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Si tu amor busco a solas, entregado a un éxtasis errante y sin conciencia, no sé qué resplandor de adolescencia unge mi piel, ya siempre a tu cuidado. Mi boca acerco a tu rumor nevado, purísimo sabor de tu presencia, espuma dulce para mi dolencia de soledad, al sol de tu costado. No sé a qué paraíso de indolentes me llevas o nos llevan así unidos, tu desnudo y mi sombra a la deriva. Sólo sé que tus labios transparentes hoy se entreabren dulces y vencidos al paso de mi sangre fugitiva.

Alta esperanza, gloria del estado, No sólo de Ayamonte mas de España, Si quien me da su lira no me engaña, A más os tiene el cielo destinado. De vuestra Fama oirá el clarín dorado, Émulo ya del Sol, cuanto el mar baña; Que trompas hasta aquí han sido de caña Las que memorias han solicitado. Alma al tiempo dará, vida a la historia Vuestro nombre inmortal ¡oh digno esposo De beldad soberana y peregrina! Corónense estos muros ya de gloria, Que serán cuna y nido generoso De sucesión real, si no divina.

Clarísimo Marqués, dos veces claro, Por vuestra sangre y vuestro entendimiento, Claro dos veces otras, y otras ciento Por la luz, de que no me sois avaro, De los dos soles que el pincel más raro Dio de su luminoso firmamento A vuestro seno ilustre (atrevimiento Que aun en cenizas no saliera caro); ¿Qué águila, señor, dichosamente La región penetró de su hermosura Por copiaros los rayos de su frente? Cebado vos los ojos de pintura, En noche camináis, noche luciente, Que mal será con dos soles obscura.

Volvió al mar Alción, volvió a las redes De cáñamo, excusando las de hierro; Con su barquilla redimió el destierro, Que era desvío y parecía mercedes. Redujo el pie engañado a las paredes De su alquería, y al fragoso cerro Que ya con el venablo y con el perro Pisa Lesbín, segundo Gaminedes: Gallardo hijo suyo, que los remos Menospreciando con su bella hermana, La montería siguen importuna, Donde la Ninfa es Febo y es Diana, Que en sus ojos del Sol los rayos vemos, Y en su arco los cuernos de la Luna.

Vencidas de los Montes Marïanos Las altas cumbres, con rigor armadas De calvos riscos, de hayas levantadas, Cunas inaccesibles de milanos, Y el río que a piratas africanos Espadañas opone en vez de espadas, Testigos son las torres coronadas De Lepe, cuando no lo sean los llanos. Pisado el yugo al Tajo y sus espumas, Que salpicando os dorarán la espuela, El nido venerad humildemente Del Fénix hoy que reinos son sus plumas. ¿Qué mucho si el Oriente es, cuando vuela, Una ala suya, y otra el Occidente?

Con razón, gloria excelsa de Velada. Te admira Europa, y tanto, que celoso Su robardor mentido pisa el coso, Piel este día, forma no alterada. Buscó tu fresno, y extinguió tu espada En su sangre su espíritu fogoso: Si de tus venas ya lo generoso Poca arena dejó calificada. Lloró su muerte el Sol, y del segundo Lunado signo su esplendor vistiendo, A la satisfacción se disponía; Cuando el monarca deste y de aquel mundo Dejar te mandó el circo, previniendo No acabes dos planetas en un día.

Fuego sagrado tú enviudé con astucia y placebo Neo-cerbatánico escupo monogramas endilgo inagotables iniciales lacro por lo que dure esta disipación tartamuda de linajes y otras señas Estamos en la niebla de paso reprimo besos y te invento bondadosamente Contigo tomate partido al medio y milanesa partida al medio y huevo duro por la mitad: sensorium y perceptum: tú del pan lactal yo, de las cebollitas de verdeo Aire en grumos siendo desalojado de mi pecho: chamusca, carajo, la niebla sin embargo.

Al mediodía, las ásperas magnolias y las peras, los topacios con patas y con alas; azucenones, claros, rojos, semiabiertos; la casa de siempre, el patio familiar, parecían el paraíso, por el brillo de las ramas, los racimos, las estrellas en las hojas, cuyas figuras de cinco picos se reflejaban por los suelos. Y el bebé con sus plumas. No se sabía si era niño o era niña. El bebé entre las cremas. Blanco, celeste, color rosa. Si era mujer o era hombre. El bebé entre sus tules, sus claras y sus yemas, las ‘coronas de novia’. El deseo estuvo, allí, […]

Ser pudiera tu pira levantada, De aromátcos leños construida, Oh Fénix en la muerte, si en la vida Ave, aun no de sus pies desengañada. Muere en quietud dichosa y consolada A la región asciende esclarecida, Pues de más ojos que desvanecida Tu pluma fue, tu muerte es hoy llorada. Purificó el cuchillo, en vez de llama, Tu ser primero, y glorïosamente De su vertida sangre renacido, Alas vistiendo, no de vulgar fama, De cristiano valor sí, de fe ardiente, Más deberá a su tumba que a su nido.

Excelso monte do el romano estrago eterna mostrará vuestra memoria; soberbios edificios do la gloria aún resplandece de la gran Cartago; desierta playa, que apacible lago lleno fuiste de triunfos y victoria; despedazados mármoles, historia en quien se ve cuál es del mundo el pago; arcos, anfiteatros, baños, templo, que fuistes edificios celebrados y agora apenas vemos las señales; gran remedio a mi mal es vuestro ejemplo: que si del tiempo fuistes derribados, el tiempo derribar podrá mis males.

Este monte de cruces coronado, Cuya siempre dichosa excelsa cumbre Espira luz y no vomita lumbre, Etna glorioso, Mongibel sagrado, Trofeo es dulcemente levantado, No ponderosa grave pesadumbre, Para oprimir sacrílega costumbre De bando contra el cielo conjurado. Gigantes miden sus ocultas faldas, Que a los cielos hicieron fuerza, aquella Que los cielos padecen fuerza santa. Sus miembros cubre y sus reliquias sella La bien pasada tierra. Veneradlas Con tiernos ojos, con devota planta.