Me lancé a tu nombre de hombre a los cuatro puntos cardinales de tu sombra a tu imagen que golpea día a día la luz inconmensurable de mi tiempo. Tristemente hermosa permanezco en tu puerto ardiente bajo tu cuerpo desierta sin orillas viva y persistente en mi sangre de mujer.
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12,749 poemas"¿Decime si la prisa es grito que mata pájaros con péndulos? ¿Decime si la angustia es agobio que acerca muertes con taladros? ¿Decime si elmiedo…
Todos somos hijos de Dios (de la puerta del templo para adentro. Mientras oramos para que las cosas prosigan como están.) creemos en su santo nombre (pues nos protege siempre, junto con la herradura y el manojo de ajos, bendiciones todas para nuestros negocios); lo alabamos (preferentemente al caer la tarde que es cuando hacemos el recuento de todas las ganancias); le damos gracias (porque podemos disponer a nuestro antojo lo concerniente a la oferta y la demanda, y la alteración de pesos y medidas); así mismo, le pedimos librarnos del mal (mal, a nuestro entender, es el término justicia, […]
Delante está el carmín de la emoción. Y al fondo de la vida, por el suave azul nublado, entre las cobres hojas últimas que se curvan en éstasis de gloria, la eterna plenitud desnuda. (Y el agua una se ve más. El color es más él, más sólo él, el olor solo tiene un ámbito mayor, el calor todo se oye más. Y grita en el aire, en el agua, sobre el calor, sobre el olor, sobre el color, ante el carmín de la pasión segunda, la esterna plenitud desnuda.) ¡Armonía sin fin, gran armonía de lo que se despide […]
Los ojos ven, el corazón presiente . Octavio Paz Que pocas cosas duelen. Digamos, por ejemplo, que se puede no amar de repente y no duele. Duele el amor si pasa hirviendo por las venas. Duele la soledad, latigazo de hielo. El desamor no duele. Es visita esperada. No duele el desencanto. Es tan sólo algo incómodo. Somos así, mortales irremediablemente, sin duda acostumbrados a que todo termine.
Sacros, altos, dorados capiteles, Que a las nubes borráis sus arreboles, Febo os teme por más lucientes soles Y el cielo por gigantes más crueles. Depón tus rayos, Júpiter; no celes Los tuyos, Sol; de un templo son faroles Que al mayor mártir de los españoles Erigió el mayor rey de los fieles. Religiosa grandeza del Monarca Cuya diestra real al Nuevo Mundo Abrevia, y el Oriente se le humilla. Perdone el tiempo, lisonjee la Parca La beldad desta Octava Maravilla, Los años deste Salomón Segundo.
"La rosa muerta mira a través del cristal el grávido paisaje La rosa viva observa a través del cristal la estancia sola. La rosa muerta…
¿Qué es lo que esperan? ¿No me llaman? ¿Me han olvidado entre las yerbas, mis camaradas más sencillos, todos los muertos de la tierra? ¿Por qué no suenan sus campanas? Ya para el salto estoy dispuesta. ¿Acaso quieren más cadáveres de sueños muertos de inocencia? ¿Acaso quieren más escombros de más goteadas primaveras, más ojos secos en las nubes, más rostro herido en las tormentas? ¿Quieren el féretro del viento agazapado entre mis greñas? ¿Quieren el ansia del arroyo, muerta en mi muerte de poeta? ¿Quieren el sol desmantelado, ya consumido en mis arterias? ¿Quieren la sombra de mi sombra, […]
Pon tus grandes amores (como Abraham a su hijo aquella cabizbaja madrugada) en el altar que te señale el sueño Y si por un milagro sobreviven será transfigurados por el rito en fuerza germinal: para lanzarse a poblar el desierto
Lloverás en el tiempo de lluvia, harás calor en el verano, harás frío en el atardecer. Volverás a morir otras mil veces. Florecerás cuando todo florezca. No eres nada, nadie, madre. De nosotros quedará la misma huella, la semilla del viento en el agua, el esqueleto de las hojas en la tierra. Sobre las rocas, el tatuaje de las sombras, en el corazón de los árboles la palabra amor. No somos nada, nadie, madre. Es inútil vivir pero es más inútil morir.
Heredamos la herrumbre. Heredamos la voz metálica de los muertos. Tenemos de los idos los mismos rasgos y la misma piel. Somos el nombre que…
Madre: la vida enferma y triste que me has dado, no vale los dolores que te ha costado; no vale tu sufrir intenso madre mía, este brote de llanto y de melancolía. ¡Ay! ¿Por qué no expiró el fruto de tu amor, así como agonizan tantos frutos en flor? ¿Por qué, cuando soñaba mis sueños infantiles, en la cuna, a la sombra de las gasas sutiles, de un ángulo del cuarto no salió una serpiente que al ceñir sus anillos en mi cuello inocente, con la flexible gracia de una mujer querida, me hubiera librado del horror de la vida? […]