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Así, sire, en el aire de la Francia nos llega la paloma de plata de Suecia y de Noruega, que trae en vez de olivo una rosa de fuego. Un búcaro latino, un noble vaso griego recibirá el regalo del país de la nieve. Que a los reinos boreales el patrio viento lleve otra rosa de sangre y de luz españolas; pues sobre la sublime hermandad de las olas, al brotar tu palabra, un saludo le envía al sol de media noche el sol de Mediodía. Si Segismundo siente pesar, Hamlet se inquieta. El Norte ama las palmas; y se […]

Arrebatado y caudaloso río que riegas de mi pueblo las praderas, ¡quién pudiera llorar en tus riberas en la redonda luna al rayo frío! De noche en mi agitado desvarío me parece estar viendo tus palmeras, tus naranjos en flor y enredaderas, y tus lirios cubiertos de rocío. ¡Quién le diera tan sólo una mirada a la dulce y modesta casa mía, donde nací, como ave en la enramada! Pero tus olas ruedan en el día sobre las ruinas, ¡ay!, de esa morada, donde feliz en mi niñez vivía.

¡La espuma de tu rostro fugitivo, bello Torbes, dejástela en mis manos, y con el vuelo de tus saltos vanos coronas me tejiste y ramo altivo! ¡Oh, Torbes labrador! Margen furtivo entre angélicos campos ciudadanos; dulcífero galán que a los veranos de dulzura te fuiste, pensativo Joven Torbes de alzada vestimenta; voz de poder y magna cornamenta que muge por los campos su fragancia. ¡Celeste guardador de la frescura, doncel corriente, niño que perdura de pie junto al cadáver de mi infancia!

Paso a Nuestro Amo y Señor andas, lienzo y candelabros. Paso a Nuestro Salvador el Señor de los Milagros. La calle es un río humano por cuyo cauce, la gente muy acompasadamente camina desde temprano. “Avancen, avancen hermanos, no estorben al cargador…” grita el Capataz Mayor que las cuadrillas comanda. “Paso, que vienen las andas, paso a Nuestro Amo y Señor…” Por las calles se desborda aquel torrente morado; gimen los pies maltratados, la Fe permanece sorda. La multitud que lo aborda da marco al rey de los cuadros: Caídas y descalabros en aquella mar mulata, y cual velero de […]

Purpúreo creced, rayo luciente Del Sol de las Españas, que en dorado Ya trono el Tíber os verá sagrado Leyes dar algún día a su corriente. De coronas entonces vos la frente, Vuestro Padre de orbes coronado, Deba el mundo un redil, deba un cayado A vuestras llaves, a su espada ardiente. Creced a fines tan esclarecidos, Oh vos, a cuyo glorïoso manto Sombra son eritreos esplendores, Y en quien debidamente repetidos De vuestros dos se ven progenitores El nombre, lo católico, lo santo.

¡Oh Sol! Yo amé tu luz, yo amé tu fuego. Acarició en los trópicos mi frente tu roja lumbre, para mí clemente, y bienestar me dio, paz y sosiego. Hoy tus favores a pedir me niego, mi helado tronco tu calor no siente, tu rayo ofusca mi ojo deficiente… ¡Inicuo Sol, me estás dejando ciego! ¿Acaso te ofendí, porque tus galas y tu fulgor troqué por el estudio al brillo de la lámpara de Palas? ¿O porque de la Luna enamorado, a sus destellos pálidos, preludio los cánticos que tú me has inspirado?

Ya besando unas manos cristalinas, Ya anudándome a un blanco y liso cuello, Ya esparciendo por él aquel cabello Que Amor sacó entre el oro de sus minas, Ya quebrando en aquellas perlas finas Palabras dulces mil sin merecello, Ya cogiendo de cada labio bello Purpúreas rosas sin temor de espinas, Estaba, oh claro Sol invidïoso, Cuando tu luz, hiriéndome los ojos, Mató mi gloria y acabó mi suerte. Si el cielo ya no es menos poderoso, Por que no den los tuyos más enojos, Rayos, como a tu hijo, te den muerte.

Al son de los arroyuelos cantan las aves de flor en flor, que no hay más gloria que amor ni mayor pena que celos. Por estas selvas amenas al son de arroyos sonoros cantan las aves a coros de celos y amor las penas. Suenan del agua las venas, instrumento natural, y como el dulce cristal va desatando los yelos, al son de los arroyuelos cantan las aves de flor en flor, que no hay más gloria que amor ni mayor pena que celos. De amor las glorias celebran los narcisos y claveles; las violetas y penseles de celos no […]

Imagen espantosa de la muerte, sueño cruel, no turbes más mi pecho, mostrándome cortado el nudo estrecho, consuelo sólo de mi adversa suerte. Busca de algún tirano el muro fuerte, de jaspe las paredes, de oro el techo, o el rico avaro en el angosto lecho, haz que temblando con sudor despierte. El uno vea el popular tumulto romper con furia las herradas puertas, o al sobornado siervo el hierro oculto. El otro sus riquezas, descubiertas con llave falsa o con violento insulto, y déjale al amor sus glorias ciertas.

Al teclear me preparo para un nuevo dolor mis dedos postrados en la mayólica del aire van por la intransigente línea del tren Mis dedos enfadados con su instinto de dominación abiertos a los acertijos de un conductor que no soporta la espontaneidad de los saludos del otro sacudiéndose la arena que subrepticiamente los pelícanos robaron de la playa el sol que cargué en un sombrero de hojas de plátano y lancé al otro sol que corría en el capricho de las olas que incontrolables los muchachos en busca de consuelo pretenden civilizar Saltos equinos que hipnotizadas nubes conducen al […]