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Alguien dijo que recuerdas un niñito de Murillo, y en verdad que lo pareces por tu gracia y por tus rizos. Tienes cabellos castaños, ensortijados y finos con algo de oro en las sienes, como si fuera rocío. La tez pálida y morena, negros ojos expresivos que miran llenos de asombro, como miran los del niño. Estabas con tus juguetes, de pie sobre el ancho piso, cuando te vi de repente junto al blanco corderillo; y al mismo tiempo la imagen que tuviera en el olvido apareció viva y fuerte, tan clara como un prodigio. Sin perder un solo instante, […]

¿Ves ese roble que abatir no pudo ayer el huracán que asoló el monte y que finge en el monte un alto y rudo centinela que mira el horizonte? El rayo apenas lo agrietó; sereno sobre su vieja alfombra de hojarasca se yergue aún como retando al trueno que la furia azuzó de la borrasca. Se tú como ese roble: que la herida que abra en tu pecho el dardo de la suerte sin causarte escozor sane enseguida. Labora y triunfa como sano y fuerte para que el lauro que te da la vida flote sobre el remanso de la […]

A mí la vida me lleva y no me gusta. Estar eternamente anclado al horizonte bajo el canto tórrido de sirenas tartamudas. Lápidas que me marcan cuelgan de mis dedos, y me asustan sin motivos obvios, el sino me arranca los latidos que a veces creí que no eran míos. Pero ven. Atrápame con brazos estos hombros quebradizos, hartos de arriba y abajo como jinetes desbocados. De un caballo de brújula imposible.

¿Por qué te abandoné? ¿Por qué, inclemente, plácida y dulce compañera mía, no te acaricio ya, cual otro tiempo, y te dejo olvidada tantos días? Yo te encontré en el valle una mañana de la copa de un árbol suspendida y, al verte, me detuve a contemplarte con mi inocente candidez de niña. Una paloma de color de cielo en las ramas de un árbol se cernía y llevabas la frente coronada de blancas y rosadas campanillas. De improviso sentí de dulce llanto inundarse mis cándidas pupilas y al corazón en mi inocente pecho con extraño latir se estremecía. Y […]

( In memoriam ) Aquí hubo una mujer, lo huelo, lo adivino comprendiendo este vacío donde el aire teme integrarse a su nada y ser mujer adquirir vientre y figura para que yo la ame y la atormente como un hijo. Nada quiere ocupar este hueco este borde azul que ha dejado una mujer. Nada se escancia, se derrama adentro se arriesga a ser su forma, su pecho su alegría. Sólo yo avanzo triste por el secreto misterio de su mano y subo a su memoria donde ella está intacta aún como un perfume y la busco desde donde ella […]

¿Por qué no hablamos nunca, largamente, tú y yo padre, cuando esto era posible, como dos hombres, como dos amigos o dos desconocidos que se encuentran en el camino y echan un cigarrillo y se sientan al borde de la vida mirando pasar la tarde y el camino y hablan, hablan y callan, pausas de humo, miradas vagas, las palabras caen y se quedan flotando en el silencio, a veces dicen su verdad primera, el origen, la fuente, y se desnudan, las palabras desnudas amanecen, por qué no hablamos nunca, solos, largo?…

A Jesús Villalpando Mi madrina invitaba a mi prima Águeda a que pasara el día con nosotros, y mi prima llegaba con un contradictorio prestigio de almidón y de temible luto ceremonioso. Águeda aparecía, resonante de almidón, y sus ojos verdes y sus mejillas rubicundas me protegían contra el pavoroso luto… Yo era rapaz y conocía la o por lo redondo, y Águeda que tejía mansa y perseverante en el sonoro corredor, me causaba calosfríos ignotos… (Creo que hasta le debo la costumbre heroicamente insana de hablar solo). A la hora de comer, en la penumbra quieta del refectorio, me […]

LLEGASTE a mí directamente del Levante. Me traías, pastor de cabras, tu inocencia arrugada, la escolástica de viejas páginas, un olor a Fray Luis, a azahares, al estiércol quemado sobre los montes, y en tu máscara la aspereza cereal de la avena segada y una miel que medía la tierra con tus ojos. También el ruiseñor en tu boca traías. Un ruiseñor manchado de naranjas, un hilo de incorruptible canto, de fuerza deshojada. Ay, muchacho, en la luz sobrevino la pólvora y tú, con ruiseñor y con fusil, andando bajo la luna y bajo el sol de la batalla. Ya […]

Aparceló su corazón en diez tremendos corazones y los trasladó por el río bueno de sus brazos hasta ese mar de madera y cuerdas que resuena en la luna hueca de su centro. Será por eso que las yemas de sus dedos y sus uñas -armaduras sensibles- Laten, gritan, lloran, ríen… Ya no distingo cuerpos, formas, sólo siento a Miguel, madera nuestra.

Cuando no reste ya ni un solo grano de mi existencia en el reloj de arena, al conducir mi gélido cadáver, no olvidéis esta súplica postrera: no lo encerréis en los angostos nichos que llenan la pared formando hileras, que en la lóbrega, angosta galería jamás el sol de mi país penetra. El campo recorred del cementerio, y en el suelo cavad mi pobre huesa; que el sol la alumbre y la acaricie el aura, y que broten allí flores y hierbas. Que yo pueda sentir, si allí se siente, a mi alrededor y sobre mí, muy cerca, el vivo […]