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Viens-tu du ciel profond ou sors-tu de I´abime O beauté? Charles Baudelaire Hojas de parra recorren tu espalda. Descienden insinuantes tentadoras. Se detienen justo donde dos colinas alucinan embriagan. A distancia no se puede vencer tanta belleza.

Quedó Zagreb al otro lado del río. Se mueve el tren. Paisaje ante mis ojos pasa. Lo cercano rápidamente, lo distante apenas. San Juan, lo más distante. Sarajevo, doblemente extraña.

Para empezar tenés el corazón al centro, te has rizado la barba y usas ropa de un color chillante. Que en ese corazón enzarzado cabemos todos, dicen. Mis tías monjas llevan caritas tuyas en sus bolsas junto a los dulces y la imagen de tu mamá. Afortunadamente, digo, hemos podido reducirte para llevarte en el bolsillo, con toda comodidad. A mis cinco años me dijeron que eras una foto de Dios, razón por la que te incluyo en mi álbum.

Buscaba mi alma con afán tu alma, buscaba yo la virgen que mi frente tocaba con su labio dulcemente en el febril insomnio del amor. Buscaba la mujer pálida y bella que en sueño me visita desde niño, para partir con ella mi cariño, para partir con ella mi dolor. Como en la sacra soledad del templo sin ver a Dios se siente su presencia, yo presentí en el mundo tu existencia, y, como a Dios, sin verte, te adoré. Y demandando sin cesar al cielo la dulce compañera de mi suerte, muy lejos yo de ti, sin conocerte en […]

Anda sin rumbo y achicando llantos, tensando trapos con la mano herida, pues decidió marchar por espacios sombríos donde juegan los monstruos con las cartas marcadas. Se ha dejado arrastrar por las corrientes que socavan, silentes, el misterio. Mejor así. Sin duda, es conveniente y justo que a quien eligió el viaje se le convierta el suelo en continuo temblor, en fluyente camino, en tremante marea que, salobre y rizada, le recuerde que tiene vocación andariega entre hielos y espumas. Navega, pues, desde que la memoria repobló sus absortas galerías, ahítas de rencor, con los difuntos que, ambulantes, esquivan el […]

Cubre tu cuerpo, que está siempre desnudo, hasta ese último lucero ya sin nombre que desborda en un grito mudo el cielo. Duro manantial de llamas, estatua mineral y celeste, sobrehumana, muerta en la vida y en la muerte viva con su fisiología de ventana. Despertaré: volaré por los aires. Volaré por los aires si me olvida esa voz alta que me sueña vida. Nada sino tu voz y mi ceniza. Tu dulce amarga voz y mis velas sin rumbo. Hueso del fruto de la luz, tu cuerpo. Nada sino silencio y cielo. Florece tu cuerpo, y yo me muero. […]

¡Qué tristeza este pasar el caudal de cada día (¡vueltas arriba y abajo!), por el puente de la noche (¡vueltas abajo y arriba!), al otro sol! ¡Quién supiera dejar el manto, contento, en las manos del pasado; no mirar más lo que fue; entrar de frente y gustoso, todo desnudo, en la libre alegría del presente!

En cada esquina esperaré la casualidad de verte entre la gente y extenderé la urgida mano para mendigarte centavos de tu recuerdo o lo que alcance la generosidad de tu memoria…

"Dios hizo el agua El Diablo la echó en el vino Dios hizo la ventana abierta para el hombre interior El Diablo la puerta cerrada…

Buey que vi en mi niñez echando vaho un día bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, en la hacienda fecunda, plena de la armonía del trópico; paloma de los bosques sonoros del viento, de las hachas, de pájaros y toros salvajes, yo os saludo, pues sois la vida mía. Pesado buey, tú evocas la dulce madrugada que llamaba a la ordeña de la vaca lechera, cuando era mi existencia toda blanca y rosada, y tú, paloma arrulladora y montañera, significas en mi primavera pasada todo lo que hay en la divina Primavera.