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Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera y el grito de la estatua desdoblando la esquina. Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito, querer tocar el grito y sólo hallar el eco, querer asir el eco y encontrar sólo el muro y correr hacia el muro y tocar un espejo. Hallar en el espejo la estatua asesinada, sacarla de la sangre de su sombra, vestirla en un cerrar de ojos, acariciarla como a una hermana imprevista y jugar con las flechas de sus dedos y contar a su oreja cien veces cien cien veces hasta oírla decir: […]

Pongo el oído atento al pecho, como, en la orilla, el caracol al mar. Oigo mi corazón latir sangrando y siempre y nunca igual. Sé por qué late así, pero no puedo decir por qué será. Si empezara a decirlo con fantasmas de palabras y engaños al azar, llegaría, temblando de sorpresa, a inventar la verdad: ¡Cuando fingí quererte, no sabía que te quería ya!

A Ricardo de Alcázar I ¡Qué prueba de la existencia habrá mayor que la suerte de estar viviendo sin verte y muriendo en tu presencia! Esta lúcida conciencia de amar a lo nunca visto y de esperar lo imprevisto; este caer sin llegar es la angustia de pensar que puesto que muero existo. II Si en todas partes estás, en el agua y en la tierra, en el aire que me encierra y en el incendio voraz; y si a todas partes vas conmigo en el pensamiento, en el soplo de mi aliento y en mi sangre confundida, ¿no serás, […]

Amar es una angustia, una pregunta, una suspensa y luminosa duda; es un querer saber todo lo tuyo y a la vez un temor de al fin saberlo. Amar es reconstruir, cuando te alejas, tus pasos, tus silencios, tus palabras, y pretender seguir tu pensamiento cuando a mi lado, al fin inmóvil, callas. Amar es una cólera secreta, una helada y diabólica soberbia. Amar es no dormir cuando en mi lecho sueñas entre mis brazos que te ciñen, y odiar el sueño en que, bajo tu frente, acaso en otros brazos te abandonas. Amar es escuchar sobre tu pecho, hasta […]

A una sola línea del sueño, del color que es su vida. El mundo de mis manos se vuelve sutil en su cuello. Luego, se pierde el mundo. Esto ya es el gozo, la media luna, el canto de primavera. De sus axi- las veo emerger la estación, el verano. Adormecida en el alba entre dos rayos.

Caída del éxtasis, en el atardecer, entre pasiones e incendio, música de silencio. Tu frente se eleva como el fuego. Se oyen los ríos, la corriente de la libertad y del paisaje. La hoja independiente, la gota de agua, iguales a un cosmos o poema. Estás allí donde la sangre canta, en lo desnudo del aire, en la vena del alba.

En la mañana vacía vestida de su alborada; en la tarde fenecía cual la rosa de la nada. Estaba abierta de día, de noche estaba cerrada; cantaba como gemía, sentía cuanto lloraba, La flor del mundo ignorada, que sólo el alma adivina, de su tallo se alejaba a ser la rosa divina.

(En desnudez intacta, escalofrío, desmayo y sueño. Debajo de sus senos nace un río que olvida los temblores de su cuerpo). ¿Te quieres dar a mí hasta palidecer desmayada en la noche? ¿Y que tu cabellera encienda los trópicos íntimos del amor? ¿Sentir la claridad del alba anegada en tus senos? ¿Hundirte en mí, en la temeraria orfandad de la sangre? Yo sueño verte un día desnuda de tallos y de aurora, señalando la transformación de las esferas, alta de mediodía, cenital y luminosa, solitaria, única: ¡eterna rosa!

(Realidad, incierta realidad o sueño. Mujer siempre dormida en el poema. Gacela despierta en suave paisaje de nube. ausente de césped y horizonte POESÍA ES A CONDICIÓN DE OLVIDO).

Porque los exaltados nubarrones descienden en la soledad del amanecer, y los altos tejados inyectan su veneno de hastío, y sobrepujan a la onda exterior y superficial del día. ¿De dónde han venido aquellas mariposas tan amarillas, a deshojar un collar de ébano alrededor de mi garganta, que es un lirio entre dos abismos? Allá los corderos mudos, sacrificados en el marco de la mañana; allá los volcanes libres y los pensamientos, los caracoles rubios besando las bocas de las campanillas jugosas. La danza inmediata de aquel viento que huele a muerte, encuclillándose a mis pies, ahora, palpándome las sienes […]

Era el tiempo inmóvil de la flor del jacinto; (cuando yo era como las manzanas). Y tú viniste, como todas las cosas, que se encienden en el universo: las tempestades, las sombras de la vida. Y sin embargo… venía tan nueva la composición de caminos de bronce que andabas edificando. Mirándote me conocí, amándote, ¡oh! amándote encontré el evangelio de mi alma, ya cansada antes de ser. Y sigo inquiriendo, y sigo esperando arrancar de tu espíritu la razón de mi angustia; sabiendo que me has dado todo lo que trajiste de la muerte, sabiendo que defines mis pupilas de […]

A menudo la soledad, con su gran rumor de silencio, merodea en mi alma. Las almas oscuras de los murciélagos, azotan ilusiones sombrías en los vidrios. Friolentas, las chimeneas echan su aliento triste, hacia los caminos libres y sin huellas del cielo y del tiempo. La respiración de flor del niño ahuyenta los malos espíritus, mientras voy trizando la mirada en la negra arquitectura de los libros. Mi lámpara, como la hoja trágica de un puñal, atraviesa el corazón del alba.