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En la sombra de mi espejo se oyen palabras lejanas que suelo acallar ellas se retiran avergonzadas y corren es entonces que me arrepiento y las persigo pero nunca les doy alcance y no me queda más que el uso del silencio como medio de expresión que entonces guarda para sí una explosión de palabras ininteligibles.

"Aromada de amor, dulce y discreta, escondida en la hierba y vergonzosa, nace al sol de febrero que la esposa, semioculta al abrigo de una…

Vireno, aquel mi manso regalado del collarejo azul; aquel hermoso que con balido ronco y amoroso llevaba por los montes mi ganado; aquel del vellocino ensortijado, de alegres ojos y mirar gracioso, por quien yo de ninguno fui envidioso, siendo de mil pastores envidiado; aquel me hurtaron ya, Vireno hermano; ya retoza otro dueño y le provoca; toda la noche vela y duerme el día. Ya come blanca sal en otra mano; ya come ajena mano con la boca de cuya lengua se abrasó la mía.

Yo la sostuve mordaz en la palma de la mano esta isla en peso sin los colgajos relumbrantes de sus nimbos ni el dulzor nocturno del alelí o de la verbena. Me instalé como huésped en el bagazo apagado de sus grietas y me burlé del mito de su alegría y su inocencia. Me arrastró el manglar tupido de los pantanos hasta el cepo amoratado del alacrán. Yo no quería me consumiera la metáfora encrispada de su fuego pero me devoraba aquella tierra húmeda que iba desmoronándose a mis pies y hasta el aire se iba descomponiendo en el cerco […]

Te vi en el vórtice del remolino de luz, ceñido en torno a tus caderas, la túnica arrancada por el viento, sobre fondo de estrellas, rebaños de centauros chapoteando en juego en la ribera. Protegías los senos descubiertos con ambas manos, y la cabellera larga, sedosa, flotaba al aire suelta. Qué contraste de labios y mirada, sedientos y sensuales, con la entera actitud de tu cuerpo, de virgen indefensa. Te vi como surgiendo de las olas, aunque los pies se anclaban en la tierra, y desaté el deseo en mis entrañas, y le envié a enroscarse entre tus piernas, sin […]

Nada tengo que borrar ni palabras ni huellas ni recuerdos. No tengo que negar las escondidas entregas que grabaron nombres en mi cuerpo. (Espejismos frágiles donde refugié angustias, no tengo que borrarlos) Clara y fresca presencia del amor que busqué afanosa fue limpio tránsito, y, como la primera vez, al encontrarte, nítida broté: agua de manantial jamás tocada.

Si yo fuera hombre, se codearían riendo, al verme como un viejo alce doblada la frente por el peso y la ramazón de la cornamenta que -aunque invisible- todos miran, puesta por ti, en mi cabeza. Pero, como soy mujer, precisamente, la misma ven y loan unánimes, en admirativo coro, como diadema esplendorosa o aureola de santa. Virtud suprema, pues, que lleva al cielo a la mujer, aquello mismo que, al hombre, sume en infiernos de burlas y vergüenzas.

La radiografía acusa animal rítmico, longevo irremediable. Adiós fanfarria y no es que estemos a salvo pasado el peligro del dos mil: el argumento de las células es otro, el espejo es el mismo pero vamos a ver la cara, la nariz, la perversión de la cara, los ojos encaramados ahí. Ni el Borges con todo lo loco.

I Tú fuiste el que encontraba a Dios en los aromas (pero no al diablo en los hedores), hasta el día en que un dios descendió con su divina coima a la Sé de Viseu, al sol del claustro y a los olfatos de humildes oledores que andaban por allí a lo que cayese, o pedían a las bóvedas maná que contemplar, o zurcían exasperados la tarde o fregaban sus suelos cada hora: a todos vino a visitar la celestial pareja y para todos tuvo palabras de consuelo en forma olfativa. Honraron los cuadros de santos con su sacra atención, […]