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El viento es un caballo: óyelo cómo corre por el mar, por el cielo. Quiere llevarme: escucha cómo recorre el mundo para llevarme lejos. Escóndeme en tus brazos por esta noche sola, mientras la lluvia rompe contra el mar y la tierra su boca innumerable. Escucha como el viento me llama galopando para llevarme lejos. Con tu frente en mi frente, con tu boca en mi boca, atados nuestros cuerpos al amor que nos quema, deja que el viento pase sin que pueda llevarme. Deja que el viento corra coronado de espuma, que me llame y me busque galopando en […]

Sople rabiosamente conjurado Contra mi leño el Austro embravecido, Que me ha de hallar el último gemido, En vez de tabla, al áncora abrazado. ¿Qué mucho, si del mármol desatado Deidad no ingrata la esperanza ha sido En templo que de velas hoy vestido Se venera, de mástiles besado? Los dos lucientes ya del cisne pollos, De Leda hijos, adoptó: mi entena Lo testifique dellos ilustrada. ¿Qué fuera del cuitado, que entre escollos, Que entre montes, que cela el mar, de arena, Derrotado seis lustros ha que nada?

Después que no descubren su lucero mis ojos lagrimosos noche y día, llevado del error, sin vela y guía, navego por un mar amargo y fiero. El deseo, la ausencia, el carnicero recelo, y de la ciega fantasía las olas más furiosas a porfía me llegan al peligro postrimero. Aquí una voz me dice: cobre aliento, señora, con la fe que me habéis dado y en mil y mil maneras repetido. Mas, -¿cuánto desto allá llevado ha el viento?, respondo: y a las olas entregado, el puerto desespero, el hondo pido.

Desde que viene la rosada Aurora hasta que el viejo Atlante esconde el día, lloran mis ojos con igual porfía su claro sol que otras montañas dora; y desde que del caos adonde mora sale la noche perezosa y fría, hasta que a Venus otra vez envía, vuelvo a llorar vuestro rigor, señora. Así que ni la noche me socorre, ni el día me sosiega y entretiene, ni hallo medio en extremos tan extraños. Mi vida va volando, el tiempo corre, y mientras mi esperanza con vos viene, callando pasan los ligeros años.

Se ramifica el frenesí en tus dedos predispuestos al viaje apasionado sobre las aguas, que en silencio esperan… O tal vez, más efímero, en impetuoso vuelo sin escalas, tan lejos del dolor como de la esperanza, porque en esta confluencia venturosa besas hacia el adiós, sin recordarlo. Recorres, vida adentro, las tangibles regiones del espíritu, que oscila -turbado péndulo- entre impulso y muertee. Vertiginosamente el mar gime y me arrastra, girando en la ternura que derrama tu amor, hecho evidencia.

Traigo una rosa en sangre entre las manos… Blas de Otero Llevo la rosa a cuestas por un largo camino, por una vía estrecha, flanqueada de lágrimas. Llevo sobre la espalda los pétalos heridos, a punto de caer como lluvia de sangre. Traigo la rosa en alto, como un trofeo antiguo, la levanto y agito contra el viento de otoño. Traigo la rosa en brazos como si, desvalido, un niño temeroso me clavara las uñas. Con la rosa encarnada ando sin rumbo, y miro cómo avanzan las sombras devorando la vida. Con la rosa en la mano, camino hacia el […]

a Vicente Huidobro El gran poeta de las vanidades se mira al espejo y dice no hay otro mejor que yo no hay otro más hermoso y delicado más burlón, paradojal e irresistible Y cuando voy por las calles me persiguen y me piden autógrafos se aglutinan en torno mío o se desmayan porque soy más inmortal que las agujas y en mi boca suspiran las estrellas Así, cada montaña es un pelo en mi oreja y cada nube una escalera de emergencia donde subo y bajo como un mago persiguiendo su conejo sin darle jamás alcance No obstante los […]

Cuando te acuerdes de mi cuerpo y no puedas dormir y te levantes medio desnuda y camines a tientas por tus habitaciones borracha de estupor y de rabia en algún lugar de la Tierra yo andaré insomne por algún pasillo careciendo de ti toda la noche oyéndote ulular muy lejos y escribiendo estos versos degenerados.

A esta inmovilidad de ojos atónitos Y postrado lenguaje Que me encadena a estar presente En la ausencia de mí A esta sombría suspensión De mi latir difunto le pregunto Si he morir sin haberme lavado De tanta sucia soledad errática Y qué sol me podrá secar un día De aquellas cavernosas aguas pútridas Donde he chapoteado tanto Mirando tiritar la vida Desfigurada por la llaga obscena Del amor omitido.

El corazón es una larga enmienda de un texto que nadie conoce, cuyo sentido la semántica ignora y cuyos signos nadie ha codificado. Pero si el corazón no enmendara ese texto como un ciego corrigiendo el abismo, la vida se caería en pedazos como un sueño sobrante y desechable. Hasta cabría sospechar que la enmienda es el texto.