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Barcos como olas, como alas. Barcos que buscan barcos como labios, como besos. Barcos que regresan como infancias, como ayeres como pinceles de nuevo color sobre el pasado. Barcos que zarpan y que se alejan, que derriten en los ojos su distancia. Barcos que naufragan y se hunden, que doblan sus huesos sobre una roca. Barcos, siempre barcos que zarpan, que atracan, que se van y que regresan. Como olas, como alas.

Colección reservada de sonetos votivos V Toda una noche para mí tenerte sumisa a mi violencia y mi ternura; toda una larga noche sin premura, sin nada que nos turbe o nos alerte. Para vencerte y vencerte y vencerte, y para entrar a saco sin mesura en los tesoros de tu carne pura, hasta dejártela feliz e inerte. Y al fin mirar con límpida mirada tu cuerpo altivo junto a mí dormido de grandes rosas malvas florecido, y tu sonrisa dulce y fatigada, cuando ya mis caricias no te quemen, mujer ahíta de placer y semen. V (bis) Toda una […]

Colección reservada de sonetos votivos IV ¿Pero cómo decirte el más sagrado de mis deseos, del que menos dudo; cómo, si nunca nombre alguno pudo decirlo sin mentira o sin pecado? Este anhelo de ti feroz y honrado, puro y fanático, amoroso y rudo, ¿cómo decírtelo sino desnudo, y tú desnuda, y sobre ti tumbado, y haciéndote gemir con quejas tiernas hasta que el celo en ti también se yerga, único idioma que jamás engaña; y suavemente abriéndote las piernas con la lengua de fuego de la verga profundamente hablándote en la entraña?

Colección reservada de sonetos votivos III Tus ojos que no vi nunca en la vida turbarse de deseo, ni saciados dormirse tras la entrega, ni extraviados mientras tú gimes loca y sacudida; tu oreja, dulce concha adormecida que no alojó a mi lengua de obstinados embates de molusco; tus negados, cerrados labios de piedad prohibida que hurtan tu lengua, rica pesca extrema, ni fueron nunca abiertos la diadema de coral húmeda y abrasadora que por tu rey mi miembro coronase: yo mismo en todo esto, hora tras hora, mi muerte fundo y a mi mal doy base.

Colección reservada de sonetos votivos II ¿Qué sabes tú, qué sabes tú apartada injustamente en tu cruel pureza; tú sin vicio, sin culpa, sin bajeza, y sólo yo lascivo y sin coartada? Rompe ya esa inocencia enmascarada, no dejes que en mí solo el mal escueza; que responda a la vez de mi flaqueza y de que tú seas hembra y encarnada; que tengas tetas para ser mordidas, lengua que dar y nalgas para asidas y un sexo que violar entre las piernas. No hay más minas del Bien que las cavernas del Mal profundas; y comprende, amada, que o […]

Colección reservada de sonetos votivos I Si te busco y te sueño y te persigo, y deseo tu cuerpo de tal suerte que tan sólo aborrezco ya la muerte porque no me podré acostar contigo; si tantos sueños lúbricos abrigo; si ardiente, y sin pudor, sy en celo, fuerte te quiero ver, dejándome morderte el pecho, el muslo, el sensitivo ombligo; si quiero que conmigo, enloquecida, goces tanto que estés avergonzada, no es sólo por codicia de tus prendas: es para que conmigo, en esta vida, compartas la impureza, y que manchada, pero conmovedora, al fin me entiendas.

La pobre carne inocente, dulce montón de tibieza y ciega orfandad, se siente, tras la elástica corteza de la piel, cómo responde al llamado. Porque esconde en su entraña agradecida de construida blandura toda la rica hermosura de un destino de vencida.

A esta inmovilidad de ojos atónitos Y postrado lenguaje Que me encadena a estar presente En la ausencia de mí A esta sombría suspensión De mi latir difunto le pregunto Si he morir sin haberme lavado De tanta sucia soledad errática Y qué sol me podrá secar un día De aquellas cavernosas aguas pútridas Donde he chapoteado tanto Mirando tiritar la vida Desfigurada por la llaga obscena Del amor omitido.

Ahora sí que estoy solo al fin contigo Y sin ningún amor por ti Vieja memoria jubilada Solos en esta roca pacífica y difunta De donde todo parte siempre para siempre Roca sin desembarco Durable roca ciega a los destinos Roca tibia del no pertenecer A la distancia horriblemente vigilada Por la sola mirada de la ausencia.

¿Qué podrá evocar el Nómada que no sea desnudez y no esté a la intemperie? La fuerza que ha abrazado es tener siempre sus casas recorridas por el viento, su lecho siempre en alta mar, su corazón dis- tante siempre entre lluvias y neblinas. Y sin partidas, en una sucesión interminable de llegadas, pues ha visto en el río de los días que ningu- na jornada pudo ser la primera, y sabe que no existe para él reposo, que todo descanso apoya sobre alguna raíz su peso. Nacido en los ca- minos, su destello es saber que todos han venido […]

Fluye también pero a su modo Por un lecho obstinado Como un tirar de cabra a un monte otro Ese tiempo frenético en el que sostienes Cuando algo en ti que nunca habló tu lengua Como en una caricia del dolor se encoge Al escuchar mi nombre Que me dieron aquí para otra cosa.

Qué otro ruego ferviente Sino el de contar siempre con la espera segura De un lugar animoso de descarga y de tregua No un bastión no un refugio No otro domicilio Que el designado en pleno aire mudable Por el amor de la mirada Tibio lugar de espera no porque nadie llame No porque clame la impaciencia Lugar de espera porque en él entramos Con el rostro de paz del esperado Como el barco acogido Sin proclama en el puerto atareado y contra un firme espacio Atracando en el tiempo en movimiento En una hora de escala Hecha suelo de […]