Muérdagos furiosos retintaron los árboles. Hubo una llamarada en cada objeto. La misma inquieta llama compartida por los amantes frente a sí ante la suave y lenta tela que desciende hasta que al fin, noche de luna, desnuda como un dedo ensortijado, renaces desde siempre: En tiestos líquidos derramas tu paso de turquesa por galerías de malva. ¡Oh, noche! cómo vienes, cómo llegas… Enhebrados los párpados al frío, acariciando espaldas, brazos, cuerpos, posiciones de amor, todo el amor, bajo un lejano jacintal de estrellas.
Todos los poemas
Explora, filtra y descubre poemas por emoción, tema, longitud o movimiento.
12,749 poemasMírame, por dios, desde lo oscuro; ahonde cada sombra de estos árboles tu recuerdo. La luna, las baldosas, los arcos de cantera; esta misma baldosa, esta cantera, esta lápida inmensa que te preserva de los vientos. Abajo la podre te acribilla. Pero ahora, mírame, por Dios, desde lo oscuro a donde han confinado tu cuerpo hecho de códigos dolientes, curvaturas de esquinas, periferias, porosidades abiertas a mi lengua; mi lengua que no pierde el sabor de tu vientre y tus axilas. Pero ahora, mírame, desde el obsceno espacio en que reposas. Sólo por un instante, mírame, semillero de larvas, gusanera […]
Mi tiempo, padre: Himnos de guerra y tableteo de metralletas. Lo estoy viviendo apenas pero lo estoy viviendo. Soy el aire del arquero y su brazo. Te veo escribiendo tus poemas, como éste, padre, como éste. ¿Para qué, para quiénes? ¿Para quiénes abres tu cartapacio, tu horrenda máquina de escribir como dentadura postiza? A veces te leo en los periódicos llenos de mosquitos proditorios. Hace cincuenta largos años que estás sobre la tierra. Yo, padre, soy yo-padre desde que tú naciste. El beso que pongo en tu mejilla es el bien común, el orden que rodea nuestra cisterna. Por este […]
Me duele el siglo recién muerto, con sus ojos nostálgicos y su mirada letal de adormidera, la semilla en el viento, sus restos de holanda envilecida. Esta flor que no cabe en su inocencia, la morbidez que a tantos obsesiona. Solo levedad de horas y delirio en contumancia, de la sangre narcótica entre sueños. Los campos rasurados y esta flor y estas hojas que empiezan a despertar entre tinieblas cuando toda la luz de lejos viene. Esta flor y estas hojas expulsadas del reino de las flores y la mirada que no cesa entre amaneceres de ceniza.
Sólo y distante de las ínsulas, bajo este sol que el mediodía calcina y los demonios de la luz deslumbran. Yo he visto renacer ramas y flores en huertos que después fueron dormidos. Si vuelvo a los inicios ¿quién escuchará mis pasos en las piedras? Aquí se acerca a quien espero. Están derribando una casa. Sus contrafuertes caerán y su lugar será un baldío entre otros que forman llagas y pululan la ciudad. No podemos vivir sin el recuerdo, la memoria guarda nuestros sueños. De entre todas las ínsulas que se quedaron lejos, de esas tierras de horizontes dorados, la […]
Soledad de Abajo y la brumosa mesa del café. Puerto de la Concepción y el viaje que no has de realizar. Viudas de Oriente y la pasión nostálgica. Viudas de Poniente te desnudo y me desnudas en sábanas de bramante. Ojo de Agua de Crucitas desde lejos viene la tarde. Santa Rosalía del Polvo un candor de piedra en la mirada. Rancho de Pulgas Pandas el purificador de almas tragando lumbre. Pila de los Perros el fontanero abriendo las fuentes de la plaza. Amapolas del Río una flauta enamorada. Soledad de Arriba Don Juan el empalado bajo un claror de […]
Hay usura y amor en la olla podrida de mis huesos. Viene una canción que a todos nos concierne. Lóbrega alegría de la promiscuidad; el sueño en los párpados, la flor de plástico en el pelo, el brillo del collar que corta la garganta; la nube y su cabeza turbia; por la atarjea del patio también el agua desollada de la menstruación. En la azotea el áspero febrero exasperado gravita como un halcón furioso.
En los claustros, al norte de Manhattan, existe un unicornio en cautiverio. Preso en los tapices franceses del siglo XVI, alanceado, mordido por los perros, golpeado por los amos de los perros, galopa entre los muros y se duerme de pie. Suena el cuerno de caza de Manhattan, el subway cuarteado de grafitos. Las flores del patio de Los Claustros tendrán este verano su áspera reunión de adormideras y colores. Arriba del ombligo de Manhattan, cerca de las cuatro de la tarde, el unicornio luce ya libre del acoso, radiante y feliz sobre las sedas. Una doncella le acaricia el […]
En las tardes, cuando los hombres besan a sus mujeres por las calles y se hacen el amor como jóvenes bestias. Cuando los que practican este duro oficio de inconformes convierten los cafés en las repúblicas del ocio y la utopía. Cuando se enciende en las ventanas el relámpago gris de la televisión y en las casas antiguas se advierte una nostalgia de pianos en desuso. Entonces la ciudad lleva en su pulso un río de mariposas y el solitario de las plazas y las calles ve su juventud nunca gozada pasar en otros cuerpos ágiles y fuertes. La guerra […]
La madrugada en que los gallos se volvieron locos y la Torre de Pisa fue mutilada por cantar cantares de Ezra Pound. La noche en que los gatos desollados vivos por el celo arañaban el aire del tejado y el amante de la adúltera abandonaba el lecho tibio para que el engañado descansara la fatiga y el asma de la fábrica. El día en que la tierra envejeció mil años, cuando Hiroshima se quemó de pronto y los dorados delfines del dólar se orinaron de gusto. La hora en que el amor no pudo continuar su acompasado navegar, su eterno […]
El hombre que despierta y ve su imagen reflejada en el fondo del espejo, retorna de otro mundo; es un resucitado entre los muertos. Resurge de la cama destruyendo los montes de las sábanas; el sueño se desploma de un último aletazo, los elásticos muslos generan nuevamente antiguos ademanes. Los párpados hinchados, oceánicos, dolidos por monzones de pájaros sin rumbo. Oye voces domésticas, ruidos difusos, andamiajes de música y palabras. Afuera el día, semejante a una araña de luz y de sonido, recomienza a trepar entre las casas.
Duerma la virgen su pasión secreta. Sueñe con su preñez la joven desposada. Tal para cual, en el espejo, el cornudo se adorne de laureles. Tres veces ha cantado el gallo para el amigo tránsfuga. Dueños de la verdad, los conjurados repinten en las bardas su anatema. Oiga pasos de amor sobre el tejado la viuda insatisfecha que se extingue en su propia calentura, en su veneno arácnido y nostálgico. El agua se edifica, se eleva del aljibe y desciende doméstica. Ya encuentran acomodo los antiguos dolores, se clavan, se difunden, aletean en la jaula de huesos. Para los desterrados […]