de la calle Bandera no me quiso vender otra cerveza porque dijo que estaba demasiado borracho y que la prueba era que yo hablaba harto raro haciéndome el extranjero cuando evidentemente era más chileno que los porotos.

Yo fui la más callada de todas las que hicieron el viaje hasta tu puerto. No me anunciaron lúbricas ceremonias sociales, ni las sordas campanas de ancestrales reflejos; mi ruta era la música salvaje de los pájaros que soltaba a los aires mi bondad en revuelo… No me cargaron buques pesados de opulencia, ni alfombras orientales apoyaron mi cuerpo; encima de los buques mi rostro aparecía silbando en la redonda sencillez de los vientos. No pesé la armonía de ambiciones triviales que prometía tu mano colmada de destellos: sólo pesé en el suelo de mi espíritu ágil el trágico abandono […]

Yo he usurpado su lugar y he conocido el secreto. Lo he entendido sin, sin embargo, llegarlo a revelar. Ha sido solamente nuestro. Esta inmovilidad que nos lanza contra las rocas y la soledad, como las aguas en la tempestad, como las arenas en la tormenta. Yo he usurpado el secreto. Lo he arrebatado ignorándolo, abriendole mi corazón sobre el puño de las manos. He descubierto esta soledad que nos impulsa a ir y a ir contra las aguas, entre esta oscuridad que las palabras quisieran repudiar, hacer retroceder, pero a nosotros no nos ha sido concedido tal gozo, tan […]

"Yo iba contigo. Tú con tristes ojos parecías la tarde en la mañana. Mi amor, al verte triste, atardecía. Atardecía, pero alboreaba. Pues yo te…

&quotSe estremecieron las espesuras y las sombras’ Yo la mujer de barro hecha y guardada por los siglos y siglos surgida del mismo tiempo con una costilla de más, me dice Adán y una semilla de nancite para Eva yo la mujer de barro con un grito de triunfo me persigno por la señal de mis piernas Por la santa cruz de mis caderas Con el clamor de mi ombligo que se ahueca y exclama araña tus ojos Soy la furia del tiempo sin cabeza Como una cara sin rostro o un final de amores sin espejos. Viva vivo y […]

Yo me moriré, y la noche triste, serena y callada, dormirá el mundo a los rayos de su luna solitaria. Mi cuerpo estará amarillo, y por la abierta ventana entrará una brisa fresca preguntando por mi alma. No sé si habrá quien solloce cerca de mi negra caja, o quien me dé un largo beso entre caricias y lágrimas. Pero habrá estrellas y flores y suspiros y fragancias, y amor en las avenidas a la sombra de las ramas. Y sonará ese piano como en esta noche plácida, y no tendrá quien lo escuche sollozando en la ventana.

Yo me muero de amor, que no sabía, aunque diestro en amar cosas del suelo, que no pensaba yo que amor del cielo con tal rigor las almas encendía. Si llama la moral filosofía deseo de hermosura a amor, recelo que con mayores ansias me desvelo cuanto es más alta la belleza mía. Amé en la tierra vil, ¡qué necio amante! ¡Oh luz del alma, habiendo de buscaros, qué tiempo que perdí como ignorante! Mas yo os prometo agora de pagaros con mil siglos de amor cualquiera instante que por amarme a mí dejé de amaros.

Yo me pregunto, madre: ¿No se gasta la pila que la sutil luciérnaga para alumbrarse tiene? ¿Y tampoco concluye -cuando la araña hila- el misterioso ovillo que encubierto mantiene? ¿En qué forma se ensartan anillos las orugas; bolitas coloradas -por ojos- los conejos; abrigos con recuadros se buscan las tortugas, y en lerda marcha atrás se mueven los cangrejos? ¡Saber! ¡Saber! ¡Saber! Si es cuello de algodón el que se anuda el cóndor o si usa de almidón; si el parlanchín lenguaje de la locuaz cotorra es remedo del nuestro; si la pícara zorra es tan inteligente como sabio mi […]