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Mi tristeza es un mar; tiene su bruma que envuelve densa mis amargos días; sus olas son de lágrimas; mi pluma está empapada en ellas, hijas mías. Vosotras sois las inocentes flores nacidas de ese mar en la ribera; la sorda tempestad de mis dolores sirve de arrullo a vuestra edad primera. Nací para luchar; sereno y fuerte cobro vigor en el combate rudo; cuando pague mi audacia con la muerte, caeré cual gladiador sobre mi escudo. Llévenme así a vosotras; de los hombres ni desdeño el poder ni el odio temo; pongo todo mi honor en vuestros nombres y […]

Cumpliendo con mi oficio piedra con piedra, pluma a pluma, pasa el invierno y deja sitios abandonados, habitaciones muertas: yo trabajo y trabajo, debo substituir tantos olvidos, llenar de pan las tinieblas, fundar otra vez la esperanza. No es para mí sino el polvo, la lluvia cruel de la estación, no me reservo nada sino todo el espacio y allí trabajar, trabajar, manifestar la primavera. A todos tengo que dar algo cada semana y cada día, un regalo de color azul, un pétalo frío del bosque, y ya de mañana estoy vivo mientras los otros se sumergen en la pereza, […]

A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo me bastan mis pensamientos. No sé qué tiene el aldea donde vivo y donde muero, que con venir de mí mismo, no puedo venir más lejos. Ni estoy bien ni mal conmigo; mas dice mi entendimiento que un hombre que todo es alma está cautivo en su cuerpo. Entiendo lo que me basta, y solamente no entiendo cómo se sufre a sí mismo un ignorante soberbio. De cuantas cosas me cansan, fácilmente me defiendo; pero no puedo guardarme de los peligros de un necio. Él dirá que yo […]

¡Ah, Miss X, Miss X: 20 años! Blusas en las ventanas, los peluqueros lloran sin tu melena -fuego rubio cortado-. ¡Ah, Miss X, Miss X sin sombrero, alba sin colorete, sola, tan libre, tú, en el viento! No llevabas pendientes. Las modistas, de blanco, en los balcones, perdidas por el cielo. -¡A ver! ¡Al fin! ¿Qué? ¡No! Sólo era un pájaro, no tú, Miss X niña. El barman, ¡oh, qué triste! (Cerveza. Limonada. Whisky. Cocktail de ginebra.) Ha pintado de negro las botellas. Y las banderas, alegrías del bar, de negro, a media asta. ¡Y el cielo sin girar tu […]

"¿Qué son las fuentes en que el oro brilla, y el mármol de colores, a par del Nilo, y de esta verde orilla esmaltada de…

Crece el insano ardor, crece el engaño del que en las aguas vio su imagen bella; y él, sola causa en su mortal querella, busca el remedio y acrecienta el daño. Vuelve a verse en la fuente ¡caso extraño!: del’agua sale el fuego; mas en ella templarlo piensa, y la enemiga estrella sus ojos cierra al fácil desengaño. Fallecieron las fuerzas y el sentido al ciego amante amado, que a su suerte la costosa beldad cayó rendida. Y ahora, en flor purpúrea convertido, l’agua, que fue principio de su muerte, hace que crezca, y prueba a darle vida.

Los pensionistas hablan de trombosis en los autobuses o aguardan el final en los bancos de los parques públicos entre mierda de palomas y jeringas ensangrentadas, o me paran en la calle ante escaparates llenos de electrodomésticos para preguntarme la hora e interesarse por la raza de mi perro. Son las cinco de la tarde y todo en la ciudad apesta a muerte. Sé que es inútil. Llegar a casa, ponerme aquí delante y redactar quince o veinte líneas, qué más da, esta especie de salvoconducto a ninguna parte.

No viéramos el rostro al padre Eterno alegre, ni en el suelo al Hijo amado quitar la tiranía del infierno, ni el fiero Capitán encadenado; viviéramos en llanto sempiterno, durara la ponzoña del bocado, serenísima Virgen, si no hallara tal Madre Dios en vos donde encarnara. Que aunque el amor del hombre ya había hecho mover al padre Eterno a que enviase el único engendrado de su pecho, a que encarnando en vos le reparase, con vos se remedió nuestro derecho, hicistes nuestro bien se acrecentase, estuvo nuestra vida en que quisistes, Madre digna de Dios, y ansí vencistes. No […]

En vez, Señora, del cristal luciente, Licores nabateos espirante, Los faroles, ya luces de Levante, Las banderas, ya sombras de Occidente. Las fuerzas litorales, que a la frente Eran de África gémino diamante, Tanto disimulado al fin turbante Con generosidad expulsó ardiente, Votos de España son, que hoy os consagra Sufragios de Filipo: a cuya vida Aun los siglos del Fénix sean segundos. Fiebre, pues, tantas veces repetida Perdone al que es católica bisagra, Para más gloria vuestra, de ambos mundos.

En esta encrucijada, flageada por vientos de dos ríos que despeinan la calle y la avenida, pisoteada su negrura por gaviotas de luz, descienden las palabras a mi mano, picotean los granos de rocío, buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas. Siempre aspiré a que mis palabras, las que llevo al papel, continuasen llorando -de pena, de felicidad, de desesperanza, al fin, todo es lo mismo-, porque yo las había llorando antes; antes de que desembocasen en el papel blanquísimo, en el papel deshabitado, que es el morir. Dejarían en él los ecos asordados, empañados, de lo que tuvo […]

Yo ya no lloro, excepto por aquello que algún día me hizo llorar: los aviones que proclamaban que todo había terminado; la estación amarilla diluida en la noche en la que coincidían, tan sólo unos instantes, el tren que partía hacia el norte y el que partía hacia el oeste y jamás volverían a encontrarse; y la voz de Juan Rulfo: ‘diles que no me maten’; y la malagueña canaria; y la niña mendiga de Lisboa que me pidió un ‘besiño’. Yo ya no lloro. Ni siquiera cuando recuerdo lo que aún me queda por llorar.