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Yo te sentí, paloma, en las mejillas recién salidas del manzano alerta. Tu cauto pico me encontró despierta deletreando arenales y gramillas. Jugaba un aire enano en mis rodillas cuando tu anunciación pasó mi puerta. Liviano amanecer, mi frente abierta sufrió la voluntad de las semillas. Turbada transparencia me dejaste. Porque tu blanca miel labró mis huesos y en limo y hojarasca me encerraste. Vuélveme por los cármenes ilesos a la escasez de lengua en que me hallaste, en un grano de azahar los labios presos.

En los cuatro costados sacrificio y en la niñez una muñeca herida. Me empujaron los sueños en Septiembre y de golpe, con urgencia, conocí al hombre. Quise salvar el canto tímidamente y en la presencia del otoño levanté mi casa con dos ventanas de tronco y rocío.

Yo tengo para ti mi buen amigo un corazón de mango del Sinú oloroso genuino amable y tierno (Mi resto es una llaga una tierra de nadie una pedrada un abrir y cerrar de ojos en noche ajena unas manos que asesinan fantasmas) Y un consejo no te encuentres conmigo

con dulce flecha un corazón cuitado, y que para encender nuevo cuidado su fuerza toda contra mí pusieron. Yo vi que muchas veces prometieron remedio al mal, que sufro no cansado, y que cuando esperé vello acabado, poco mis esperanzas me valieron. Yo veo que se asconden ya mis ojos y crece mi dolor y llevo ausente en el rendido pecho el golpe fiero. Yo veo ya perderse los despojos y la membrana de mi bien presente y en ciego engaño de esperanza muero.

Señorita: Yo viví en un país que cantaba. Cantaba con los fuertes brazos y los desnudos pies de sus indígenas. Con el sudor de los obreros y con las manos de las madres que veían en cada hijo -floridas de caricias- una espiga creciendo de la tierra a las estrellas. Yo viví en un país que amanecía en los labios de todas las muchachas. Un país que levantaba su pequeña estatura contra el llanto. En cada arado había, progresando, un plano de cosechas futuristas y en cada surco un deseo vegetal tomando forma Yo viví en un país que despertaba […]

de antiguos pensamientos molestado, huyendo el resplandor del sol dorado, que de sus puros rayos me destierra. El paso a la esperanza se me cierra, de una ardua cumbre a un cerro vo enriscado, con los ojos volviendo al apartado lugar, sólo principio de mi guerra. Tanto bien representa la memoria y tanto mal encuentra la presencia, que me desmaya el corazón vencido. ¡Oh crueles despojos de mi gloria! desconfïanza, olvido, celo, ausencia, ¿por qué cansáis a un mísero rendido?