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Lo más duro de esta vida Todavía no ha llegado. Que lo peor ha pasado Jamás lo podrás decir, Jamás lo podrás sentir Aunque te duela lo andado. Que sólo viniste aquí Al arte de caminar, Al juego de deambular Sin ruta, y sin más destino Que las piedras del camino. Cuánto queda por andar. No pienses que es solución Lo de quitarse de en medio. Frente al dolor, frente al tedio, Procura quedarte en pie, Que al menos quede la fe Cuando termine el asedio. Que aunque a veces a la vida Con razón la llaman perra Y aunque […]

De noche, cuando desciendas. Pero es inútil, nunca he de volver a donde tú nacías ya con forma de recuerdo. Quizá súbitamente crece la sangre. Crece la sangre hasta mucho más lejos que aquel brazo. Nadie más que la mano desarmada, la tenue palma y este dolor.

Por las mañanas Mi pequeñuelo Me despertaba Con un gran beso. Puesto a horcajadas Sobre mi pecho, Bridas forjaba Con mis cabellos. Ebrio él de gozo, De gozo yo ebrio, Me espoleaba Mi caballero: ¡Qué suave espuela Sus dos pies frescos! ¡Cómo reía Mi jinetuelo! Y yo besaba Sus pies pequeños, ¡Dos pies que caben En solo un beso!

Nos reunimos para ver fotografías de ayer, instantes que la ciencia perdonó el olvido o el destierro. Nos reímos del peinado que lucíamos entonces, de la excesiva formalidad de nuestros gestos. El tiempo se ha posado con rigidez sobre nosotros. Desde la otra orilla, rostros acartonados nos observan detenidos en la distancia de un espejo de alquimia. Conmovidos por la nostalgia, les damos derecho a que jueguen con nuestras entrañas y alboroten, como niños, nuestro sosiego. Al pasarte una a una las fotografías observo cómo voy dejando sobre el papel las huellas imborrables de un asesino.

En la imponente nave del templo bizantino, vi la gótica tumba a la indecisa luz que temblaba en los pintados vidrios. Las manos sobre el pecho, y en las manos un libro, una mujer hermosa reposaba sobre la urna, del cincel prodigio. Del cuerpo abandonado, al dulce peso hundido, cual si de blanda pluma y raso fuera se plegaba su lecho de granito. De la sonrisa última el resplandor divino guardaba el rostro, como el cielo guarda del sol que muere el rayo fugitivo. Del cabezal de piedra sentados en el filo, don ángeles, el dedo sobre el labio, imponían […]

Vencido como una flor nacida del cansancio duele mi soledad en el insomnio fijo de una piedra creciendo desde el viento en el pecho de Dios como un fulgor de cielo obedeciendo a nadie en la libre emoción de los dormidos espacio en blanco donde la muerte reproduce mi caída con las manos vencidas en lo humano desangrado en lo íntimo bajo el agua se mueve mi canción cayendo desde el fruto que retoña una huella en el símbolo del alma como el inicio de un aire fugitivo donde siembra el reflejo enamorado aquel cansancio gris deshojando el olvido duerme […]

Con las manos juntas, en la tarde clara, vámonos al bosque de la sien de plata. Bajo los pinares, junto a la cañada, hay un agua limpia que hace limpia el alma. Bajaremos juntos, juntos a mirarla y a mirarnos juntos en sus ondas rápidas… Bajo el cielo de oro hay en la montaña una encina negra que hace negra el alma: Subiremos juntos a tocar sus ramas y oler el perfume de sus mieles ásperas… Otoño nos cita con un son de flautas: vamos a buscarlo por la tarde clara.

Recuerdo que era invierno, que los almeces iban cobijando mi vuelta a casa, y que me seguía un muchacho. Jamás supe quién era. Así durante un rato. Los Jardines entonaban la noche con el último gorjeo de algún pájaro. Sentía que unos ojos quemaban mi silueta como el frío, que iban dibujándome paso a paso. Volví la vista. Sólo la oscuridad de los almeces, nadie tras de mí… Pudo ser el mismo invierno, su nombre masculino, lo que me traspasara. Un muchacho fugaz sigue alejándose, cada vez que lo encuentro, de mi noche.

Cuando la sombra duerme su cuerpo se ilumina su rostro reflejado atraviesa cristales y finalmente se instala en todo brillo Sus dedos trenzan en el aire los bellos frutos de los días de mayo Muda en la respiración muda de las cosas la voz de una mujer pasa buscándola Desnuda en el esplendor irreparable sus ojos se abren como un río de luz y de sonido