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Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos y ahonden surcos en tu prado hermoso, tu juventud, altiva vestidura, será un andrajo que no mira nadie. Y si por tu belleza preguntaran, tesoro de tu tiempo apasionado, decir que yace en tus sumidos ojos dará motivo a escarnios o falsías. ¡Cuánto más te alabaran en su empleo si respondieras: – « Este grácil hijo mi deuda salda y mi vejez excusa », pues su beldad sería tu legado! Pudieras, renaciendo en la vejez, ver cálida tu sangre que se enfría.

¿A un día de verano compararte? Más hermosura y suavidad posees. Tiembla el brote de mayo bajo el viento y el estío no dura casi nada. A veces demasiado brilla el ojo solar y otras su tez de oro se apaga; toda belleza alguna vez declina, ajada por la suerte o por el tiempo. Pero eterno será el verano tuyo. No perderás la gracia, ni la Muerte se jactará de ensombrecer tus pasos cuando crezcas en versos inmortales. Vivirás mientras alguien vea y sienta y esto pueda vivir y te dé vida. (Versión de Alejandro Araoz Fraser)

¡Ve! si en oriente la graciosa luz su cabeza flamígera levanta, los ojos de los hombres, sus vasallos, con miradas le rinden homenaje. Y mientras sube al escarpado cielo, como un joven robusto en su edad media, lo siguen venerando las miradas que su dorada procesión escoltan. Pero cuando en su carro fatigado deja la cumbre y abandona al día, apártanse los ojos antes fieles, del anciano y su marcha declinante. Así tú, al declinar sin ser mirado, si no tienes un hijo, morirás.

A medianoche, en Nueva York, ella, emergiendo de los mares del sueño, escucha esa palabra cargada de agua azul como otro sueño: Adriático, y sobre un ajedrez de hierro y luna acaso ve las naves.

Advierto con profunda perplejidad que el hermoso guijarro que abandono en el aire se precipita recto hacia la tierra. Tal vez para una hormiga que fuera en el guijarro seria más bien la tierra lo que cae, verde planeta que se precipita. Para el soldado inmóvil antes de halar la cuerda de su paracaídas vertiginosamente asciende el mundo. Y si al pasar el tren ante su cobertizo el mendigo no viera los vagones sino al niño que en ellos deja caer la manzana, vería que la manzana toca el suelo lejos del sitio donde el niño la suelta, que la […]

Está muriendo un Dios en el centro de un ópalo del color del crepúsculo. Está muriendo una hoja de hierba en el pecho de Cristo. Está muriendo una rosa en el aire estancado de la catedral de Maguncia, traspasada en el aire por una quemante aguja del sol. Está muriendo una llanura donde retozan embriagados leopardos. Está muriendo un ángel sobre un glaciar blanquísimo. Está muriendo un barco lleno de ancianos en una colina del cielo, en un aire cargado de delfines livianos y azules. Está muriendo una cúpula bajo el asedio de las mariposas. Está muriendo un lupanar lujoso […]

Hablábamos de los dones de la tiniebla. De los amores muertos. Cuando se perfiló sobre el Oeste El oro espeso de la media luna. ‘Mira: es la Luna del Dragón’ -me dijiste. Y los dos la miramos Como si algo terrible pesara sobre el mundo. El hemisferio gris parecía lleno De hondos presentimientos. No había una estrella sobre el mar en calma De humaredas y torres. Nadie dijo: ‘Es la luz que hace al Dragón visible’. Nadie dijo: ‘Es la casa donde el Dragón habita’. Nadie dijo: ‘Es la luna que ampara a los dragones’. Miramos simplemente el cuerno rojo. […]

Padre, le digo, dame tres granos de cebada para despertar al durmiente. Pero mi padre no responde: es un enorme jinete de bronce, alto sobre colinas y sinagogas. Madre, le digo, aparta tanta niebla, muéstrame un rostro dulce, del que broten palabras ingenuas. Pero ella se ha perdido por los callejones de piedra y sólo encuentro en el espejo sus ojos inmensos. Abuelo, digo entonces, ya no luches más con el ángel, ven a contarme historias junto al niego, mientras se hiela el Elba. Pero el viejo me mira con ojos ausentes, y comprendo que no es éste mi abuelo […]

Aquí hubo un mar hace un millón de años. El hombre no lo sabe, más la piedra se acuerda. Pártela: hay un cangrejo en sus entrañas, Todo de piedra ya, forma magnífica Que se negó a ser polvo. Ante el peñasco y el guijarro, piensa Que acaso fueron seres dolorosos, Sangre y pulmones palpitantes. Entre la ciega roca Y el trémolo extasiado de la salamandra Tan sólo hay tiempo.

En la punta de la flecha ya está, invisible, el corazón del pájaro. En la hoja del remo ya está, invisible, el agua. En torno del hocico del venado ya tiemblan, invisibles, las ondas del estanque. En mis labios ya están, invisibles, tus labios.

¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua? Si tú me vieras caminando a esta hora hacia el río me dirías: mujer ¿en dónde está tu hogar? ¿dónde tus hijos? ¿Dónde los sacos de lana, el tambor de bordar, la sartén en el fuego, el té del atardecer, las cortinas de flores, las lámparas con su limitado crepúsculo? ¿Dónde las tardes sepia de las fotografías? ¿Dónde la soledad que el fonógrafo arrulla? ¿Y el cofre con las cartas y las blusas de seda y el gato que se ovilla sobre el piano como un pacto secreto con una selva antigua? […]

Folquet ( o Fulco) de Marsella, trovador admirado por el Dante (con él habló en su Paradiso –canto IX- dibujándolo como un hombre de amor y luego un alma de amor, un habitante del planeta Veus); Folquet (oFulco) plantó su reflexión contemporánea sobre el quehacer trovadoresco: ‘Un verso sin música Es como un molino sin agua”. El verso, es el buen sobreviviente de la furia feudal vitalizado en el Renacimiento vuelto a trobar cerrado en el barroco fría astilla de hielo neoclásica sturn und drang pasión y compromiso en el romántico pero también el autoanálisis pero también la egolatría pero […]