Esas marcas de salitre que dejan las olas sobre la arena son como nosotros; restos de espuma que el mar, impreciso, no supo pronunciar en futuro. Y el sol las desvanece.
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12,749 poemasNo necesito bellas sirenas deslumbrantes y desnudas que conduzcan con sus cantos de espuma mi débil embarcación hacia las rocas: yo solo me basto para fracasar en el intento. Navego con un trozo de mar bajo los brazos, con una llave de salitre que abre mi infancia y me roba el sueño, recojo con celo los pedazos de geografía muda que a modo de piel he ido perdiendo con los años, y giro hasta esa coordenada como un remolino enrabietado, como un niño atolondrado que no sabe de derrotas, o como un globo terráqueo en una clase de ciencias que […]
Anhelo el paisaje de mi infancia, el aire ahogado en humedad, el salitre, los días de lluvia en que nunca amanece, el óxido del astillero, la morriña anclada en los puertos como olas esperando mareas y esa voz huérfana y lejana que recuerda que el mar siempre es distancia. Anhelo ese paisaje como un barco anhela travesías, como se anhelan los besos que nos aguardan en el umbral de esos cuerpos que jamás nos pertenecen.
Nos reunimos para ver fotografías de ayer, instantes que la ciencia perdonó el olvido o el destierro. Nos reímos del peinado que lucíamos entonces, de la excesiva formalidad de nuestros gestos. El tiempo se ha posado con rigidez sobre nosotros. Desde la otra orilla, rostros acartonados nos observan detenidos en la distancia de un espejo de alquimia. Conmovidos por la nostalgia, les damos derecho a que jueguen con nuestras entrañas y alboroten, como niños, nuestro sosiego. Al pasarte una a una las fotografías observo cómo voy dejando sobre el papel las huellas imborrables de un asesino.
Palpita el astillero frente al puente de las Pías. Llueve. Ferrol bosteza su última tormenta y pone al aire húmedo de la ría su vestimenta gris, su negra sombra. Cuando era joven, mi padre trabajaba en el astillero. Recorría veinte kilómetros con los pies descalzos. Por entonces, no presentía el futuro y sus declives, el caminar y sus llagas; el mundo se abría como un vientre azul frente a las vías de ASTANO. Cuando el Entreprise rompió en dos el puente de las Pías, Ferrol lamió su piel de huérfana, su ciega distancia. Bajo esta triste luz de Otoño que […]
Dibujan en el aire un lenguaje que desconozco. Gaviotas de plumaje gris y blanco sobrevuelan nuestros cuerpos sin sabernos. Invaden el cielo de palabras nacidas en una latitud lejana, como memoria azul que recorre la marea en busca de una playa. Se alejan cuando cae la tarde. En ocasiones, parece que retroceden, pero se alejan. Se llevan nuestros ojos en sus alas y nos dejan los labios llenos de palabras que intentamos pronunciar y no sabemos.
Con la incertidumbre contenida en las manos guardo en mi maleta camisas de invierno, un par de vaqueros desgastados, ropa interior, un cepillo, algo de mi miedo a las distancias. Una ciudad sin memoria se dilatará ante mí, desconocida, como un paisaje que nos abre caminos que no evocan ni el beso ni el mar ni la caricia. Tras el viaje, cansado, una cama de hotel acoge mi cuerpo. Al abrir mi maleta observo en su interior objetos que la distancia parece haber impregnado con el sudor de otro.
El ferry zarpó rumbo a la Perdiguera. Un grupo de niños jugaba en cubierta a lanzarse un flotador sin mucho acierto. Terminaba el verano. Éramos, sin saberlo, el último grupo de turistas. El mar menor brillaba como un desierto de plata frente a las terrazas vacías, desencajadas como trajes que visten esqueletos. Cubierto de soledad me fumé el último pitillo. No te esperé, como dijiste. Juro que jamás quise tocar la costa.
Zarparon un día hacia el gran sol. En el muelle las mujeres encendieron una enorme luminaria con cajas de pescado y cartones para despedir a los marineros con un poco de luz que llevarse a los ojos. Partículas de ceniza se elevaban como gaviotas y luego se dejaban caer sobre nuestras ropas humedecidas. Memoria del fuego para un regreso. Zarparon un día hacia el gran sol y no volvieron. Un golpe de mar quebró su barco. Un golpe de mar: el agua. Cómo detener desde entonces esta lluvia de cenizas que cae eternamente.
Como barcos anclados en un mar cerezo duermen sobre mi mesilla versos de Cavafis, Borges, Pavese. En las costas de Fisterra, al anochecer, las madres de los marineros encienden infinitas velas para que iluminen con su luz la travesía de los barcos que se desvanecen sin memoria en el horizonte. El tiempo palidece tembloroso enjaulado en quinqués cubiertos de herrumbre. Recuerdo unos versos; También la noche se te asemeja. Sobre mi mesilla surgen barcos en forma de palabras que navegan de regreso y desbaratan la noche.
Nos volvemos ciegos el día que no nace para nosotros y en la oscuridad de ese incierto amanecer la sed y el agua serán la misma cosa. Habrán de saberse por un igual la pasión y la agonía, la huella y el pie que traza rutas en cada paso, se perderán también tu blusa y mis manos, mi boca y tu risa. Amaneceremos en a memoria de un nombre sin nosotros. Añadiremos nuestros cuerpos a lo ya perdido.
Pasan los días como barcos de tiempo. Dejan en su tránsito lento la estela mortal de horas que se alejan. Lo que habita bajo la piel del mar cabe en un hombre: tesoros, naufragios. En mi interior de redes guardo restos de esas pequeñas cosas. A veces, al contacto con el viento la memoria azul se eriza en espuma y acuden a la isla que soy viejas heridas que el mar no supo ahogar en la marea. Travesaños de agua: el mar. Siempre distancia. Zarpan los días como barcos de tiempo, llevan en su bodega mira su tránsito lento […]