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Donde hoy una ventana, hubo ayer una puerta de par en par abierta al sol de la mañana. Donde hubo una campana tocando a vida cierta, hoy sólo se despierta mi pena y se desgrana. Ansiar tanto el encuentro. Correr sin que se acabe. Llegar bajo la luna. Y está mi infancia dentro. Y he perdido la llave. Y no hay puerta ninguna.

Como raudas torcaces invisibles uniendo con sus alas lejanías, sobre la mar brumosa del olvido mis pensamientos cada noche cruzan el tiempo que separa, para siempre, nuestras islas hundiéndose en las olas. En sus anillas llevan temblorosos mensajes que son brasas, que son labios, que son besos soñados hondamente. Si alguna vez, ilesa, una paloma alcanza las arenas de tu pecho, por los veneros de mis venas suben pleamares de incendios y de soles. Otras veces, perdidas, su destino no es otro que las garras del azor de la desesperanza y la tristeza. Mas qué importa morir en la penumbra […]

Del alba a la agonía la vida es duda. ¿Acaso pena? No viene al caso hablar de la alegría. Solo o en compañía lo mismo, paso a paso: mañana, tarde, ocaso y nada cualquier día. Del alba a la amargura hay tal vez lo que dura sólo la primavera. Después la vida pasa de todo. Y no se casa con nadie aunque la quiera.

Mana recuerdos tibios la tarde de noviembre mientras sobre la cama me acostumbro a la muerte. Acodado y absorto, un niño, desde el puente, contempla, al sol, las barcas. Con ojos transparentes el niño mira, y tiembla el agua en las paredes. Con las aguas del río, del mar y de la fuente, con las aguas del cielo lo que se fue nos vuelve. Sigue lloviendo y sigo haciéndome a la muerte. Con la lluvia verdean los recuerdos de siempre. Humeante y veloz pasa un tren bajo el puente y en su estela de humo a lo lejos se pierde […]

Si siempre ha sido flor de un día la esperanza y hasta la piel que tocas mañana será nada; si todos somos nadie y nadie supo nunca que fuera más que sombra, que fuera más que duda; si ni siquiera sé si aún nos queda tiempo, ¿qué me quieres pedir? Para darte, ¿qué tengo? Por no decirte amor, dolor, ¿te digo olvido? Por no decirte vida, herida, ¿qué te digo?

(Gaspar Melchor de Jovellanos, por Francisco de Goya) Como un lento, oscuro, inmenso mar que anega el corazón, crece mi desolación hoy, más cuanto más lo pienso. Tan débil, tan indefenso me hallo ante la soledad, la responsabilidad, los ataques, las intrigas… Y carcomidas mis vigas por la pobreza y la edad. Y la sombra me aniquila. No me queda ni la lumbre del amor ni mi costumbre de vida dulce y tranquila. Sólo la luna vigila el enjambre de mis sienes. ¿Y me dices tú que vienes a pintarme? Goya, amigo, si aún te vale este mendigo de la […]

He puesto cuanto tengo a plazo fijo, y renovable por el tiempo que Dios quiera, en la nueva sucursal bancaria de mi calle; que, tal y como están las cosas hoy, es mucho desaliento para llevarlo encima y demasiada sombra para tenerla en casa. Así que, cada dos o tres melancolías, me paso por el banco donde una hermosa muchacha atiende en ventanilla e ingreso mi salario de rutina, reviso el saldo de mi historia y retiro una pequeña suma de ilusiones. Para cubrir mis sueños semanales me basta con mirar el color del dinero de sus ojos.

No es que yo viva para la añoranza ni que, a menudo, ande cabizbajo pero, si alguna vez se viene abajo mi corazón y pierdo la esperanza, si retrocede la ilusión y avanza sombrío el desaliento, no hay atajo mejor, para ponerme a salvo bajo el cielo, que volver a la bonanza de aquella luz, de aquella primavera, de aquel tiempo de sueños sin frontera cuando nada se sabe de la muerte. No es que yo viva para la memoria, pero el agua de ayer me sabe a gloria cuando mi corazón no está de suerte.

Con la luna has llegado hasta el umbral sin que a tu voz ladraran mis mastines. Segura y fácilmente has abierto la puerta de mis ojos, como si siempre hubieran sido tuyos. Luego, en silencio -mientras iban cayendo una a una todas tus prendas en el suelo- el lóbrego pasillo que sube al corazón. Y, por fin, has entrado desnuda, como lumbre. Con las manos abiertas yo te esperaba en sombra, solo en la soledad de mi vigilia. Y encendiste la luz con sólo un beso.

Canto azuceno o anémona del frío, el curso procuroso y procuroso de la voz lidiada hace cima y cerco de su cisma, ya castillo que se pone asedio a sí mismo. ¡Gran cosa tuviera que ser el poema para fundar tal enclave torreado y arcifinio donde la guerra sin paz no gana! Y el hombre de verso y versa cruza palabrabundo esa tierra de nadie nunca nada donde anida la voz su litigio, con la peleazón de los idiomatios (sílaba sin labio, boca al venablo) y con la tregua del polvo de lo que no cesa. En tándem y hacia […]

Para Octavio Paz I Lo que la sílaba soba y desova es el pulso larvoso de la nada, la Vesta que deflagra su melisma, su llama que te abro aquella boca que calla en la boca y que saliva en ábaco su sílaba y el abáculo aboca de su sino, vocal que vidria un agua. Transido estanque que la voz represa y -os, ble, du, fí, trans (úvula que ovula) – dcsgrana como pujos coloidales del labio de su gana. II Del venablo a la boca hay un vocablo, astil buido de alcanzar alcance, de ir y llegar para asparse […]

Para Laura Orozco y Fernando Solana Todo. Te empujo el palabrerío que me hace el cuerpo, te soplo la lengua que te gritas. Hela ahí habla verrionda de boca en boca. Él la habla, hablija de ella deshablada en la quemadura queda del aire, su duna adelia su puente adunco, nabla de su rijo que cantarilea las gémulas de su ardida. Él la habla, él habla ella como palabra de carne -soy yo ¿te oyes?-. Corres por la voz que te corre, trasgueas a vueltas de tactos. ¡Ah traviesuca, te atravieso de verba! Te palabro pues locuela, locuela en que […]