Clara fuente de luz, nuevo y hermoso, rico de luminarias, patrio Cielo, casa de la verdad sin sombra o velo, de inteligencias ledo, almo reposo: ¡oh cómo allá te estás, cuerpo glorioso, tan lejos del mortal caduco velo, casi un Argos divino alzado a vuelo, de nuestro humano error libre y piadoso! ¡Oh patria amada!, a ti sospira y llora esta en su cárcel alma peregrina, llevada errando de uno en otro instante; esa cierta beldad que me enamora suerte y sazón me otorgue tan benina que, do sube el amor, llegue el amante.
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12,749 poemasAl compás del socabón con décimas del Perú, conserva la tradición Nicomedes Santa Cruz. I Durante el siglo pasado Y comienzos del presente Era cosa muy frecuente Un cantar improvisado: Décimas de Pie forzado Le llamaba la afición, Y sólo en nuestra nación La Décima o Espinela Se acompañó con la vihuela al compás del socabón. II Una glosa la interpretan cuatro décimas o pies, el verso número diez es uno de la cuarteta; y sin ser un gran poeta ni nacer con tal virtud con gusto y solicitud en esas noches de invierno puede llenarse un cuaderno con Décimas […]
Florido en años, en prudencia cano, Riberas del Sebeto, río que apenas Obscurecen sus aguas sus arenas, Gran freno moderó tu cuerda mano; Donde mil veces escuchaste en vano Entre los remos y entre las cadenas, No ya ligado al árbol, las sirenas Del lisonjero mar napolitano. Quede en mármol tu nombre esclarecido, Firme a las ondas, sordo a su armonía, Blasón del tiempo, escollo del olvido, Oh Águila de Castro, que algún día Será para escribir tu excelso nido Un cañón de tus alas pluma mía.
Llegué a este Monte fuerte, coronado De torres convecinas a los cielos, Cuna siempre real de tus abuelos, Del Reino escudo, y silla de su estado. El templo vi a Minerva dedicado, De cuyos geométricos modelos, Si todo lo moderno tiene celos, Tuviera invidia todo lo pasado. Sacra erección de príncipe glorioso, Que ya de mejor púrpura vestido Rayos ciñe de luz, estrellas pisa. ¡Oh, cuánto deste monte imperioso Descubro! Un mundo veo. Poco ha sido, Que seis orbes se ven en tu divisa.
Las que a otros negó piedras Oriente, Émulas brutas del mayor lucero, Te las expone en plomo su venero, Si ya al metal no atadas más luciente. Cuanto en tu camarín pincel valiente, Bien sea natural, bien extranjero, Afecta mudo voces, y parlero Silencio en sus vocales tintas miente. Miembros apenas dio al soplo más puro Del viento su fecunda madre bella, Iris, pompa del Betis, sus colores; Que fuego él espirando, humo ella, Oro te muerden en su freno duro, Oh esplendor generoso de señores.
En vez de las Helíades, ahora Coronan las Pïérides el Pado, Y tronco la más culta levantado, Suda electro en los números que llora. Plumas vestido ya las aguas mora Apolo, en vez del pájaro nevado Que a la fatal del Joven fulminado Alta rüina, voz debe canora. ¿Quién, pues, verdes cortezas, blanca pluma Les dio? ¿Quién de Faetón el ardimiento, A cuantos dora el Sol, a cuantos baña Términos del océano la espuma, Dulce fía? Tú métrico instrumento, Oh Mercurio del Júpiter de España.
Gaspar, si enfermo está mi bien, decidle que yo tengo de amor el alma enferma, y en esta soledad desierta y yerma, lo que sabéis que paso persuadilde. Y para que el rigor temple, advertilde que el médico también tal vez enferma, y que segura de mi ausencia duerma, que soy leal cuanto presente humilde. Y advertilde también, si el mal porfía, que trueque mi salud y su accidente, que la tengo el alma se la envía. Decilde que del trueco se contente, mas ¿para qué le ofrezco salud mía? Que no tiene salud quien está ausente.
"Si pudiera salir de la oscuridad Porque la voz que anima Y el salto lujurioso que ensancha mi pecho No es normal Si también pudiera…
Mis albarcoques sean de Toledo, Cultísimo Doctor; lo damasquino A un alfanje se quede sarracino, Que en albarcoques aun le tengo miedo. Vengan (aunque es la voz antigua) cedo, No a manos del señor don Bernardino, Que por negarle un cuesco al más vecino, Degollaré sin cadahalso un pedo. Si espiró el cigarral, barbo luciente Supla las frutas de que se corona, Cuando no anguila que sus tactos miente: De parte de don Luis se les perdona La calidad de entre una y otra puente, Como sean del golfo de Narbona.
"Oigo, patria, tu aflicción, y escucho el triste concierto que forman tocando a muerto, la campana y el cañón; sobre tu invicto pendón miro flotantes…
Oh marinero, tú que, cortesano, Al Palacio le fías tus entenas, Al Palacio Real, que de Sirenas Es un segundo mar napolitano, Los remos deja, y una y otra mano De las orejas las desvía apenas; Que escollo es, cuando no sirte de arenas, La dulce voz de un serafín humano. Cual su acento, tu muerte será clara Si espira suavidad, si gloria espira Su armonía mortal, su beldad rara. Huye de la que, armada de una lira, Si rocas mueve, si bajeles para, Cantando mata al que matando mira.
Hacia el de la generosidad y la gloria fueron mis cabalgaduras, desde lejos, abrasadas por el fuego del mediodía, para que repare mis quebrantos, pues es el mejor reparador, y para que me proteja del señor de la injusticia, Yabir. Mis hijos sin padre y yo estamos en sus manos, como pájaros en las garras de un águila. Mucho merezco que de mí se diga que estoy aterrada por la muerte de al-Hakam que era mi valedor; ¡caiga sobre él la lluvia! Si viviese, el destino feroz no me hubiese entregado a la ferocidad de un poderoso. ¿Conseguirá Yabir borrar […]