He querido morir, Señor, pero he vivido y confieso ante Ti mi aleve cobardía. ¿Qué dejo para aquellos semejantes que han sido probados en dolor a punto de agonía? Y por querer morir, Señor, he revivido puesto que Tú dispones que pase al nuevo día, retornada a mí misma, tras haber pretendido ordenar mi existencia como si fuera mía. Ya no habré de volver contra Ti aunque padezca ni habré de lamentarme en la misma desgracia. Si no es tu voluntad que mi vida perezca, acepto de buen grado, Señor, tu santa gracia y todos los misterios con que la […]
Todos los poemas
Explora, filtra y descubre poemas por emoción, tema, longitud o movimiento.
12,749 poemasTemí… no el gran amor. Fui inmunizada a tiempo y para siempre con un beso anacrónico y la entrega ficticia -capaz de simular hasta el rechazo- y por el juramento, que no es más retórico porque no es más solemne. No, no temí la pira que me consumiría sino el cerillo mal prendido y esta ampolla que entorpece la mano con que escribo.
"Me ha costado mis años llegar a escribir soy siento. Estoy aquí y percibo la grandeza del día, su dimensión azul, mi transparencia. Se lo…
Aquí sobre la noche y sus virtudes deambulo en estas líneas pensando en tu prometido cielo de caricias, y ya no puedo escribir tanta poesía porque escribir poesía es tratar de encontrarla y yo eterno navegante de silencios, triste habitante del vacío y del miedo al fin he hallado la palabra. Al abrazarte compañera y sentir que te quiero he encontrado el poema.
Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién, quién levantó los olivos? No los levantó la nada, ni el dinero, ni el señor, sino la tierra callada, el trabajo y el sudor. Unidos al agua pura y a los planetas unidos, los tres dieron la hermosura de los troncos retorcidos. Levántate, olivo cano, dijeron al pie del viento. Y el olivo alzó una mano poderosa de cimiento. Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién amamantó los olivos? Vuestra sangre, vuestra vida, no la del explotador que se enriqueció en la herida generosa del sudor. No […]
Aquí, en este momento, termina todo, se detiene la vida. Han florecido luces amarillas a nuestros pies, no sé si estrellas. Silenciosa cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento. Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia en la noche, jadeando en la hierba, trayendo en hilos aroma de las nubes, poniendo en nuestra carne su dentadura fresca. Y el mar sonaba. Tal vez fuera espectro. Porque eran miles de kilómetros los que nos separan de las olas. Y lo peor: miles de días pasados y futuros nos separaban. Descendían en la sombra de las escaleras. Dios sabe a […]
No les bastó el sudor de los obreros no les bastó el llanto de las madres querían inundar tus orejas con viudas querían asfixiarte con cadáveres Te soñaban ‘Museo Nacional del Genocidio’ ‘Espejo del Horror’ ‘Lámpara de Sumisión’ te soñaban Y vos siempre vecino de los miserables anunciando el mar con tu sombrero de ninfas hermano del invierno y de su furia fuiste fluyendo hasta todos los puertos del mundo llevando en tus bolsillos todo el humus amor de nuestros errantes cadáveres toda las imple agonía de tu pueblo en llamas. septiembre, 1989 *(ACELGUATE: RÍO DE EL SALVADOR)
Si no hubiera conocido tu piel, si tus ángeles y sus pájaros -morenos, desde luego- no hubieran sido acariciados por mí, si no hubiera tocado la ternura de sus cantos y sus arpas y la seda de sus plumas, seguramente, mi mano, esta mano tendría la dureza de una piedra.
Ahora que no estoy contigo, que no estaré contigo nunca más, es bueno que te diga varias cosas: te engañé un montón de veces con algunos hombres mucho más jóvenes que tú porque sabía que eso era lo que más te dolía, y lo volvería a hacer créeme -te lo aseguro- que fue uno de los momentos más felices de mi vida. Cuando esos hombres me abrían la puerta, y me hacían pasar a la habitación y nos desvestíamos con impaciencia. Entonces me quitaba la camiseta negra, ¡aquélla, sí! y el sujetador. Algunos me decían: espera, déjate un instante las […]
Como en un bodegón flamenco, dispuestos sobre una mesa (una mesa imaginaria, que es y que no es: un plano de consistencia ): papas fermentadas por el calor, diminutos quelonios de color de ciénaga, el acre olor insituable del verano. Arriba: la viga inmóvil. El denso espacio vacante y su oro, su incandescencia, su silencio. Muertos locuaces congelados por el ardor, por la impaciencia que selló sus párpados como se sella una carta que nadie ha de recibir. Allí, en el cenador acristalado, con sus diez mil reflejos que son el éxtasis del sol, su despedida, su ausencia. Allí la […]
Ha llegado el tiempo de andar en poemas, alguien ha dado la señal de los últimos soles y las primeras lunas. Voy a caer sobre ti como una bendición tardía. Ya no soy yo el que va de tu mano, el que te lleva de ojos. Por eso digo que no me busques, ni siquiera en la tristeza, ya no estoy, y si me ves, si alguna vez me vieras, mira si estoy a la altura de mis hombros, o dentro de una canción ajena, pero mía. Porque lo que faltó decir ya nunca vas a escucharlo. Ya no aceptaré […]
Ese cuerpo labrado como plata, ese oro, esa túnica, esa piel, ese color que tiñe la escarlata corola del pistilo de un clavel; ese cielo de cárdenos espacios, esa carne que tiembla en el vaivén de las rodillas y de los topacios nos dicen que este cuadro es de Poussin. El resplandor del sol en los minutos del gris del agua sobre el gouache del gres, el césped de corales diminutos que puntean las puntas de sus pies; el placer de los vicios absolutos, el maquillado estambre, el cascabel de sus tacones, los ojos resolutos disueltos en vidrieras de bisel; […]