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"Me acosté sin cenar, y aquella noche soñé que te comía el corazón. Supongo que sería por el hambre. Mientras yo devoraba aquella fruta, que…

Señor, matadme, si queréis. (Pero, señor, ¡no me matéis!) Señor dios, por el sol sonoro, por la mariposa de oro, por la rosa con el lucero, los corretines del sendero, por el pecho del ruiseñor, por los naranjales en flor, por la perlería del río, por el lento pinar umbrío, por los recientes labios rojos de ella y por sus grandes ojos… ¡Señor, Señor, no me matéis! (…Pero matadme, si queréis)

Viens-tu du ciel profond ou sors-tu de I´abime O beauté? Charles Baudelaire Hojas de parra recorren tu espalda. Descienden insinuantes tentadoras. Se detienen justo donde dos colinas alucinan embriagan. A distancia no se puede vencer tanta belleza.

La muerte del viejo surrealista se logra con un trazo firme seguro una línea gruesa que la divide en formas grises de sólidas filosofías cubistas y lo desperdiga luego en cientos de hojas ocres sobre los Santos Lugares su tierra pequeña al lado del cielo siena de Saenz Peña. Se le dice al oído que su amor está enterrado en ataúd de mimbre con esencias perfumadas por siempre y que por él que va hacia ahí no habrá plañideras ni lunas rojas ni miradas amarillas ni juegos de naipes taimados mortales. La muerte del viejo surrealista se continuará en la […]

Ceñida, si asombrada no, la frente De una y otra verde rama obscura, A los pinos dejando de Segura Su urna lagrimosa, en son doliente, Llora el Betis, no lejos de su fuente, En poca tierra ya mucha hermosura: Tiernos rayos en una piedra dura De un sol antes caduco que luciente. ¡Cuán triste sobre el pórfido se mira Casta Venus llorar su cuarta gracia, Si lágrimas las perlas son que vierte! ¡Oh Antonio, oh tú del músico de Tracia Prudente imitador! Tu dulce lira Sus privilegios rompa hoy a la muerte.

¡Oh, de alto valor, de virtud rara Sacro esplendor, en toda edad luciente, Cuya fama los términos de Oriente Ecos los hace de su trompa clara! Vuestro cayado pastoral, hoy vara, Dará flores, y vos gloriosamente, Del pellico a la púrpura ascendiente, Subiréis de la mitra a la tiara. No es voz de fabulosa deidad ésta, Consultada en oráculo profano, Sino de la razón muda respuesta. Deja su urna el Betis, y lozano Cuantos engendra toros la floresta Por vos fatiga el hábito africano.

Árbol de cuyos ramos fortunados Las nobles moras son quinas reales, Teñidas en la sangre de leales Capitanes, no amantes desdichados; En los campos del Tajo más dorados Y que más privilegian sus cristales, A par de las sublimes palmas sales, Y más que los laureles levantados. Gusano, de tus hojas me alimentes, Pajarilla, sosténganme tus ramas, Y ampáreme tu sombra, peregrino. Hilaré tu memoria entre las gentes, Cantaré enmudeciendo ajenas famas, Y votaré a tu templo mi camino.

No entre las flores, no, señor don Diego, De vuestros años, áspid duerma breve El ocio, salamandria más de nieve Que el vigilante estudio lo es de fuego: De cuantas os clavó flechas el ciego, A la que dulce más la sangre os bebe Hurtadle un rato alguna pluma leve, Que el aire vago solicite luego. Quejáos, señor, o celebrad con ella Del desdén, el favor de vuestra dama, Sirena dulce si no esfinge bella. Escribid, que a más gloria Apolo os llama: Del cielo la haréis tercero estrella, Y vuestra pluma vuelo de la Fama.

Un culto Risco en venas hoy suaves Concetüosamente se desata, Cuyo néctar, no ya líquida plata, Hace canoras aun las piedras graves. Tú, pues, que el pastoral cayado sabes Con mano administrar al cielo grata, De vestir, digno, manto de escarlata, Y de heredar a Pedro en las dos llaves, Éste, si numeroso dulce, escucha, Torrente, que besar desea la playa De tus ondas, oh mar, siempre serenas. Si armonïoso leño silva mucha Atraer pudo, vocal Risco atraya un Mar, dones hoy todo a sus arenas.

Consagróse el seráfico Mendoza, Gran dueño mío, y con invidia deja Al bordón flaco, a la capilla vieja, Báculo tan galán, mitra tan moza. Pastor que una Granada es vuestra choza, Y cada grano suyo vuestra oveja, Pues cada lengua acusa, cada oreja, La sal que busca, el silbo que no goza, Sílbelas desde allá vuestro apellido, Y al Genil, que esperándoos peina nieve, No frustéis más sus dulces esperanzas; Que sobre el margen, para vos florido, Al son alternan del cristal que mueve Sus ninfas coros, y sus faunos, danzas.

Claro cisne del Betis que, sonoro y grave, ennobleciste el instrumento más dulce, que ilustró músico acento, bañando en ámbar puro el arco de oro, a ti lira, a ti el castalio coro debe su honor, su fama y su ornamento, único al siglo y a la envidia exento, vencida, si no muda, en tu decoro. Los que por tu defensa escriben sumas, propias ostentaciones solicitan, dando a tu inmenso mar viles espumas. Los ícaros defienda, que te imitan, que como acercan a tu sol las plumas de tu divina luz se precipitan.

Generoso esplendor, sino luciente, No sólo es ya de cuanto el Duero baña Toro, mas del Zodíaco de España, Y gloria vos de su murada frente. ¿Quién, pues, región os hizo diferente Pisar amante? Mal la fuga engaña Mortal saeta, dura en la montaña, Y en las ondas más dura de la fuente: De venenosas plumas os lo diga Corcillo atravesado. Restituya Sus trofeos el pie a vuestra enemiga. Tímida fiera, bella ninfa huya: Espíritu gentil, no sólo siga, Mas bese en el arpón la mano suya.