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Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido: yo porque tú eras lo que yo más amaba y tú porque yo era el que te amaba más. Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo: porque yo podré amar a otras como te amaba a ti pero a ti no te amarán como te amaba yo.

El tribunal es alto, final y sin fronteras. Sensible a las variaciones del azar como la nube o como el fuego, registra cada trazo que se inscribe sobre los territorios insomnes (del destino. De un margen de la noche a otro confín, del permiso a la culpa, dibujo con mi propia trayectoria la escritura fatal, el ciego testimonio. Retrocesos y avances, inmersiones y vuelos, suspensos y caídas componen ese texto cuya ilación se anuda y desanuda con las (vacilaciones, se disimula con la cautela del desvío y del pie sobre el vidrio, se interrumpe y se pierde con cada sobresalto […]

Al pie de un roble escarchado donde Belardo el amante desbarató un tosco nido que habían tejido las aves, de breves pasadas glorias, de presentes largos males, así se queja diciendo: quien tal hace, que tal pague. La bella Filis un día, al tiempo que el sol esparce sus rayos por todo el suelo, dorando montes y valles, sintiendo que el corazón se le divide en dos partes, así el [lo] mesmo decía: quien tal hace, que tal pague. Hice a los desdenes guerra, guerra desdenes me hacen; maté a Belardo con celos, celos es bien que me maten. No […]

El pie del niño aún no sabe que es pie, y quiere ser mariposa o manzana. Pero luego los vidrios y las piedras, las calles, las escaleras, y los caminos de la tierra dura van enseñando al pie que no puede volar, que no puede ser fruto redondo en una rama. El pie del niño entonces fue derrotado, cayó en la batalla, fue prisionero, condenado a vivir en un zapato. Poco a poco sin luz fue conociendo el mundo a su manera, sin conocer el otro pie, encerrado, explorando la vida como un ciego. Aquellas suaves uñas de cuarzo, de […]

Discípulo de Apeles, si tu pincel hermoso empleas por capricho en este feo rostro, no me pongas ceñudo, con iracundos ojos, en la diestra el estoque de Toledo famoso, y en la siniestra el freno de algún bélico monstruo, ardiente como el rayo, ligero como el soplo; ni en el pecho la insignia que en los siglos gloriosos alentaba a los nuestros, aterraba a los moros; ni cubras este cuerpo con militar adorno, metal de nuestras Indias, color azul y rojo; ni tampoco me pongas, con vanidad de docto, entre libros y planos, entre mapas y globos. Reserva esta pintura […]

Poco después que su cristal dilata, Orla el Dauro los márgenes de un Soto, Cuyas plantas Genil besa devoto, Genil, que de las nieves se desata. Sus corrientes por él cada cual trata Las escuche el Antípoda remoto, Y el culto seno de sus minas roto, Oro al Dauro le preste, al Genil plata. Él, pues, de rojas flores coronado, Nobles en nuestra España por ser Rojas, Como bellas al mundo por ser flores, Con rayos dulces mil de Sol templado Al mirto peina, y al laurel las hojas, Monte de musas ya, jardín de amores.

ODA ¡Dó estás! ¡Por qué te ocultas con pertinacia tanta, y en sudarios de hielo te sepultas, que dique ponen a la humana planta! ¡Acaso, al descubierto, en ti se apoya el sabio mecanismo, labrado por la mano de Dios mismo, al que imprimió perpetuo movimiento un leve soplo de su puro aliento! ¡Eres, por suerte, diamantina joya con que remata el eje de la tierra, y temes que, en su ardiente afán de robo, sobre ti caiga el hombre, como lobo que a la presa se aferra! ¡Surge en tu faz algún volcán de nieve, que, arrojando glacial lava […]

En tanto que el hoyo cavan a donde la cruz asienten, en que el Cordero levanten figurado por la sierpe, aquella ropa inconsútil que de Nazareth ausente labró la hermosa María después de su parto alegre, de sus delicadas carnes quitan con manos aleves los camareros que tuvo Cristo al tiempo de su muerte. No bajan a desnudarle los espíritus celestes, sino soldados que luego sobre su ropa echan suertes. Quitáronle la corona, y abriéronse tantas fuentes, que todo el cuerpo divino cubre la sangre que vierten. Al despegarle la ropa las heridas reverdecen, pedazos de carne y sangre salieron […]

Santo Domingo, febrero de 1962 (de las agendas cablegrafías internacionales): Mil quinientos marinos del portaviones ‘Intrepid’ desembarcaron aquí en viaje de descanso y esparcimiento. Yo sé que eres un triunfo de formidable acero, yo sé que tus marinos son muchos abejorros blancos de nudoso pañuelo, yo sé que por la línea que ronda tu cintura de hierro vaga una lengua azul que lame y acaricia tus entrañas de fuego, yo sé que por las ondas que muerden tus dos hélices huyen despavoridos los tiburones y los celentéreos, yo sé que cuando suenan tus públicos cañones huyen como palomas o gallaretas […]

Montaña inaccesible, opuesta en vano Al atrevido paso de la gente (O nubes humedezcan tu alta frente, O nieblas ciñan tu cabello cano), Caistro el mayoral, en cuya mano En vez de bastón vemos el tridente, Con su hermosa Silvia, Sol luciente De rayos negros, serafin humano, Tu cerviz pisa dura; y la pastora Yugo te pone de cristal, calzada Coturnos de oro el pie, armiños vestida. Huirá la nieve de la nieve ahora, O ya de los dos soles desatada, O ya de los dos blancos pies vencida.

Escondida debajo de tu armada, Gime la mar, la vela llama al viento, Y a las Lunas del Turco el firmamento Eclipse les promete en tu jornada. Quiere en las venas del Inglés tu espada Matar la sed al Español sediento, Y en tus armas el Sol desde su asiento Mira su lumbre en rayos aumentada. Por ventura la Tierra de envidiosa Contra ti arma ejércitos triunfantes, En sus monstruos soberbios poderosa; Que viendo armar de rayos fulminantes, O Júpiter, tu diestra valerosa, Pienso que han vuelto al mundo los Gigantes.