Los dioses son estatuas de humo y viento que se tuercen, alargan, y se cambian de ser como cambian de blusa las muchachas. Alguna vez usaron cuernos, luego se envolvieron en carne de montaña, aprendieron a usar huesos de hombre y se vistieron una barba blanca. Una noche compraron zapatillas y perdieron sus prístinas sandalias. Y un día cualquiera rodearán la tierra charlando amables con los cosmonautas.
Todos los poemas
Explora, filtra y descubre poemas por emoción, tema, longitud o movimiento.
12,749 poemas"La soledad no sabe tomar decisiones por su cuenta, llegar a un acuerdo, por ejemplo, con su legítima tristeza. Cuando todo lo perdido rebrota en…
(Si te miro a ti, que salga el sol o no salga ¿qué me importa a mí? Camarón de la Isla) HERMOSO es el desorden de mi pensamiento. Yo no sigo el ejemplo de los ancianos: busco lo mismo que buscaban. Por eso, en esta diáspora de ti, sé que el silencio que nos cubre es esto, dos bultos que se pliegan y se envuelven para volver de nuevo hasta su soledad. Compruebo que es abril, que el invierno termina y que incluso las flores son felices. Soy como ellas, no pregunto nada; y me limito a estar sobre tu […]
Inmóvil en la luz, pero danzante, tu movimiento a la quietud se cría en la cima del vértigo se alía deteniendo, no al vuelo, sí al instante. Luz que no se derrama, ya diamante, detenido esplendor del mediodía, sol que no se consume ni se enfría de cenizas y fuego equidistante. Espada, llama, incendio cincelado, que ni mi sed aviva ni la mata, absorta luz, lucero ensimismado: tu cuerpo de sí mismo se desata y cae y se dispersa tu blancura y vuelves a ser agua y tierra oscura.
Salgo del trabajo. Los huesos, el cuerpo entero dulcemente dolorido, como -a veces- después de un polvo de los buenos. La luna, sajada en dos pedazos, me recuerda el ojo ese famoso de Buñuel, asomada un tanto tenebrosamente por encima de los árboles. El coche no me arranca. El parabrisas es una roca enorme y congelada. Así que vuelvo a casa andando, velado el claqueteo de mis pasos por la luna, la cabeza llena de café caliente y cigarrillos. Llego al portal y me detengo, soplándome en las manos, bajo el arco de luz que proyecta la ventana sobre el […]
Creo en tí amigo: Si tu sonrisa es como un rayo de luz que alegra mi existencia. Creo en ti amigo: Si tus ojos brillan de alegría al encontrarnos. Creo en ti amigo: Si compartes mis lágrimas y sabes llorar con los que lloran. Creo en ti amigo: Si tu mano está abierta para dar y tu voluntad es generosa para ayudar. Creo en ti amigo: Si tus palabras son sinceras y expresan lo que siente tu corazón. Creo en ti amigo: Si sabes comprender bondadosamente mis debilidades y me defiendes cuando me calumnian. Creo en ti amigo: Si tienes […]
"I Ve a rezar, hija mía. Ya es la hora de la conciencia y del pensar profundo: cesó el trabajo afanador y al mundo la…
Viven encadenados A sus sueños, Escuchando silbidos de montañas, Silencio de cavernas. Son víctimas de sus delirios. Preñada lluvia de melancolía, Esclavos indomables de versos, Sagitarios de miradas, Brasa viva en su propio incendio. Luz fulminante En el claroscuro, Vasallos sumisos ante la tórrida lumbre. Náufragos rutilantes En un mundo al revés. Los ángeles poetas: Enjambre de lo inexistente, Bufones de la muerte Dándole voz a la historia. A pesar del olvido, Que algún día Ha de borrar sus nombres.
Alto día, en el flujo despacioso del aire, en el claro erigido por el baile de aceros de la luz, en la rama cuya huraña negrura fija la piel del agua, fija la red del tiempo. El puente nos afinca entre riberas yermas. Salto petrificado, revuelan en sus arcos vencejos impacientes, el negro de los grajos: hilanderos sin hilo en el telar del mundo. Bajo el pretil las aguas discurren obedientes. Orillan los sentidos, la tierra del decir, cuando decir no importa, al pairo en el instante, desnudos de los nombres que yerran lo nombrado. Crece el día. Y arriba, […]
Para ir decapitando monumentos hace falta el silencio, los santones hicieron sus columnas pero no tienen estandartes. Qué lugar daremos a cada quién en nuestra historia? Ya ni siquiera importa, los héroes están muertos y cada quien fabrica sus hazañas. El tiempo es un invento malévolo, nunca aprendió a creer en la verdad porque nació desnudo como los hombres, y, además, es que existe la verdad?
en la víspera de cualquier acontecimiento importante salvo la furia y mis desiertos defiendo a dentelladas el permiso de escapar por si me aburre la…
Era otoño en Francfort y la primera visión del río fue un cuerpo ahogado en su sed. Juraste que los árboles aledaños al Main se llamaban plátanos y eran sus hojas las que se arremolinaban en ese cuerpo. Y a espaldas de esa premonición recorrimos los adoquines del Römer insensibles a las nubes estampadas en los ojos del muerto. Era otoño, frágil a cada toque de campana, en el repiquetear del teléfono exigiendo la delgada hora del regreso. Después, cruzar el Eisener Steg significaba ganar la orilla de un movimiento sin sentido.