Sobrecogida, bajo el arco cándido de los vientos azules, arrojo desde mi balaustrada en avance, (como labios que van a besar), la mirada hacia el océano amarillo. Todo vive ese olor mojado de rasal llovido y de naranja; el gato -flor de cardo de invierno- se elctriza y se hace cantar, las moscas buscan las vigas ahumadas, las gallinas cloquean y sacuden su ropa interior; y mi corazón trata de acomodar su tristeza de velos desgajados, descalza y sin pupilas.
Todos los poemas
Explora, filtra y descubre poemas por emoción, tema, longitud o movimiento.
12,749 poemasResuena en las amapolas del cielo mis historia de piedra dormida, desde el suceso inmemorial de los crepúsculos. Prolongo mares de árboles besando el camino sin término. Entrego a la vida mi sombra de calle tranquila; -balcón en la ciudad de los arabescos inusitados-. Amo la línea que se escucha, como el color inicial de la aurora, traduciéndose en la palabra del hombre o en la palabra roja del trueno. Majadería de niño, que lanza su honda al espacio, camina mi balbuceo discontinuo creciendo del mar y del sol su mariposa.
Entre las piedras, brotadas de musgo, se estancó la pena, como agua de lluvias desmemoriadas, Flor malsana, mujer eterna, abandonada y obscura mano de pétalos de aluminio. Caravana de polvo, siniestra, multitud de agujas envenenadas, rebozo gris, gabardina de ocaso, Mis dedos tranquilos y castos, desdoblaron del arpa terrosa sonidos de cuerdas vencidas. Fue la pócima de niebla, óleo de rosas negras, enloquecidas sobre mi frente… sellada por siete sellos de plata.
La mancha trágica de tus cabellos, encarna un mar fascinante y entenebrecido. Albea tu frente magnifica, escrita de surcos, y tus sienes como dos azucenas puras. Tus cejas y tus pestañas interrogadoras recogen la esmeralda enferma de tus ojos. Se destaca en la oscuridad del fondo tu nariz de águila meditativa. Tus labios destilan dolor y pasión y están maduros para el beso. Piedra con alma, sonríe tu cara de ídolo dormida en la canasta de rosas de mi pecho.
¿Y por qué no es tu guerra más pujante contra el Tirano tiempo sanguinario; y contra el decaer no te aseguras mejores medios que mi rima estéril? En el cenit estás de horas risueñas. Los incultos jardines virginales darían para ti vivientes flores, a ti más semejantes que tu efigie. Tendrías vida nueva en vivos trazos, pues ni mi pluma inhábil ni el pincel harán que tu nobleza y tu hermosura ante los ojos de los hombres vivan. Si a ti mismo te entregas, quedarás por tu dulce destreza retratado.
¿Quién creerá en el futuro a mis poemas si los colman tus méritos altísimos? Tu vida, empero, esconden en su tumba y apenas la mitad de tus bondades. Si pudiera exaltar tus bellos ojos y en frescos versos detallar sus gracias, diría el porvenir: «Miente el poeta, rasgos divinos son, no terrenales». Desdeñarían mis papeles mustios, como ancianos locuaces, embusteros; «métrico exceso» de un «antiguo» canto. Mas si entonces viviera un hijo tuyo, mi rima y él dos vidas te darían. para darla a la muerte y los gusanos.
No dejes, pues, sin destilar tu savia, que la mano invernal tu estío borre: aroma un frasco y antes que se esfume enriquece un lugar con tu belleza. No ha de ser una usura prohibida la que alegra a quien paga de buen grado; y tú debes dar vida a otro tú mismo, feliz diez veces, si son diez por uno. Más que ahora feliz fueras diez veces, si diez veces, diez hijos te copiaran: ¿qué podría la muerte, si al partir en tu posteridad siguieras vivo? No te obstines, que es mucha tu hermosura
Las horas que gentiles compusieron tal visión para encanto de los ojos, sus tiranos serán cuando destruyan una belleza de suprema gracia: porque el tiempo incansable, en torvo invierno, muda al verano que en su seno arruina; la savia hiela y el follaje esparce y a la hermosura agosta entre la nieve. Si no quedara la estival esencia, en muros de cristal cautivo líquido, la belleza y su fruto morirían sin dejar ni el recuerdo de su forma. Mas la flor destilada, hasta en invierno, su ornato pierde y en perfume vive.
Derrochador de encanto, ¿por qué gastas en ti mismo tu herencia de hermosura? Naturaleza presta y no regala, y, generosa, presta al generoso. Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas de lo que se te dio para que dieras? Avaro sin provecho, ¿por qué empleas suma tan grande, si vivir no logras? Al comerciar así sólo contigo, defraudas de ti mismo a lo más dulce. Cuando te llamen a partir, ¿qué saldo podrás dejar que sea tolerable? Tu belleza sin uso irá a la tumba; usada, hubiera sido tu albacea.
De los hermosos el retoño ansiamos para que su rosal no muera nunca, pues cuando el tiempo su esplendor marchite guardará su memoria su heredero. Pero tú, que tus propios ojos amas, para nutrir la luz, tu esencia quemas y hambre produces en donde hay hartura, demasiado cruel y hostil contigo. Tú que eres hoy del mundo fresco adorno, pregón de la radiante primavera, sepultas tu poder en el capullo, dulce egoísta que malgasta ahorrando. Del mundo ten piedad: que tú y la tumba, ávidos, lo que es suyo no devoren.
Cuando pienso que todo cuanto crece dura en su perfección un breve instante, como de la mañana el sol radiante que, al avanzar la tarde, se oscurece; cuando miro que todo se envejece como flor mañanera y rozagante que pronto se deshoja, agonizante, y al morir el crepúsculo perece; se aflige mi alma y por tu suerte llora; mas todo cuanto pierdes en frescura, con sus matices el ensueño dora, y a medida que el tiempo tu hermosura con implacable saña decolora, con desquite, mi amor te transfigura.
Cuando en sesiones dulces y calladas hago comparecer a los recuerdos, suspiro por lo mucho que he deseado y lloro el bello tiempo que he perdido, la aridez de los ojos se me inunda por los que envuelve la infinita noche y renuevo el plañir de amores muertos y gimo por imágenes borradas. Así, afligido por remotas penas, puedo de mis dolores ya sufridos la cuenta rehacer, uno por uno, y volver a pagar lo ya pagado. Pero si entonces pienso en ti, mis pérdidas se compensan, y cede mi amargura. (Versión de Alejandro Araoz Fraser)