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¿Qué veo en esta mesa: tigres, Borges, tijeras, mariposas que no volaron nunca, huesos que no movieron esta mano, venas vacías, tabla insondable? Ceguera veo, espectáculo de locura veo, cosas que hablan solas por hablar, por precipitarse hacia la exigüidad de esta especie de beso que las aproxima, tu cara veo.

Si nombras este fuego, el límite es el margen, pero no se han quemado las hojas ni la pluma. Si nombras este llanto, no se moja la mesa ni se esfuma la tinta en lágrimas de luto. Pero si no clamaras al cielo, a grito abierto, un azote continuo de varillas metálicas arañará tu piel, sembrando arrugas. Si no dices amor, si no escribieras ni verdad ni alegría, no te quejes de que brote a tu lado una rosa encarnada y no sepas llamarla por su nombre.

"Que viajo Que pasa el tiempo. Que existe el agua y el hombre Que firman la paz Que no duermen Que chocan Que se preparan…

Entre un romper de olas descubro el monumento de la que fue poeta y ante todo mujer. La luz va declinando en apagarse lento y ya en el horizonte muere el atardecer. Como dulce canción me llegan con el viento las palabras de otrora, recuerdos del ayer, y todo cobra vida, mágico, en un momento, igual que si de nuevo hoy la volviera a ver. Me encuentro allá en la infancia junto a ella sentada, personaje irreal para mi ingenuo asombro, que apenas a nombrarla me resuelvo: «¡Alfonsina!» A mi débil susurro responde embelesada, acercando -amorosa- mi cabeza a su […]

Encontré el soneto sobre mi cama. Un olvido, aparentemente. Lo he leído a algunos amigos y me dicen que no lo publique, que en realidad no esmío, que no puede serlo, que lo será algún día… Aseguran que me estoy plagiando. ‘¿Admitirás que lo escribió ella?’, me preguntan. Ella. Ella. Ella. Ella. Ella. El eco es atroz. Pero el soneto es tan mío como siempre: ‘Algarabía cruel de los gemidos -dice el primer verso-, mi sombra acude -(¿Ven cómo si soy yo?) -. Fuga de los años. Recuento proverbial de mis engaños. pereza de la tumba. Mis latidos. (Hablo de […]

Posada en mi ombligo recuerdas el mar y al delfín chapoteando. Vestido con algas marinas emerjo para ofrendarte la florifundia que me nace. Adviertes su atrayente vaho. Hipnotizada la tomas para alucinar con ella.

Algo de ti, aun cambiado, queda conmigo. Viene con el mar, en el idioma extraño de personas que desconozco y sin embargo cada día me rodean, tras el repetido batir de lo vivo y el deseo de vivirlo. Tal vez también algo de mí quede contigo. Si es así, como un perro que husmea callejones, podré seguir el rastro y hallarte al final de estos días, recibir la luz y el brillo del mundo que llevas contigo, o al menos sus pecios de materia encantada

Algo de mí reconozco en esa florecita blanca algo de mí se sacude ese pájaro revoloteando estoy lo sospecho en una piedrita de ese nido de oropéndolas me levanto y me convierto en árbol me recuesto y soy una yedra sostenida por un sauce huelo a mí en este palito que destrozan mis dientes voy en mechas de maizales estoy amanecida como esa cañada y soy una hoja seca que soban los venados algo muy mío han transparecido esta tarde las montañas.

Algo fluye cuando ya nada se agita. Y su paso inadvertido por las tinieblas que duermen con nosotros trocará en una luz exasperada cuanto de ciega tiene la miseria. Desde el fondo, pozo o pantano de números, donde hostigados por el mundo y sus miles de cabezas caímos quince lenguas dentro de la carne, algo que sólo puede tocarse munido de los guantes de la desesperación, algo fluye, cuando creemos que ya nada se agita. Obliga al dolorido músculo del corazón y al cerrado hueso de la mente a comer y beber, aún dentro de sus celdas. Es una fuerza […]

Dejamos una vida cada noche al borde de la cama En las ropas sacudimos con fuerza el polvo del fracaso No desnudos del todo en las cobijas prendemos un trozo de mañana para soñarlo muy dentro de ese par de zapatos