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Verso ajeno: Virgen pura, si el Sol, Luna y estrellas. GLOSA Si ociosa no, asistió Naturaleza Incapaz a la tuya, oh gran Señora, Concepción limpia, donde ciega ignora Lo que muda admiró de tu pureza. Díganlo, oh Virgen, la mayor belleza Del día, cuya luz tu manto dora, La que calzas nocturna brilladora, Los que ciñen carbunclos tu cabeza. Pura la Iglesia ya, pura te llama La Escuela, y todo pío afecto sabio Cultas en tu favor da plumas bellas. ¿Qué mucho, pues, si aun hoy sellado el labio, Si la naturaleza aun hoy te aclama Virgen pura, si el […]

Verso ajeno: Ardiendo en aguas muertas llamas vivas GLOSA En tenebrosa noche, en mar airado Al través diera un marinero ciego, De dulce voz y de homicida ruego, De sirena mortal lisonjeado, Si el fervoroso celador cuidado Del grande Ignacio no ofreciera luego (Farol divino) su encendido fuego A los cristales de un estanque helado. Trueca las velas el bajel perdido Y escollos juzga que en el mar se lavan Las voces que en la arena oye lascivas; Besa el puerto, altamente conducido De las que, para Norte suyo, estaban Ardiendo en aguas muertas llamas vivas.

I. M. St. Mallarmé Habría, a la salida del bosque, algún pensamiento virgen. Cierta sonoridad de plata , o blancura, conseguida, a duras penas, con el esfuerzo del cuerpo (de M. y los demás). Cierta pena, sobrevivencia del alma, por el esfuerzo. Y la Luna, que señala los vestigios de la lucha. También la inclemencia, sobria, de los árboles, blanqueados, el dorso, por esa Loca de la Casa, allá en lo alto. Cierta sonoridad de plata , o romántico murmullo, al final, apenas inteligible, el pobre. Y el cuerpo, un viva por el cuerpo, se lo merece.

Para mi hijo Está bien, te lo diré: no pensaba en la muerte, pues si he bajado a los infiernos era por ver la maravilla que hasta hace poco era la vida. Entre el azufre y el espanto probé otra vez de aquella culpa para poder seguir viviendo. Y ya he pagado mi tributo. Lo que viví vale la pena: vengo escocido y chamuscado y aún me rasco y más me hiero a la salud de los enfermos.

LXVIII Buscaba Madalena pecadora un hombre, y Dios halló sus pies, y en ellos perdón, que más la fe que los cabellos ata sus pies, sus ojos enamora. De su muerte a su vida se mejora, efecto en Cristo de sus ojos bellos, sigue su luz, y al occidente dellos canta en los cielos y en peñascos llora. «Si amabas, dijo Cristo, soy tan blando que con amor a quien amó conquisto, si amabas, Madalena, vive amando». Discreta amante, que el peligro visto súbitamente trasladó llorando los amores del mundo a los [de] Cristo.

Mi bien nacido de mis propios males, retrato celestial de mi Belisa, que en mudas voces y con dulce risa, mi destierro y consuelo hiciste iguales; Ciego, llorando, niña de mis ojos, segunda vez de mis entrañas sales, mas pues tu blanco pie los cielos pisa, ¿por qué el de un hombre en tierra tan aprisa quebranta tus estrellas celestiales? sobre esta piedra cantaré, que es mina donde el que pasa al indio en propio suelo, hallé más presto el oro en tus despojos, las perlas, el coral, la plata fina; mas, ¡ay!, que es ángel y llevólo al cielo.

Guardiana de los libros: Ya cerrados los fríos brazos de brillante acero quietas las ruedas. Fijos y callados los goznes rechinantes, mustio el cuero. Evocadora fiel de los cuidados últimos del vivir bajo el alero que guarda imagen, risa y ceño amados, postrer amor que siempre fue el primero… Descansas hoy, el freno detenido, más bien paralizado tu crujido en el ir y venir de aquella mano que dejara su huella en el gemido del dolor y el placer de haber vivido: espejo del final de un ser humano.

-Téngoos, señora tela, gran mancilla. -Dios la tenga de vos, señor soldado. -¿Cómo estáis acá afuera? -Hoy me han echado, Por vagabunda, fuera de la Villa. -¿Dónde están los galanes de Castilla? -¿Dónde pueden estar, sino en el Prado? -¿Muchas lanzas habrán en vos quebrado? -Más respecto me tienen: ¡ni una astilla! -Pues ¿qué hacéis ahí? -Lo que esa puente, Puente de anillo, tela de cedazo: Desear hombres, como ríos ella, Hombres de duro pecho y fuerte brazo. -Adiós, tela, que sois muy maldiciente, Y ésas no son palabras de doncella.

Tú que prendiste ayer los aurorales fulgores del amor en mi ventana; tú, bella infiel, adoración lejana, madona de eucologios y misales; tú, que ostentas reflejos siderales en el pecho enjoyado, grave hermana, y en tus ojos, con lumbre sobrehumana, brillan las tres virtudes teologales: no pienses que tal vez te guardo encono por tus nupcias de hoy. Que te bendiga mi señor Jesucristo. Yo perdono tu flaqueza, y esclavo de tu hechizo, de tu primer hijuelo, dulce amiga, celebraré en mis versos el bautizo.

Tristeza, pues yo soy tuyo, tú no dejes de ser mía; mira bien que me destruyo sólo en ver que el alegría presume de hacerme suyo. ¡Oh, tristeza! que apartarme de contigo es la más alta crueza que puedes usar conmigo. No huyas ni seas tal que me apartes de tu pena; soy tu tierra natural, no me dejes por la ajena do quizá te querrán mal. Pero, di: ya que estó en tu compañía, ¿cómo gozaré de ti, que no goce de alegría? Que el placer de verte en mí, no hay remedio para echallo, ¿quién jamás estuvo así? […]

Vida, que sin cesar huyes de suerte que no eres de ningún bien merecedora, ¿por qué quieres llevarme encantadora con alegre esperanza hasta la muerte? Si el tiempo que risueña te divierte es el mismo al fin que te devora por qué te he de apreciar si a cada hora se me acerca el momento de perderte. Mas, ¿qué pierdo en perderte? La vil parte de la miseria humana, el cuerpo indigno que debieras más bien de él alejarte, si a más vida, mas males imagino ya me puedes dejar, que yo en dejarte harto que agradecer tengo al destino.

“Hay un lugar que yo me sé en este mundo, nada menos…” Vallejo Se le fueron los zapatos a perecer en el afán y por el uso perdieron por el uso no encontraron señales, y en la ruina, un solo parque que afilaba el rastro con dolor de vida señalaba el sitio a donde nunca llegaremos. Muerte andada, andada muerte, a tranco sobre el pavimento… ese lugar en que se abre una gran boca de miedo. Ya la luz que no recuerda a nadie, vino, desde el fondo de tus zapatos niños a traerte, a colocar peldaños a la sombra […]