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Cantastes, Rufo, tan heroicamente De aquel César novel la augusta historia, Que está dudosa entre los dos la gloria Y a cuál se deba dar ninguno siente. Y así la Fama, que hoy de gente en gente Quiere que de los dos la igual memoria Del tiempo y del olvido haya victoria, Ciñe de lauro a cada cual la frente. Debéis con gran razón ser igualados, Pues fuistes cada cual único en su arte: Él solo en armas, vos en letras solo, Y al fin ambos igualmente ayudados: Él de la espada del sangriento Marte, Vos de la lira del […]

Culto Jurado, si mi bella dama -En cuyo generoso mortal manto Arde, como en cristal de templo santo, De un limpio amor la más ilustre llama- Tu musa inspira, vivirá tu fama Sin invidiar tu noble patria a Manto, Y ornarte ha en premio de tu dulce canto No de verde laurel caduca rama, Sino de estrellas inmortal corona. Haga, pues, tu dulcísimo instrumento Bellos efectos, pues la causa es bella; Que no habrá piedra, planta, ni persona, Que suspensa no siga el tierno acento, Siendo tuya la voz, y el canto de ella.

Del gran Pompeyo el enemigo fuerte llega en oscura noche al pobre techo, do Amiclas con seguro y libre pecho ni teme daño ni recela muerte. Ya que llamar segunda vez advierte, rogado deja el mal compuesto lecho, y en frágil barca el peligroso estrecho rompe, presagio de siniestra suerte. Brama furioso el mar sintiendo el peso que sostiene, y al tímido piloto César anima, y dice: «Rema amigo, »Rema; no temas infeliz suceso por más que te contrasten Euro y Noto; la fortuna de César va contigo».

Prepara ufano a César victorioso el tirano de Menfis inclemente la temida cabeza que al Oriente tuvo al son de sus armas temeroso. No pudo dar el corazón piadoso enjutos ojos ni serena frente al don funesto; mas gimió impaciente de tal crueldad, y repitió lloroso; «Tú, gran Pompeyo, en la fatal caída serás ejemplo de la humana gloria y cierto aviso de su fin incierto. »¡Cuánto se debe a tu virtud crecida! ¡Cuán costosa en tu muerte es mi victoria! Vivo te aborrecí, y te lloro muerto».

Tonante monseñor, ¿de cuándo acá Fulminas jovenetos? Yo no sé Cuánta pluma ensillaste para el que Sirviéndote la copa aún hoy está. El garzón frigio, a quien de bello da Tanto la antigüedad, besara el pie Al que mucho de España esplendor fue, Y poca, mas fatal, ceniza es ya. Ministro, no grifaño, duro sí, Que en Líparis Estérope forjó (Piedra digo bezahar de otro Pirú) Las hojas infamó de un alhelí, Y los Acroceraunios montes no. ¡Oh Júpiter, oh, tú, mil veces tú!

"Ha muchos años que busco el yermo, ha muchos años que vivo triste, ha muchos años que estoy enfermo, ¡y es por el libro que…

A la arbitrariedad de la memoria cedo el discurso apenas iniciado para que al despeñarse sin cuidado se adjudique al azar mi trayectoria. Hay que tergiversar, por ilusoria, la verdad, ese gusto exacerbado por los malentendidos que he burlado desfaciéndole entuertos a mi historia. Yo nací al alborear el Siglo de Oro, soy autor de La isla del tesoro y Madame Bovary tiene razón cuando afirma que nunca me hizo caso. La recuerdo, desnuda ante el ocaso, saludando las naves de Colón.

Por tu vida, Lopillo, que me borres Las diez y nueve torres del escudo, Porque, aunque todas son de viento, dudo Que tengas viento para tantas torres. ¡Válgame los de Arcadia! ¿No te corres Armar de un pavés noble a un pastor rudo? ¡Oh tronco de Micol, Nabal barbudo! ¡Oh brazos Leganeses y Vinorres! No le dejéis en el blasón almena. Vuelva a su oficio, y al rocín alado En el teatro sáquenle los reznos. No fabrique más torres sobre arena, Si no es que ya, segunda vez casado, Nos quiere hacer torres los torreznos.

-¡A la Mamora, militares cruces! ¡Galanes de la Corte, a la Mamora! Sed capitanes en latín ahora Los que en romance ha tanto que sois duces. ¡Arma, arma, ensilla, carga! -¿Qué? ¿Arcabuces? -No, gofo, sino aquesa cantimplora. Las plumas riza, las espuelas dora. -¿Ármase España ya contra avestruces? -Pica, Bufón. ¡Oh tú, mi dulce dueño! Partiendo me quedé, y quedando paso A acumularte en Africa despojos. -¡Oh tú, cualquier que la agua pisas leño! ¡Escuche la vitoria yo, o el fracaso A la lengua del agua de mis ojos!

Sírvame la ópera Madame Butterfly término medio con salsa de maní picante y un poco de gobierno español con trocitos de invierno. Después me trae a un soldado de la Primera Brigada de Artillería en completo estado de ebriedad un par de mirtos la erupción del Krakatoa y el servicio postal a la luz de la filosofía. De beber algo que no desmaye en su difícil pero honrosa tarea. Los postres se los pediré después. Ah y palillos de dientes.