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No son más silenciosos los espejos ni más furtiva el alba aventurera; eres, bajo la luna, esa pantera que nos es dado divisar de lejos. Por obra indescifrable de un decreto divino, te buscamos vanamente; más remoto que el Ganges y el poniente, tuya es la soledad, tuyo el secreto. Tu lomo condesciende a la morosa caricia de mi mano. Has admitido, desde esa eternidad que ya es olvido, el amor de la mano recelosa. En otro tiempo estás. Eres el dueño de un ámbito cerrado como un sueño.

Región de manos sucias de pinceles sin pelo de niños boca abajo de cepillos de dientes Zona donde la rata se ennoblece y hay banderas innúmeras y cantan himnos y alguien te prende, hijo de puta, una medalla sobre el pecho Y te pudres lo mismo.

Como galeón de izadas banderolas que arrastra de la mar por los eriales su vientre hinchado de oro y de corales, con rumbo hacia las playas españolas, y, al arrojar el áncora en las olas del puerto ansiado, ve plagas mortales despoblar los vetustos arrabales vacío el muelle y las orillas solas; así al tornar de costas extranjeras, cargado de magnánimas quimeras, a enardecer tus compañeros bravos, hallas sólo que luchan sin decoro espíritus famélicos de oro imperando entre míseros esclavos.

Érase un hombre a una nariz pegado, Érase una nariz superlativa, Érase una alquitara medio viva, Érase un peje espada mal barbado; Era un reloj de sol mal encarado. Érase un elefante boca arriba, Érase una nariz sayón y escriba, Un Ovidio Nasón mal narigado. Érase el espolón de una galera, Érase una pirámide de Egito, Los doce tribus de narices era; Érase un naricísimo infinito, Frisón archinariz, caratulera, Sabañón garrafal morado y frito.

Me arrancaré, mujer, el imposible amor de melancólica plegaria, y aunque se quede el alma solitaria huirá la fe de mi pasión risible. Iré muy lejos de tu vista grata y morirás sin mi cariño tierno, como en las noches del helado invierno se extingue la llorosa serenata. Entonces, al caer desfallecido con el fardo de todos mis pesares, guardaré los marchitos azahares entre los pliegues del nupcial vestido.

A un infierno de estrellas han lanzado ese mar que enterrara su talento. Porque al siervo cobró su trigo el viento: crujiendo dientes rueda y condenado. Yo, en un fruto lloroso me he salvado de maldición a higuera sin lamento; más retumba, como un inmenso viento, mi larga sangre en él, que está enclaustrado. Bebe, hijo, de esa hiel. Mi honda, mi dura cruz eres, y te calca, y te asegura tu semilla de sangre sepultada. Bebe, otra vez, y sal hacia la estrella del fruto aquel de maldición, de aquella que he sido en ti, cuando no soy en […]

Sobre la mesa el libro escrito en esa edad que, al comparar, siempre nos parecemos al más bello. Tiempo el tuyo de sensaciones, cuando todo huele a mañana y es hermoso. Tus palabras, contrarias al destino, detienen la esperanza, siembran oscuridades. Yo invoco de nuevo la alegría, el sencillo vivir entre las cosas.

Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!, menos bien las estudias que las vendes; lo que te compran solamente entiendes; más que Jasón te agrada el Vellocino. El humano derecho y el divino, cuando los interpretas, los ofendes, y al compás que la encoges o la extiendes, tu mano para el fallo se previno. No sabes escuchar ruegos baratos, y sólo quien te da te quita dudas; no te gobiernan textos, sino tratos. Pues que de intento y de interés no mudas, o lávate las manos con Pilatos, o, con la bolsa, ahórcate con Judas.

Yacen de un home en esta piedra dura El cuerpo yermo y las cenizas frías: Médico fue, cuchillo de natura, Causa de todas las riquezas mías. Y ahora cierro en honda sepultura Los miembros que rigió por largos días; Y aun con ser Muerte yo, no se la diera, Si dél para matarle no aprendiera.

Entre la espuma y la marea se levanta su espalda cuando la tarde ya iba cayendo sola. Tuve sus ojos negros, como hierbas, entre las conchas brunas del Pacífico. Tuve sus labios finos como una sal hervida en las arenas. Tuve, en fin, su barbilla de incienso bajo el sol. Un muchacho del mundo sobre mí y los cantares de la Biblia modelaron sus piernas, sus tobillos y las uvas del sexo y los himnos pluviales que ancen de su boca envolviéndonos si como a dos nautas enlazados al velamen incierto del amor. Entre sus brazos, vivo. Entre sus brazos […]