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Noble señora de provincia: unidos en el viejo balcón que ve al poniente, hablamos tristemente, largamente, de dichas muertas y de tiempos idos. De los rústicos tiestos florecidos desprendo rosas para ornar tu frente, y hay en los fresnos del jardín de enfrente un escándalo de aves en los nidos. El crepúsculo cae soñoliento, y si con tus desdenes amortiguas la llama de mi amor, yo me contento con el hondo mirar de tus arcanos ojos, mientras admiro las antiguas joyas de las abuelas en tus manos.

La sombra de las torres suele verlos correr en otra piel, ensuciarse la boca con el viento esa mancha que busca empeñada en el aire de una mujer y un hombre volteados al pasado abraza soledades de cuando ellos soñaban el año de Dragón en su equinoccio. Inesperados, previsibles se obligan uno al otro recuerdos de ceguera que la memoria olvida, pero intuye que tuvo. El país que fueron duda de sus vidas. Y nunca sabrán cómo siempre acaban perdidos abajo de esas piedras de la noche.

Amarte en esta guerra que nos va desgastando y enriqueciendo. Amarte sin pensar en el minuto que se escurre y que acerca el adiós al tiempo de los besos. Amarte en esta guerra que peleamos, amor, con piernas y con brazos. Amarte con el miedo colgado a la garganta. Amarte sin saber el día del adiós o del encuentro. Amarte porque hoy salió el sol entre nuestros cuerpos apretados y tuvimos una sonrisa soñolienta en la mañana. Amarte en toda esta incertidumbre, sintiendo que este amor es un regalo, una tregua entre tanto dolor y tanta bala, un momento inserto […]

Cuando el arroz retira de la tierra los granos de su harina, cuando el trigo endurece sus pequeñas caderas y levanta su rostro de mil manos, a la enramada donde la mujer y el hombre se enlazan acudo, para tocar el mar innumerable de lo que continúa. Yo no soy hermano del utensilio llevado en la marea como en una cuna de nácar combatido: no tiemblo en la comarca de los agonizantes despojos, no despierto en el golpe de las tinieblas asustadas por el ronco pecíolo de la campana repentina, no puedo ser, no soy el pasajero bajo cuyos zapatos […]

La muerte del viejo surrealista se logra con un trazo firme seguro una línea gruesa que la divide en formas grises de sólidas filosofías cubistas y lo desperdiga luego en cientos de hojas ocres sobre los Santos Lugares su tierra pequeña al lado del cielo siena de Saenz Peña. Se le dice al oído que su amor está enterrado en ataúd de mimbre con esencias perfumadas por siempre y que por él que va hacia ahí no habrá plañideras ni lunas rojas ni miradas amarillas ni juegos de naipes taimados mortales. La muerte del viejo surrealista se continuará en la […]

A M. Leo Rouanet El lobo blanco del invierno, el lobo blanco viene, con los feroces ojos inyectados en sangre helada, fijos y crueles. ¡Maldito lobo invierno, que te llevas los viejos y los débiles! ¡Reunámonos, que todos tengan una familia, un libro y fuego alegre! Y mientras, fuera, el hacha el tronco seco hiende, que será rojo en el hogar, cerremos la puerta y el balcón… ¡Dios no nos quiere! ¡Tregua! Seamos amigos… La tibia paz entre nosotros reine en torno de la lámpara, que esparce la tranquila poesía del presente. Y tú, mi amada, cuyos rojos labios son […]

Bien voluntarioso es el sol en los arenales de Chicama. Anuda, pues, las cuatro puntas del pañuelo sobre tu cabeza y anda tras la lagartija inútil entre esos árboles ya muertos por la sollama. De delicadezas, la del sol la más cruel que consume árboles y lagartijas respetando su cáscara. Fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje, y esta otra: de cuando acercaste al árbol reseco un fosforito trivial y ardió demasiado súbito y desmedido como si fuera de pólvora. No te culpes, quien iba a calcular tamaño estropicio! Y acepta: el fuego ya estaba allí, tenso y contenido […]

EN lo alto, el cristal, invisible, perfecto donde hasta el sol se equivoca y tropieza. Y la mano de plinto le sirve. Por la mano se acerca la tierra hecha sueño de hombre a través de la sangre vivida. y revienta en la espuma con que ahora brindamos: La pleamar, el final de la oscura marea. Encontrar superficie, salir. Libertad, soledad. La experiencia siempre inocente, siempre limpia es el límite, flor siempre abierta en la gracia ideal del espíritu cristal sobre el que hiere la luz su presencia.

En los prados de tu huerto a la luz del plenilunio se moría cada flor; y concurriendo a una extraña complicidad de infortunio, en el rosal de mi vida se deshojaba el amor. Bien pudiera el peregrino hacer estación romántica a la mitad del camino, y desgranar un rosario de cuentas sentimentales por aquel deshojamiento del alma y de los rosales. ¡Oh novia siempre querida, cuyas pupilas llorosas contemplaron la caída de pétalos y esperanzas sobre la faz de las cosas, cuando en la calma nocturna se deshojaban a un tiempo las quimeras y las rosas!

Pero las cosas han cambiado. Míralas en su desconocido firmamento. Esta lámpara joven. ¿Qué soledad descubre su luz en el espejo? Este vaso de agua. ¿Qué noche de verano comprende sus secretos? Estas vigas azules. ¿Qué araña tejerá el dolor de sus cuentos? El idioma dormido de las cosas exige un corazón subtitulado para contar los sueños. Míralas, hablándote despacio, igual que a un extranjero.

Vedlo otra vez aquí. De su vieja piel brotan absurdamente flores en salvaje melena enmarañadas: recientes, frescas, olorosas flores (así Elvira Gascón lo ha dibujado). Y de la cueva honda de su boca a veces una voz terrible sale clamando; voz oscura que, inesperadamente traicionada, al aire se transforma en un tierno, armonioso, inexplicable canto. El león viejo, siempre caminando sin tregua, solo, acecha en torno a sí, de día; de noche, cara al cielo. Errante majestad, centro moviente, inestable, de un mundo cambiante como él, sin equilibrio. Quisiera descansar un poco; tienen sus fauces la nostalgia de un enorme […]