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Carne de la fiebre diminuta donde el rencor olvida, tierra al fin donde medra el regocijo austero del amor, cien veces herida por la eternidad, larva fugitiva, cien veces cien más en el centro de un insaciable sabor. No me acompañes a la muerte, carne, extingue mi semilla, quema en el bostezo de una remota playa mi calor: déjame volver hasta el silencioso lecho de la arena y olvídame (helado hilo de viento), si aún estoy en vela.

Corazón tan astuto del placer, que inocula y engaña la estricta soledad de los amantes con su raro bálsamo, con su minuciosa muerte de caricias y blandas brasas. Placer casi sumiso y siempre inabatible, despojado de sí mismo, preñado de vacío, furor que escapa, que reclama su tormento de fugacidad en lo amargo más amargo de la espera hacia la muerte: licor de todos –corazón astuto del placer–, licor de los siete rostros.

Opaca carne, diaria chispa, ven en la hora de la muerte. Devórame sin paz donde del éxtasis la brava lengua se entreduerma gigante e inalcanzable. Sangre que arremete, asalta el molino de voces que aprieta mis mudas venas para rezumar el licor de la fragancia que perece. Carne anonadada, furtiva combustión de madreselvas, hoguera lenta del asombro, de la ociosa arquitectura: déjame beber en tus hechizos los signos de la luna.

Soliloquio del amor en su espejo doble de pupilas. Ella es la tierra tejida en rúbrica espiral de raíces. Él es el viento y sus inacabables potros de conquista. Mueve el follaje de sus manos el chisporrotear de estirpes aún dormitantes en la bronca sed de sus propias semillas. Los espectros amantes son estatuas que el mar no distingue. Su beso es sucesión de un sueño rodado en líneas de arena, una playa donde Dios olvidó sus húmedas siluetas.

Sucesos de este mínimo buscar donde reconocemos lo oscuro del calor, el canto de las formas acopladas, el énfasis del ritmo, la curva arenosa de los cuerpos reptando con su pálido sabor de ofrendas mutiladas. Grotescas gemas más allá del mundo, más allá del eco, centrífugas aguas de la aniquilación y la cascada, turbulencia azul donde la razón se ausenta y se arrodilla a este instinto sucesivo, gota en la miel de la caída.

Tu breve chispa de eternidad tiene apetito de sombras. Escala la fuerza un torbellino entre cálidas cinturas. Acorta el encuentro de epitafios insensatos. Remoja el jade limpio de tus ojos. Anochece las hechuras que el fuego labró en los decisivos escombros de tu boca. Sobre el sudario del instante el amor vuelca sus espumas. Mañana el fulgor de otra tibieza será la bienvenida. Mañana otra ciudad de viento moverá nuestras cenizas.