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Primavera es un aire que serena, y una sombra que asombra y sosiega. Primavera es una luz que no ciega y un timbre de tonos que se ordena. En primavera la pena no es pena, porque brota el amor y la entrega. Rosa entre las rosas, nadie la niega, todos quieren sus labios por condena. Llena de alma y de suavidades viva. Llena de Dios y de amor profundo. Llena de luna, su faz me cautiva. En su cristalina mirada me hundo, y que el poeta lo escriba y reviva, que primavera ha llegado al mundo.

Nívea de fragancias y esperanza nos despierta las ganas de vivir, nos renace el amor y su latir de versos, nos dona etérea danza. Un dulce albor de vida se nos lanza en primavera, sólo hay que sentir la voz del Creador, y el alma abrir a la estela de luz, que nos alcanza. Nos retoña el amor entre las flores, y las flores nos donan la alegría, el gozo de los altos miradores. Horizonte que nos renueva el día, ante el animoso viento de amores, que nos resucita en la poesía.

I Ante tanta crisis de autenticidad, registremos la poesía como signo de identidad y señal de amor. II La educación hace al hombre. Le ayuda a hacerse a la vida. Y a vivir más humanamente. Y a penetrar en el corazón. Y a ser más de la poesía que del poder. Como ésto no es así, propongo rehacer la reeducación. III Lo educativo como creación. La creación como arte. El arte como vida. La vida como belleza. La belleza como rasgo de la poesía. La poesía como estela de luz. La luz como luz para caminar. IV La más nívea […]

Descompensadas pasiones se apoderan del mundo; deseos de poder y podar, de dominar y domar, de someter y arremeter. Adormecida la humanidad, nada es lo mismo, ni el amor sabe a rosa, ni la rosa a poesía, ni la poesía a vida, ni la vida a manantial de luz. Hacen falta corazones abiertos al amor de los amores, al amor de Dios, en un tierra que entierra la sonrisa de los niños y se ciega a dar palos a los sordos. Se precisan labradores que cultiven labios de alma, para que sus besos cautiven el orbe y el urbe, el […]

Las manos de la diosa no prodigan calor. Vale mil veces más la humilde ternura de esas otras, comunes y encontradas en la noche del puerto, que toda la destreza de Praxíteles.

a Paulina Un castillo de naipes que se vino abajo, para siempre; tu pasado: horas que fueron tristes; el transcurso de un ebrio atardecer; días fugaces como guirnaldas súbitas, honrando las sienes de tus hijas. Qué de errores al cabo de los años. Qué de errores. (Pero ella está contigo, con su raro ademán que tú amaste para siempre, desde la vez primera.) Hay tantas cosas que quieres olvidar. Puedes, no obstante, decir que tú también fuiste dichoso, pese a todo y a todos, en alguna ocasión. (Recuerda aquellos íntimos regalos de la noche, en la cercana prolijidad del mar: […]

Tienes ojos extraños. Palpitantes caderas con inquietud de río. Lentas ondas oscuras que tiemblan en tu frente como algas mecidas por las olas. Tus manos bien podrían alzar en vilo el mundo, frío cáliz de espanto ofrendado a los dioses. Suspiras y es mi pecho quien absorto suspira. Te mueves y soy yo quien se agita y disloca. Sonríes y provocas la muerte en quien te mira; una muerte instantánea: la muerte de los héroes. Eres, pues, peligrosa, como un tigre en la jungla bajo la luna pálida. Eres más: eres todo, todo un peligro público. Y lo sabes, bandida. […]

Ciertos andares levemente hombrunos; un diente que ahí está descolocado; la nariz regordeta, o bien, alzado su arco un poco más de lo que algunos puristas (pienso en Fidias) aconsejan. Aquella piel tan pálida que muertos ya sus pies te parecen; los inciertos pasos adolescentes que se alejan (¡y, oh Dios, con qué torpeza!) de ti; esa diabólica sonrisa Cuántos años y no entender aún de qué extraños ardides usa el Ciego con su presa. ¿Tras qué desastre, pues, tras qué impostura te esperará la fiera, insomne, dura?

Roma

Victor Botas · 2025

¿Recuerdas una tarde en que te puse flores granates en el pelo, allá en el Aventino? Parecías talmente una diosa pagana. O mejor, una ninfa: la Dafne legendaria que jamás tuvo Apolo, por obra de los dioses. Esa tarde aún espera su momento preciso, temblando en cierta página de un libro ¿Y aquella noche antigua, su tibieza de estío, rodeados de faunos y bacantes, de amorcillos inquietos, en un café de Vía Veneto? ¿La recuerdas? Reías, reíamos los dos, reíamos como antes no habíamos reído en nuestras vidas. -¡Oh Dios, qué sensación maldita de vivir, insoportable, extraña, de la que […]

Esta noche, Francesca, tus ojos son dos pájaros y van en vuelo delicado hacia un silencio verde de hondas ramas sin nadie. Vuelo quieto del ibis impasible, del ibis mayestático sobre un Nilo ya apócrifo. Ojos en los que siempre siempre está soñando cosas raras una esmeralda líquida en peligro. Esta noche, Francesca, nuestra noche última (fiel veneno en el tímpano joven de un príncipe durmiente) se derrama despacio, gota a gota, en tus manos desnudas. Manos que entre las mías eran (son) dos palomas torcaces en su nido. Nido de piedra verde y crepúsculos rojos como espadas después de […]

El ciego Amor se me posó en los ojos y te vi como sólo puede él ver a sus hijos: coronada en la noche de fragantes guirnaldas y danzando en silencio a la luz de la luna, en un temblor de sistros que agitaban tus manos. Tú misma te encargaste de romper el hechizo; tú misma, tú, esa magia, ese encanto, los dones que el azar impasible así nos ofrecía, como quien te regala sin motivo una rosa. Y el dios loco escapó: huyó espantado y solo, hacia alguna otra parte, los párpados sellados. He aquí tu grandeza, tu miseria, […]

Tu carne tan desnuda quieta en la oscuridad Tus pechos dos temblores dos lunas en medio de la noche Mis brazos te rodean violento cuerpo a cuerpo lucha que sólo acabará conmigo sobre ti conmigo que me voy enredando en esas algas firmes húmedas suaves como tentáculos Hasta que allá en la calle se acerque el alba de puntillas sorbo una a una tus lágrimas gozosas mansamente te lamo chupo igual que chuparía un niño un caramelo de frambuesa Tu boca ahora me sabe a almíbar ahora a cortezas amargas de naranja Veo a Dios justo en ese momento en […]