Tragué un rayo de mundo y la primera injuria brotó del borde de mis labios desde que salí del orificio para oler la luz hoy sale de mi boca una mosca y silba no soporto estos adornos cuando mis tobillos están aprisionados por grilletes y mis manos amarradas por el jade por el oro parezco el talismán de alguna loca
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12,749 poemasTan sencillo este amor, tan luminoso, y tú no aciertas nunca a saber de verdad lo que me pasa. Lo que me pasa, amor, es que te quiero, es que el aire se agrupa de corceles, golondrinas de mar, garzas azules. Lo que te ocurre, amor, es que eres tonto, que mi amor se ha quedado flotando entre los brezos y tú no aciertas nunca a saber de verdad lo que me pasa. Tú que lo sabes todo, que todo lo adivinas y comprendes, ¡Qué tonto eres, amor! ¡Qué tonto eres!
"En aquel día de luna azul de septiembre en silencio bajo un joven ciruelo estreché a mi pálido amor callado entre mis brazos como un…
¿Para qué contar las horas de la vida que se fue, de lo porvenir que ignoras? ¡Para qué contar las horas! ¡Para qué! ¿Cabe en la justa medida aquel instante de amor que perdura y no se olvida? ¿Cabe en la justa medida del dolor? ¿Vivimos del propio modo en las sombras del dormir y desligados de todo que soñando, único modo de vivir? Al que enfermo desespera, ¿qué importa el cierzo invernal o el soplo de la primavera, al que enfermo desespera de su mal? ¿Para qué contar las horas? No volverá lo que se fue, y lo que […]
Encadenado al cielo, en paz y orden, mutilado de todo lo imperfecto, en esta soledad desmemoriada -paisaje horizontal de arena o hielo- nada se mueve y ya nada se muere en la pureza estéril de mi cuerpo. Solo la ausencia. Sólo las ausencias. A la luz que me ofusca, en el silencio del aire ralo inmóvil que me envuelve en las nubes de roca de este cielo de piedra de mi mundo de granito, sólo una ausencia viuda de recuerdos. Pues quise ver la lumbre en las ciudades malditas. Quise verlas flor de fuego. Quise verlas el miércoles. Al frente […]
Ya el pobre corazón eligió su camino. Ya a los vientos no oscila, ya a las olas no cede, al azar no suspira, ni se entrega al Destino… Ahora sabe querer, y quiere lo que puede. Renunció al imposible y al sin querer divino.
A Jean Moreas El conde, orgullo y gloria, las damas galantea y a los nobles zahiere -madrigal y epigrama-, cuando un paje, de lejos y por señas, le llama. No lleva el paje escudo ni señorial librea. «Venid -le dice quedo-; seguidme… ¡a donde sea! Sólo deciros puedo que es hermosa la dama… Mas a oscuras el sitio está donde se os llama, y aún quiere que el camino desconocido os sea». Duda un momento el conde, y recela, no en vano, que siniestra emboscada aceche sus arrojos… Mas, aferrando al cinto los dorados puñales, al paje, que sonríe resuelto […]
Amanecí más triste que la tristeza con la vida pesándome en el pecho sin ganas de inventar esperanzas es que Dios me ha creído piñata a cada palazo le devuelvo un dulce que juego más cansado
Necesito entonces, adherirme a la tierra, prematuramente, descalza por el campo, sentándome en los troncos quebrados y caldos, ya casi horizontales al sitio de sembrarme. Me duele esa piel ruda, vegetal, mal herida, y deslizo despacio por ella hasta la hierba. Mojo mis pies calientes en el polvo cansado, inevitablemente, me espero y me reclamo. Desmenuzo los fríos terrones que me aguardan, los quiebro, los deshago con fuerza, con lujuria, tal vez, hasta con saña; seremos una misma sustancia, antes lo fuimos. Siento a veces que llego ya a ser la anticipada molécula, y el barro latido que respira, me […]
hasta que las puertas de tu ciudad fortificada con estatutos inviolables me acojan como habitante de la vida que en ti se desenvuelve igual que la lluvia de silencio sobre tu cabeza Gradualmente me impregnaré de ti hasta que sea humo en tu voz luz en tus ojos y haga sobre mis hombros tu futuro Cuando llegue el otoño te descubriré al rostro de los hombres para que en tus vasos alimenticios vengan a nutrirse de esperanza
Cómo has cambiado, pelona, cisco de carbonería. Te has vuelto una negra mona con tanta huachafería. Te cambiaste las chancletas por zapatos taco aguja, y tu cabeza de bruja la amarraste con peinetas. Por no engordar sigues dietas y estás flaca y hocicona. Imitando a tu patrona has aprendido a fumar. Hasta en el modo de andar cómo has cambiado, pelona. Usas reloj de pulsera y no sabes ver la hora. Cuando un negro te enamora le tiras con la cartera. ¡Qué…! ¿También usas polvera? permite que me sonría ¿Qué polvos se pone usía?: ¿ocre? ¿rosado? ¿rachel? o le pones […]
Murió de mal aroma. Rosa idéntica, exacta. Subsistió a su belleza, Sucumbió a su fragancia. No tuvo nombre: acaso la llamarían Rosaura, O Rosa-fina, o Rosa del amor, o Rosalba; o simplemente Rosa, como la nombra el agua. Más le hubiera valido ser siempreviva, Dalia, pensamiento con luna como un ramo de acacia. Pero ella será eterna: fue rosa; y eso basta; Dios la guarde en su reino a la diestra del alba.