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Hablar de un peso extraño, acaso de un fantasma que carece de cuerpo y que dispone sus huellas en las cosas sin que nadie lo advierta. Sugerir esa sombra que en la noche va manchándolo todo, y procurar a un tiempo evitar cualquier clima misterioso. La escena es cotidiana: cuando termina el día hay un hombre sentado en la terraza, lo acompañan un cigarro de hoja y una música. la tercera persona y el verano convendrían al tema, y parece preciso a estas alturas que el lector adivine lo que tiene de vulgar y de única esa noche. Intentar ayudarlo […]

(Salvia divinorum) Fue fumar y esfumarte de tu mundo y de ti hacia tu mundo oscuro. Fue tan sólo un momento que no tuvo principio y que no acabará. Fue conforme el arder, ser un humo fragante, una lumbre tan sólo con las hojas resecas de la salvia quemada. Fue de plata y tiniebla la funeral aurora, fue encontrar un camino en el fondo más cruel del pozo ciego, fue fundar residencia en el mismo reverso de la incrédula carne, contemplar la semilla del terror germinada en corola de una flor sin raíces. Fue morir y vivirlo, fue partir y […]

A Manuel Altolaguirre Sí, sí, es verdad, es la única verdad; ojos entreabiertos, luz nacida, pensamiento o sollozo, clave o alma, este velar, este aprender la dicha, este saber que el día no es espina, sino verdad, oh suavidad. Te quiero. Escúchame. Cuando el silencio no existía, cuando tú eras ya cuerpo y yo la muerte, entonces, cuando el día. Noche, bondad, oh lucha, noche, noche. Bajo clamor o senos, bajo azúcar, entre dolor o sólo la saliva, allí entre la mentira sí esperada, noche, noche, lo ardiente o el desierto.

No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente, tu encendida frente, las huellas de unos besos, ese resplandor que aun de día se siente si te acercas, ese resplandor contagioso que me queda en las manos, ese río luminoso en que hundo mis brazos, en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a ya una dura vida de lucero. No quiero que vivas en mí como vive la luz, con ese ya aislamiento de estrella que se une con su luz, a quien el amor se niega a través del espacio duro y azul que separa […]

Cuerpo feliz que fluye entre mis manos, rostro amado donde contemplo el mundo, donde graciosos pájaros se copian fugitivos, volando a la región donde nada se olvida. Tu forma externa, diamante o rubí duro, brillo de un sol que entre mis manos deslumbra, cráter que me convoca con su música íntima, con esa indescifrable llamada de tus dientes. Muero porque me arrojo, porque quiero morir, porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera no es mío, sino el caliente aliento que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo. Deja, deja que mire, teñido […]

Se querían. Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada, labios saliendo de la noche dura, labios partidos, sangre, ¿sangre dónde? Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz. Se querían como las flores a las espinas hondas, a esa amorosa gema del amarillo nuevo, cuando los rostros giran melancólicamente, giralunas que brillan recibiendo aquel beso. Se querían de noche, cuando los perros hondos laten bajo la tierra y los valles se estiran como lomos arcaicos que se sienten repasados: caricia, seda, mano, luna que llega y toca. Se querían de amor entre la madrugada, entre las […]

(MUERTE Y RECONOCIMIENTO) La soledad, en que hemos abierto los ojos. La soledad en que una mañana nos hemos despertado, caídos, derribados de alguna parte, casi no pudiendo reconocernos. Como un cuerpo que ha rodado por un terraplén y, revuelto con la tierra súbita, se levanta y casi no puede reconocerse. Y se mira y se sacude y ve alzarse la nube de polvo que él no es, y ve aparecer sus miembros, y se palpa: «Aquí yo, aquí mi brazo, y este mi cuerpo, y esta mi pierna, e intacta está mi cabeza»; y todavía mareado mira arriba y […]

(COMPOSTELA) Una vieja llama y pide: ruega. Nadie escucha. Sólo el agua suena. Agua impura que se escurre ciega. Agua muda o agua ronca. Besa lo que duerme o lo que sigue: tierra. Una sombra, una pisada. Piedra. Piedra o siglos, siglos lentos. ¡Ea!

¡Cuántas veces sabiendo que eras tú, yo caía en tu misma sonrisa, mar abierta, mar plana, estival, pez, sacando tus palabras conmigo! ¡Qué nadar! Tú no sabes que ese mar tan arriba es ya cielo, y que el aire me sostiene tan líquido, tan cristal, que yo en él por tus ojos tan verdes afilado me pierdo. ¡Qué nadar! Algas, vivas indecisas miradas. ¡Agua mía, si helada, aguzándome siempre! ¿No te clavo? ¿No sientes que un trayecto, una herida -¡qué lanzada!- en tu pecho, agua verde, te dejo? Con justeza te hiendo, agua suya, y palpitas, en tu pecho, mar […]

Pero otro día toco tu mano. Mano tibia. Tu delicada mano silente. A veces cierro mis ojos y toco leve tu mano, leve toque que comprueba su forma, que tienta su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso. Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta, por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce; por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias, para rodar por ellas en tu escondida sangre, como otra sangre […]

Allá por las remotas luces o aceros aun no usados, tigres del tamaño del odio, leones como un corazón hirsuto, sangre como la tristeza aplacada, se baten con la hiena amarilla que toma la forma del poniente insaciable. Largas cadenas que surten de los lutos, de lo que nunca existe, atan el aire como una vena, como un grito, como un reloj que se para cuando se estrangula algún cuello descuidado. Oh la blancura súbita, las ojeras violáceas de unos ojos marchitos, cuando las fieras muestran sus espadas o dientes como latidos de un corazón que casi todo lo ignora, […]

No. ¡Basta! Basta siempre. Escapad, escapad: sólo quiero, sólo quiero tu muerte cotidiana. El busto erguido, la terrible columna. el cuello febricente, la convocación de los robles; las manos que son piedra, la luna de piedra sorda y el vientre que es sol, el único extinto sol. ¡Hierba seas! Hierba reseca, apretadas raíces, follaje entre los muslos donde ni gusanos ya viven porque la tierra no puede ni ser grata a los labios, a esos que fueron -sí- caracoles de lo húmedo. Matarte a ti, pie inmenso, yeso escupido pie masticado días y días cuando los ojos sueñan, cuando hacen […]