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"Va sobre espuma alzada, casi en vuelo, sin rozar el navío ni la roca y la distancia abierta la provoca un doloroso afán de agua…

A una sola línea del sueño, del color que es su vida. El mundo de mis manos se vuelve sutil en su cuello. Luego, se pierde el mundo. Esto ya es el gozo, la media luna, el canto de primavera. De sus axi- las veo emerger la estación, el verano. Adormecida en el alba entre dos rayos.

De vez en cuando hay que hacer una pausa contemplarse a sí mismo sin la fruición cotidiana examinar el pasado rubro por rubro etapa por etapa baldosa por baldosa y no llorarse las mentiras sino cantarse las verdades.

Yo panamericanicé con un vago temor y con muy poca fe Rubén Dario Epístola a la Señora de Lugones El canto errante, 1907. En la laguna de nuestra memoria aparece el cuello interrogante de tu cisne. Y henos aquí, sin saber responder, jugando cada cual a ser un patito feo que chapotea en el barro americano y salpica uno por uno a los vecinos. Perdona, abuelo Rubén, si no hicimos lo que pudimos: aquí y ahora ser poeta es como haber nacido canoso o lisiado y nuestra poesía es apenas un rubor a solas, algo así como lanzar brochazos en […]

Bailo con mi hija en brazos. Comencé para calmarla. Hace rato que duerme cesó la música y yo sigo bailando. He improvisado una danza algo salvaje: vueltas a derecha e izquierda ritmadas por golpes de talón y gritos sofocados. Se ha hecho de noche. La cuna quedó atrás el cuarto quedó atrás la casa quedó atrás. Avanzo mientras bailo por una tierra de incendios y humaredas. Bordeo los cráteres busco aberturas en las alambradas evito los cadáveres Las trincheras me obligan a dar largos rodeos. Bailo y avanzo giro, vigilo y giro. Afortunadamente mi hija sigue durmiendo.

El carro del Señor, arrebatado de noche, en tempestad que ruge y crece, los cielos de los cielos estremece, entre los torbellinos y el nublado. De súbito, el relámpago inflamado rompe la oscuridad y resplandece; y bañado de luces aparece sobre los montes el volcán nevado. Arde el bosque, de viva llama herido; y semeja de fuego la corriente del río, por los campos extendido. Al terrible fragor del rayo ardiente, lanza del pecho triste y abatido, clamor de angustia la aterrada gente.

Allá en mis años Poesía usaba por cifra una equis, y su conciencia se llamaba quince. ¿Qué van a hacer las rosas sin quien les fije el límite exacto de la rosa? ¿Qué van a hacer los pájaros (hasta los de cuenta) sin quien les mida el número exacto de su trino? Ahora pájaros y rosas tendrán que pensar por sí mismos y la vida será muchísimo más sin sentido. Como la esclava que perdió a su dueño (y tú eras su amo y él tu esclavo), así irás Poesía por las calles de México.