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La joven yace envuelta en una fina mortaja de hilo mientras Orfeo desciende a su encuentro, consumido por el fuego. La pasión resbala como basalto envenenado o agitado estuche de rubíes hasta la cintura. La fina tela, sostenida por la curva de su pecho plano y bellamente modelado, cae dejando desnudo su hombro derecho. La posición es herida iluminada de deseo en las pupilas negras, agua negra excavando su curso o devorando entre las llamas la espléndida flor de juventud. Vuelve la mirada para reconfortarse y ofrecerse más apoyo, altísima vida, maternal y sólida.

En el hueco de tus manos pongo tu nombre y lo bebo a sorbos, tus minerales se licuan con mis soles y en la memoria la leyenda de tu cuerpo se vuelve mariposa, limpio las soledades a tus pasos, entonces te acuno entre mis ojos entonces te limpias el sudor y recoges mis mañanas.

Una rosa en el alto jardín que tú deseas. Una rueda en la pura sintaxis del acero. Desnuda la montaña de niebla impresionista. Los grises oteando sus balaustradas últimas. Los pintores modernos en sus blancos estudios, cortan la flor aséptica de la raíz cuadrada. En las aguas del Sena un ice-berg de mármol enfría las ventanas y disipa las yedras. El hombre pisa fuerte las calles enlosadas. Los cristales esquivan la magia del reflejo. El Gobierno ha cerrado las tiendas de perfume. La máquina eterniza sus compases binarios. Una ausencia de bosques, biombos y entrecejos yerra por los tejados de […]

Infinita ternura de la araña que le teje pistas a los astros Una de esas rutas es mi sueño donde permanezco despierto Sólo ella tiene el hilo del principio y el fin de todos los principios Por si no se emocionaron sólo ella puede decir su final que siempre es su principio Si no lo vivieron jódanse Un día descubrí que de su boca salía la hebra milagrosa Desde entonces me quedé bajo su sombra libre de las moscas

Escritos en el suelo han quedado los signos de la muerte. Y en los mosaicos de piedra roja el estampido de los rostros de oro. La humedad ha cubierto los frescos. En la escalera las manchas de los pies rajados. El polvo ennegrece el resto. La ventana está abierta. La ciudad saqueada.

"En ese mundo sin siesta Muestran Ofrecen Venden Las postales que coleccionan turistas Cerebro Sexo Color Y no saben que si se detienen De noche…

¡El mar, el mar! Dentro de mí lo siento. Ya sólo de pensar en él, tan mío, tiene un sabor de sal mi pensamiento.

Le pido al ángel que te traiga aquí a rastras. Quemo esa vela virgen. La noche flota fuera floja como un enfermo. Las chicharras alisan el reposo, parece como si hubiera esperanza. Salgo aunque no sé adonde. Llevo la boca llena de letanías. Algún rostro está a punto de aparecerse en el aire. La nostalgia trae viva la saliva y el estómago ciego. Mis manos, perdonadas, preguntan por tu cintura. La noche tiene ese hueco.

Helo, helo por do viene el moro por la calzada, caballero a la jineta encima una yegua baya, borceguíes marroquíes y espuela de oro calzada, una adarga ante los pechos y en su mano una azagaya. Mirando estaba Valencia, como está tan bien cercada: -¡Oh, Valencia, oh Valencia, de mal fuego seas quemada! Primero fuiste de moros que de cristianos ganada. Si la lanza no me miente, a moros serás tornada; aquel perro de aquel Cid prenderélo por la barba, su mujer, doña Jimena, será de mí cautivada, su hija, Urraca Hernando, será mi enamorada, después de yo harto de […]

Ser necio y tener trabajo: eso es la felicidad. Gottfried Benn Nos enseñaba a odiar la poesía, y estas fueron sus víctimas: tantísimos tontos de facultad, muy licenciados en cháchara semiótica. Los logros conseguidos (menos lectores, menos competencia) aseguran el relevo en la especie académica (o el pincho de las 12 entre clase y seminario). Suya no fue la culpa si le hicieron, en un rapto de olvido, indispensable.

La señorita del abanico, va por el puente del fresco río. Los caballeros con sus levitas, miran el puente sin barandillas. La señorita del abanico y los volantes busca marido. Los caballeros están casados, con altas rubias de idioma blanco. Los grillos cantan por el Oeste. (La señorita, va por lo verde). Los grillos cantan bajo las flores. (Los caballeros, van por el Norte).

Duerma la virgen su pasión secreta. Sueñe con su preñez la joven desposada. Tal para cual, en el espejo, el cornudo se adorne de laureles. Tres veces ha cantado el gallo para el amigo tránsfuga. Dueños de la verdad, los conjurados repinten en las bardas su anatema. Oiga pasos de amor sobre el tejado la viuda insatisfecha que se extingue en su propia calentura, en su veneno arácnido y nostálgico. El agua se edifica, se eleva del aljibe y desciende doméstica. Ya encuentran acomodo los antiguos dolores, se clavan, se difunden, aletean en la jaula de huesos. Para los desterrados […]