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La mirada interior se despliega y un mundo de vértigo y llama nace bajo la frente del que sueña: soles azules, verdes remolinos, picos de luz que abren astros como granadas, tornasol solitario, ojo de oro girando en el centro de una explanada calcinada, bosques de cristal de sonido, bosques de ecos y respuestas y ondas, diálogo de transparencias, ¡viento, galope de agua entre los muros interminables de una garganta de azabache, caballo, cometa, cohete que se clava justo en el corazón de la noche, plumas, surtidores, plumas, súbito florecer de las antorchas, velas, alas, invasión de lo blanco, pájaros […]

"Un pebetero erótica fragancia de ámbar y nardo en el salón deslíe, al par que en bronce un sátiro sonríe impregnando de mal toda la…

EL DOLOR NO se explica, hunde noches en témpanos de vaho, apila vendavales. No hagas ruido. Pájaros sanguíneos merodean, acechan la carroña de un silencio.…

LA DAGA VERDADERA es microscópica, no tromba en filos ni sangre en estampida. Lo sabes, Alejandra; anticipas los nudos, me recorres. La luz puede albergarse en la rendija que un párpado extiende ante el objeto de su miedo. Detrás de mis cristales inauguro las venas mortecinas de tu árbol, tus lágrimas de herrumbre, la pizarra en tu fulgor de seconales. Migajas de licores y algún feto descienden por tus piernas, los folios se interrogan sendos crímenes: poemas. Bathory abre sus garras maternales. Un cadáver no venga las injurias -Blake lo sabe- ni el cielo del infierno en matrimonio. Al fin […]

Panamá en esta calle y en este tiempo que nos falta, Antes de mis días y mis noches (Y del poema) fluctuando entre los lirios como el agua, Con sus gruesas murallas y sus edificios Que le dan color de tacto a los espejos, A las criaturas del mar que se advienen a mi fondo, A mi lámpara de niño y a mi mano afiebrada de poeta. Nunca antes por siglos volví a ver el mismo día En que abrí los ojos tanteando la tierra Y el polvo del lugar donde ocurrió mi nacimiento, Donde me convertía en talingo y […]

Fluyen en la mente como peces enfilando hacia ignota carnada y no se detienen a respirar ni cuando duermes porque eres una máquina perfecta que sólo habrá de suspender su ritmo al final de la última jornada.

País, ¿quién es feroz sino tu niño acurrucado en la pureza del desierto? País, ¿quién ha quemado tu carne de luz negra, quién es el príncipe en tu fiesta de rencores podridos por el sol? Yegua sagrada de los grandes vientos, sé bondadosa y terrible, ¡oh roja! ¡oh despedázanos y sangra como una fuente de inocencia a cada lado de un pueblo y su miseria.

Llego a tus costas como al reverso menos cruel de la moneda y tengo todo el tiempo para amarte aunque el amor no sea más que alguna carta a veces una espera. Me desvisto en el muelle me deslumbro tiendo mi mano para hallar otra respuesta y allí estás tú allí vuelvo a encontrarte toda tu firma voluntad sobre mis huesos. La Habana al otro lado es una mancha una extensa muchacha de luces en la espalda siempre llena de veredas y centauros. Porque no soy igual a los demás es que te amo cuando la muerte es una rosa […]

Los dioses nos observan desde la geometría que es su imagen. Sus templos no temen a la luz sino que en ella erigen el fulgor de su blancura: columnatas patentes contra el cielo y su resplandor límpido. Existen en la luz. Así sus pueblos bárbaros intuyen el tumulto de sus dioses grutescos, que son ecos formados en una sima oscura: un chocar de guijarros en un túnel vacío. Aquí los dioses son como la concepción de estas columnas, un único placer: la inteligencia, con su progenied de fantasmas lúcidos.

Llegaste a mí adoleciente de ternuras, la voz adelgazada por plegarias de todos los albores. Y no supe qué hacer con tu candor. Había tanta luz, tanto secreto río, tanta fecunda hoguera, que cegué de belleza. Luego, a tientas, posé mi mano en tu costado, recliné mis efigies por tu frente y quedé, en claridad, extática la vida.