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Domine, si tu es, iube me venire ad te super aquas. Mateo XIV, 28 Parecía cosa fácil repetir el prodigio en aquella noche signada de gracia poderosa, cosa fácil vencer la lógica y las fuerzas con que se rigen el mar y el turbión que azotaba las naves. Pero no era tiempo aún sobre las islas, ni era acabado el misterioso aprendizaje. Y ese sendero que en la noche aquella no pudimos caminar, ya no volveríamos nunca a caminarlo, ya nunca el mar su ruta nos ofrecería, ni la tempestad sus turbiones. Y sin embargo, ¿no fue en adelante nuestra […]

En los veranos rojos, cuando a los mediodías desata los bozales de sus perros el sol, ¿quién no gozó tu abrigo, quién ignoró las pías frescuras que derrama tu inmenso parasol? ¿Quién, en el sueño rosa del minuto romántico, no, tembloroso y pálido, se detuvo al pasar bajo tu fronda amiga, para esparcir el cántico del beso en el propicio sortilegio lunar? ¿Qué anhelo, mozo y fuerte, no se prendió a una falda errante por tus claros senderos de esmeralda? ¿O qué infantiles pasos no fueron por tu alfombra tras el fugaz insecto de alas de rosicler? El grande y […]

Yo he sido las sombras de todos esos condenados. A mí, todos los horrores de este círculo. Yo fui más allá de las cenizas y fui el perfume que se dilapida entre sedas. Fui quien enloquece por un cuerpo tibio y luego cae desde la torre al escarnio. Soy las lágrimas que vierten los penitentes, el futuro malbaratado por el cielo fugaz de una rosa abierta, el que perfuma la tarde y sus cenizas.

Todo el proscenio fuera de Rijmenam, por todas partes salpicones, proyectil de flores taladradoras, luminosas, sacacorchos hecho de estallido tras estallido, cielo lleno de piel restallante, salpicadura de sangre. Bala, cohete, misil, alto, más alto, altísimo, a codazos y patadas encarna estridentemente el cliché: combate es la vida. En verdad, no sirve para nada. Después se hace el silencio en Rijmenam y todo el proscenio se hunde en las tinieblas, el sol se quema, el universo se encoge hacia el nuevo big bang y nadie después, nadie sabrá si alguna vez ha existido Rijmenam aquí, o Tierra, o sistema solar, […]

soy un álgebra confusa un sabio tirado en la esquina bebiendo su química de quemadura soy el espectro, alado que hiere las hojas con una punta (es el AVISPÓN AZUL que ama las margaritas como loco y suspira en su triste embudo invocando a musas y duendes para el verano)

Allí estaba entre ramas. Sigilosa. Oscura sobre el blanco de la cal. Luego, corriendo en la cornisa. Luego, el cerco de su ojo, amarillo en la sombra, saliendo del macizo. Y allí, otra vez, los dos, con las manos cogidas, sabiendo que una rata sola no hace septiembre, mirándonos perplejos.

Andar al bosque como quien va a ninguna parte. Bajo un cielo limpio de nubes. El bosque puede estar dentro -o fuera, en la mutable dinastía del viento- Llegar como quien ya estaba, antes de la herida, como quien nunca ha salido y fluye con su sangre en el deseo, del brazo de su muerte propia. En su primera visitación el ángel tomó la arboleda por gua- rida. Hoy habita bajo la corteza del chopo, cansado de esperar. Su mensaje es el cielo repartido .

Ah los amores cobardes Son como las canciones finlandesas: deben tener su encanto. Amables instruidos a veces hasta conversan. Reciben los miércoles de 7 a 10 y descansan los fines de semana. Guardianes de la cordura piensan que hacen el bien y son inteligentes porque son incapaces. Ah los amores cobardes con su carga de bienes gananciales y esposas indefensas. Se asoman a los balcones de la vida ven pasar a los locos y no saben. Ah los amores cobardes que no llegan a amores que se quedan que se quedan definitivamente allí.

¡Qué difícil es unir el tiempo de frutecer con el tiempo de sembrar! (El mundo jira que jira, ruedas que nunca se unen en una rueda total) ¡Un solo día de vida, un día completo y todo, que no se acabe jamás!

"Los sacerdotes egipcios fueron nuestros últimos testigos; perduró la leyenda por boca de Platón. Nueve anillos de agua y nueve de tierra, y de anillo…

Entré en la casa blanca con mi incierta llave de cristal frío, la memoria. Se mecía el toldo sobre el patio como un jirón de niebla. Se mecía el caballo -qué roto- de cartón en el cuarto de juego. Y nada era nítido allí ni vago, pues los ojos miran con lente propia los dominios del cadáver del tiempo, y nada para el ojo es tan real como la nada, esa nada que vuela como un ave enjaulada por la casa vacía, llena de eternidad agonizante. La vida que allí estuvo no parece sino una densidad de desamparo ante la […]