Tímidamente pregunto por mi carne de nardo a los hondos espejos de la noche, en la soledad de las alcobas. Como ríos inmóviles, naciendo de improviso, la imagen desolada me devuelven, en un oscuro grito sumergido: (Mi quebrada cintura, el amplio abrazo, que sostienen mis hombros; mis duros besos, la mirada de doliente tigresa y este mi vientre estéril que soporta su brío de mar encadenado.) Los encajes marchitan sus frescas azucenas entre olor de manzanas; y los oscuros cuencos que contendrán mis senos se esparcen como rosas quemadas en la espera. ¿Qué tonos violentos, qué descrinados potros romperán con […]
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12,749 poemasPor esta paz, esposa, que te ofrezco, ya madura en la sangre, hecha corteza, qué paciente tributo de tristeza pagué día por día. ¡No merezco tanto dolor! (El hombre, entre las manos a veces tiene un corazón y quiere morir con él intacto. Pero muere lleno de soledad). Ecos lejanos traen mi voz antigua de metales; mi fría voz de hielos transparentes. ¡Que hasta tu nombre, esposa, fue en mis dientes tallo de amargas hieles minerales…! Pero todo es ya campo sin orillas, lleno de paz. El sol se transfigura en la ceniza gris de esta clausura, y abandona sus […]
Huele a soledad el campo tan breve, tan sin sentido, bajo un firmamento abierto de par en par. ¡Apetito de tierra sola, de tierra desterrada, de caminos que nunca llegan a Roma! La carretera es un río enjuto que no se acaba y que no tiene principio. Pero la esperanza enseña a creer lo que no vimos; el aire, la luz, la música, la palabra… Desistimos de andar mirando las cosas, descubriendo los registros concretos. El alto cielo nos orienta con sus guiños fulgurantes. Levantamos la mirada y transcribimos su fausta telegrafía: «¡Para el amor no hay caminos!
Borradle. Labraremos la paz, la paz, la paz, a fuerza de caricias, a puñetazos puros…» Blas de Otero El amor sube por la sangre. Quema la ortiga del recuerdo y reconquista el ancho campo abierto, la ceniza fundadora, que la brasa sostiene. El amor es herencia de la sangre, como el odio, su amante, y se mantienen íntimos, besándose, nutriéndose de sus dobles sustancias transmitidas. Nada podrá arrancarles de su abrazo: La espada, el hielo, el tiempo, con sus filos mezclarán sangres, que, lluviosamente, germinarán odios, amor o nuevas sangres. ¿Cómo decir: -«Aquéllos, que nunca conocieron la sangre derramada, que […]
¿Cómo no amar la rosa? Pero falta descubrirla entre tanta incertidumbre, entre tanta apariencia. ¿Quién no ama la música si acierta a despojarse del grito, rebotado por la sangre…? Conozco su existencia, la sostengo inevitablemente, como el peso tranquilo de la luz, belleza ausente pero cierta, que al hombre corresponde si busca su caricia en la esperanza. Esperamos, con hierros, más feroces que los hambrientos tigres, y tan densos como dormidas aguas de pantano. Esperamos: vivimos esperando el reino de la tierra libertada. De la tierra evidente, sudorosa en su preñez de muertos y metales; fecunda y triste tierra inacabable, […]
Más que verte, sentirte en las entrañas y asistir al galope de tu voz en mis venas, y rehogar el alma en tu aceite y tu lumbre mientras los dientes mascan tu resollar de tierra. Pero no basta tu nombre, aunque me azote como un bosque de espadas violentas; ni tu aliento abrasado, aunque derrumbe mis tristes huesos de arena. Que tu nombre, o tu aliento, o tu mirada caminos son que al corazón te llegan; partes crujientes de tu ser más hondo, sosegados perfiles que te muestran. (Así el redondo son, lejano y tímido, no es la campana misma, […]
Un día puro, alegre, libre quiero. Fray Luis de León No me dejéis así: Sorbido por la tierra hondísima y vibrante como el clamor penúltimo; con este olor maduro de soles y horizontes abriéndome en el pecho un surco luminoso. No es que el cuerpo me suene a cristal derramado ni que diez corazones me alanceen las yemas, ni que cielos redondos agolpen sus rebaños a mis ojos mastines, ladradores de cimas. Es que un mar fugitivo rinde velas y senos y pétalos y espumas en la gozosa playa donde el rumor se atreve a mancillar la sombra. ¡Y se […]
Ángeles con espadas custodian el aire. Un toro de sombra mugiendo en los árboles. -Madre, tengo miedo del aire. Mira las estrellas. Aún no son de nadie; ni son del Obispo ni son del Alcalde. -Madre, quiero una que hable. Patitas de cabra siguen vacilantes al osito blanco de la luna errante. -Madre, quiero un oso que baile. Pandero de harina: luna en el estanque. Las cinco cabrillas sin cesar, tocándole. -Madre, se me hielan las carnes. Floridas de escarcha ya son como panes. La aurora las dora y acorteza el aire. -Madre, no te oigo. ¡Tengo hambre! ¡Uuuuuuuh…! Duerme, […]
Vendrá su telaraña de palabras a ensombrecer el pensamiento, el lúdico festín de la memoria. Vendrá entre lejanías que agrietan las paredes. Vendrá, zorra lunática, pasajera de troncos carcomidos, espesura de ciénegas. Sucederán entonces largas vigilias y entrecortado sueño. -La pesadilla que me conduce al sacrificio, la mano que te auxilia y se diluye en ráfagas-. Vendrá de viento bajo y de arrastradas hojas; sucederán entonces la mordaza, los baños de agua fría, la casa de salud, una celeste cáscara de olvido, patio de piracantos y bardas erizadas, Cárpatos de vidrio, bugambilias blindadas entre cuerdas voltaicas, un manto azul trepando […]
Montes de orégano en la noche crecen y se diluyen en la madrugada. Un árbol es la torre de la iglesia. Voltear la carga y aromar el aire. En silencio los pájaros escuchan. Andar como sonámbulos entre cerros; despuntar de mañana: Es la estrella en el polvo erizada de espinas. Es la flor y es el canto que amanecen. A ratos entre escombros y zozobras, dormita el fugitivo de sí mismo.
Vamos a trabajar el pan de este poema. Hay que traer un poco de alegría; que cada quien tome su cesta. La noche gira sobre la esperanza y desgasta sus párpados la estrella. Surgen las graves letanías del trigo por los labios abiertos de la tierra. La espiga se desnuda sobre el aire y el agua suelta sus cadenas. Con un poco de esfuerzo y de ternura vamos a trabajar el pan de este poema.
Nadie ha tirado estas hojas, las trae un viento maduro y macizo de fustas y golpes categóricos. Las hojas contradicen a la estación y al día. Si abro la mano duerme en el fondo una moneda. Los hombres, de corazón bicorne y suspirante, son dueños de las contradicciones, de las hojas y las últimas monedas.