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La espuma y altas proas en la espuma de las playas de Italia y de Virgilio. Ese Eça de Queiroz -tan estirado, y toda la ironía que se trae en sus páginas. París, que se resume en las mañanas grises de Simenon. My rose, my rose, tenue final de un soneto de Shakespeare que hoy quisiera olvidar. Ah, mis amigos, mis jóvenes amigos, tan cachondos. Mis amigos más fieles, los que nunca nunca, ni a bien ni a mal, me dejan solo. Nulos, anonadados, perfiles ya en brazos de la muerte y sin embargo aún conversan conmigo tan pimpantes. (Pero […]

Dos miradas se amaron en secreto durante muchos años. Dos palabras no dichas. Dos palabras que nadie habrá de pronunciar. Pobres tesoros que guardan pobres páginas. (Lo mismo que este roto jardín, el delicado amor de Abderrahmán.)

Con la tarde se alejan hacia lugares últimos solemnes lentas naves anónimas que guardan esa misma certeza ineludible de los astros inmunes y la muerte. La desnuda fragancia del íntimo crepúsculo, en las tardes dolientes del jardín (nunca lo olvides), se debe, más que nada, a que un hombre vulgar puso, en su día, el necesario estiércol.

No me preguntes cómo pasa el tiempo Li Kiu Ling No me preguntes cómo pasa el tiempo. El caso es que ya estoy un poco sordo y el pelo me blanquea. Sin embargo, aún siento un no sé qué, algo muy tenue (como un temblor de luna en un estanque), aquí, justo en la boca del estómago, cada vez que te miro. Qué curioso, qué curioso, ¿verdad? Qué raro: el tiempo, que en Babilonia destruyó las rosas, que terminó con Júpiter y a polvo redujo los imperios y las caras (que todo se lo lleva por delante como un rinoceronte […]

Hay ángeles caídos allí donde tú miras Fernando Pessoa Negro temblor de orquídeas en la noche Viento del este Quieto relámpago que parte en dos el cielo que lo anonada y rasga Anillo que aguarda su destino inmóvil bajo el Támesis Virgen insomne Virgen silenciosa Virgen que surca las tinieblas temblorosos los labios gritando profecías Rosa violenta y roja y repentina Torre de soledad Gota de música Irrumpes en mi vida como el toro en la plaza Vienes con ramos de narcisos en las manos racimos en la boca chorreantes los cabellos de bálsamo y guirnaldas Isis Core Proserpina o […]

Aquí los veintisiete niños y las veintisiete doncellas entonaron el Canto Secular. Aquí la noche (a esa del tres de junio me refiero) se coronó de música. Aquí Horacio lloraría de júbilo (y de vértigo) al contemplar su gloria. Aquí olvidaron inmóviles procónsules triunfales -entornados los párpados, las caras encendidas de minio, indiferentes- su condición humana. Aquí un césar bromeó con su muerte. Aquí se amaron centurias de parejas, superpuestas como en selladas cajas, siglo a siglo. Y pasaron más cosas. Y quedaron quietas aquí sus huellas -¡cuántas huellas, cuántas huellas durmientes, madre, Virgen! Y sesudos doctores consiguieron clasificar muchísimas. […]

Una luna encarnada allá en el aire y sola El repentino aroma de un ramo de violetas al salir de un café en vía Clazaiuoli Aquella rosa herida de muerte entre los pliegues de seda del crepúsculo El puente El frío Arno Fiésole Los cipreses soñando en las colinas La noche la de siempre la de todos los días ésa la que ya se te enreda en las pestañas

Estoy buscando ahora, en las cenizas de aquella tarde rota, su contraria forma, que no pasó. Sé que me acecha desde cualquier esquina. La imagino casi casi feliz (Un poco triste.)

La línea recta cúrva- se inexorablemente en el espacio. El tiempo se detiene en los pasos de la luz. Estamos donde siempre. La magia de las cosas. No existe la realidad. Existen múltiples realidades o ninguna. Existe la mirada recíproca que aguardo. El beso en mitad de la noche. La anciana que nos tiende la mano y pide un poco de limosna. El día de la increíble muerte. Tan íntima. Tan sola.

Así, tan ricamente apoltronado ante una taza de café y con mi corona -cómo no- de Rey del Mundo, tan leve, tan voluptuosa, tan en plácida asunción desde estos dedos a los cielos concéntricos de luz y de escayola, miro a diestra, miro a siniestra, al frente, atrás, calculo y son trescientas, cuatrocientas o más caras, las que aquí reunidas, en el bar restaurant de La Fayette, discuten, gesticulan, se sonríen, cabecean o toman sin decir ni pío, su canard a l’orange o aquel potage verdoso del menú. Entonces se me ocurre que sería magnífico guardar por todos ellos (y […]

Las olas que vinieron a morir a mis pies cada verano, desde mil novecientos cuarenta y seis. El cigarrillo roto del cenicero azul. Mi mano con la pluma que no entiendo. La rosa inalcanzable de Jorge Luis Borges. La amistad de unos pocos. El clavel amarillo que ignoré esta mañana en una tienda de flores. La piedra con la que tropecé el pasado mes de julio en Puente Viesgo. El salto delicado de los gatos. Los payasos del Price que yo miraba atónito, a los cinco o seis años. La cara muerta de mi abuelo que se me está borrando. […]

Cuando vas silenciosa -quieto silencio rojo del rubí cauta serenidad de los felinos- bajo la sombra verde de los árboles y pisas las aceras y pasas circunspecta entre la gente con el periódico en la mano y una bolsa de pan y los cabellos como de oro atónito uno no puede más que preguntarse cómo es posible que todas esas cosas que componen el mundo en este instante -la realidad tu realidad la mía- sigan como si tal indiferentes -el tendero delante de su tienda el mar tranquilo esta leve molestia en un zapato el guardia que dormita en una […]