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Mira, mi bien, cuán mustia y desecada del sol al resplandor está la rosa que en tu seno tan fresca y olorosa pusiera ayer mi mano enamorada. Dentro de pocas horas será nada… No se hallará en la tierra alguna cosa que a mudanza feliz o dolorosa no se encuentre sujeta y obligada. Sigue a las tempestades la bonanza: siguen al gozo el tedio y la tristeza… Perdóname si tengo la desconfianza de que dure tu amor y tu terneza: cuando hay en todo el mundo tal mudanza, ¿solo en tu corazón habrá firmeza?

"Emboscado en mi escritura cantas en mi poema. Rehén de tu dulce voz petrificada en mi memoria. Pájaro asido a su fuga. Aire tatuado por…

En dañados espejos un azogue de muerte revoca el esplendor morado de los lirios. ¿Podréis reconoceros bajo el palio sin techo de las aguas hediondas? Ocho columnas cercan la majestad del baño, mientras corroe el óxido el metal de los grifos, deja su mancha roja sobre la porcelana o se aquieta en el mármol de una tina sarcófago a ras de las baldosas. El reloj ha perdido sus agujas, y un tiempo de Luchino Visconti impone su vigencia a los sucios colchones que en el desván se apilan y a la vida que vuelve a cruzar estas puertas.

Huele a soledad el campo tan breve, tan sin sentido, bajo un firmamento abierto de par en par. ¡Apetito de tierra sola, de tierra desterrada, de caminos que nunca llegan a Roma! La carretera es un río enjuto que no se acaba y que no tiene principio. Pero la esperanza enseña a creer lo que no vimos; el aire, la luz, la música, la palabra… Desistimos de andar mirando las cosas, descubriendo los registros concretos. El alto cielo nos orienta con sus guiños fulgurantes. Levantamos la mirada y transcribimos su fausta telegrafía: «¡Para el amor no hay caminos!

"Tráeme rosas robadas de algún jardín, cualquiera, pero que sean robadas. Me gusta lo furtivo, lo oculto, lo callado. Dicen que hay en la luna…

No sólo flor y mar, también es fuego constante el de tu carne, el de tu rosa, abeja zumbadora, mariposa de pluma, silbo y sol, verano y juego. Derramas el caudal de nieve, y luego, liberas un volcán que, ciego, osa ungir el corazón de mirto y fosa, de sábana, hoja azul, dulzor y espliego. Yo sé que en el silencio te han buscado los pechos las palomas de la tarde vezadas de tus labios al cuidado. Yo sé que en ti una flor de llamas arde, que tibia entre tus muslos ha anidado buscando oscuridad la luz cobarde.

A aquel hombre le pidieron su tiempo para que lo juntara al tiempo de la Historia. Le pidieron las manos, porque para una época difícil nada hay mejor que un par de buenas manos. Le pidieron los ojos que alguna vez tuvieron lágrimas para que no contemplara el lado claro (especialmente el lado claro de la vida) porque para el horror basta un ojo de asombro. Le pidieron sus labios resecos y cuarteados para afirmar, para erigir, con cada afirmación, un sueño (el-alto-sueño); le pidieron las piernas, duras y nudosas, (sus viejas piernas andariegas) porque en tiempos difíciles ¿algo hay […]

A veces melancólico me hundo en mi noche de escombros y miserias, y caigo en un silencio tan profundo que escucho hasta el latir de mis arterias. Más aún: oigo el paso de la vida por la sorda caverna de mi cráneo como un rumor de arroyo sin salida, como un rumor de río subterráneo. Entonces presa de pavor y yerto como un cadáver, mudo y pensativo, en mi abstracción a descifrar no acierto Si es que dormido estoy o estoy despierto, si un muerto soy que sueña que está vivo o un vivo soy que sueña que está muerto.

A Nati y Jorge Riechmann Recuerdo que una vez, cuando era niña, me pareció que el mundo era un desierto. Los pájaros nos habían abandonado para siempre: las estrellas no tenían sentido, y el mar no estaba ya en su sitio, como si todo hubiera sido un sueño equivocado. Sé que una vez, cuando era niña, el mundo fue una tumba, un enorme agujero, un socavón que se tragó a la vida, un embudo por el que huyó el futuro. Es cierto que una vez, allá, en la infancia, oí el silencio como un grito de arena. Se callaron las […]

¿Existirá? ¡Quién sabe! Mi instinto la presiente; dejad que yo la alabe previamente. Alerta el violín del querubín y susceptible al manzano terrenal, será a la vez risueña y gemebunda, como el agua profunda. Su índice y su pulgar, con una esbelta cruz, esbelto persignar. Diagonal de su busto, cadena alternativa de mirtos y nardos, mientras viva. Si en el nardo canónico o en el mirto me ofusco, Ella adivinará la flor que busco; y, convicta e invicta, esforzará su celo en serme, llanamente, barro para mi barro y azul para mi cielo. Próvida cual ciruela, del profano compás siempre […]

Mirate así qué cangrejo monstruoso atenazó tu infancia qué paliza paterna te generó cobarde qué tristes sumisiones te hicieron despiadado no escapes a tus ojos mirate así ónde están las walkirias que no pudiste la primera marmita de tus sañas te metiste en crueldades de once varas y ahora el odio te sigue como un buitre no escapes a tus ojos mirate así aunque nadie te mate sos cadáver aunque nadie te pudra estás podrido dios te ampare o mejor dios te reviente.